Respuesta a un lector molesto por una opinión en mi columna sobre el 12 de Octubre
Es totalmente normal que, a lo largo de una extensa carrera periodística, tanto en TV como en radio y gráfica, uno sufra discrepancias y opiniones contrarias, que son bienvenidas siempre y cuando se observen los respetos y las consideraciones que deben existir en un medio democrático.
El Sr. Leandro Matías Williman me acusa en este mismo diario de ser funcional y «útil a la colonización mental imperial imperante». Lo cual es inexacto, porque constan en los archivos de este diario los sinnúmeros de artículos donde expongo el secuestro cognitivo como medio de dominación de los pueblos.
El Sr. Williman me espeta que tengo un discurso probritánico, favorable a los anglosajones. Un dislate total en forma de distorsión de mi pensamiento, absolutamente contrario al imperialismo, provenga de donde provenga. Luego retoma un párrafo donde yo menciono que España no es «la madre patria», como quienes intentan disfrazar la condición de la supremacía del «amo» sobre los colonizados. Dice él que España es el «padre» de la patria y que la madre patria es América. Ante tanto dislate, sugiero ir a la justicia universal para dilucidar quiénes son los padres de la «criatura». ¡Por favor, cuánto dislate!
Con respecto a las riquezas saqueadas, llámense oro y plata, eran casi en su totalidad para financiar las guerras de la Corona castellana, bajo la soberanía de los Austrias, cuyos intereses no siempre coincidían con los intereses «castellanos» del Imperio español. La plata y los elevados impuestos en Castilla no cubrían los enormes gastos militares, por lo que Carlos V y Felipe II tuvieron que recurrir a la emisión de deuda pública y a los grandes banqueros genoveses, que fueron, en gran medida, quienes financiaron la «aventura de Colón».
En otro párrafo, mi objetor de la nota en cuestión dice que el 80 % de los minerales saqueados quedaron en América.
No es así. Porque el Imperio español destinó 7.063.000 ducados para la Flota del Mediterráneo y 6.550.000 para la construcción de El Escorial. Es cierto que durante el Virreinato se construyeron caminos, ciudades e iglesias por doquier, porque era lógico, ya que los reyes castellanos concebían las tierras del Nuevo Mundo como un apéndice del reino. Tenían que contar con infraestructura para una mayor productividad y con la Universidad como centro de adoctrinamiento. Lo mismo hacían los romanos cuando se extendieron hasta la misma Hispania y las Galias.
Todo eso y lo que vendría después, como el desarrollo cultural durante el Siglo de Oro español, con pintores, músicos y escritores de notable valía, muchos de los cuales aún no han sido superados por su carácter cultural y su infinita expresión estética.
Pero eso no nos hace olvidar que la «narrativa» disfrazada de Historia nos oculta el motivo por el que Colón partió del puerto de Palos y no del de Cádiz, que era lo más natural: porque este puerto de ultramar estaba abarrotado de judíos que estaban siendo expulsados de la tierra de sus antepasados recientes. Los que se rehusaban eran obligados a cambiar de nombre por otros relacionados con cosas, como, por ejemplo: De la Calle, De la Rúa, De la Peña, etc.
Y pasaban a ser considerados los «marranos». O sea, falsos arrepentidos. Vidas paralelas, que le dicen: los judíos y los moros. Colón viajó gracias a Isabel; los otros también, gracias a ella.
Los Reyes Católicos eran dos: Isabel y Fernando. Pero Fernando estaba más preocupado por las damas y las camas que por las cosas del poder. Cuando expulsó a los musulmanes, luego de que cayera Granada, Isabel les había ofrecido el perdón y la conversión. Pero le contestaron con piedras y palos. Y entonces ella no tuvo más remedio que mandar quemar los libros de la secta de Mahoma en la plaza Amor de la ciudad conquistada y expulsar a los «infieles» que persistían en su falsa religión y en su manía de hablar en árabe.
Luego España continuó con la «purga» y envió al exilio a los mejores artesanos, científicos, artistas y agricultores de avanzada, a los que se sumaron banqueros y mercaderes. A esa actitud le siguió la multiplicación de mendigos y guerreros, y de la nobleza parasitaria y sus monjes fanáticos.
Pero su tarea no terminó ahí. Isabel la Católica, nacida un Jueves Santo, devota de la Virgen de las Angustias, se dio tiempo para fundar nada menos que la Inquisición, inaugurando un período oscurantista de persecución religiosa, política y racista, poniendo al fraile Torquemada, que era su confesor, como inquisidor supremo, e insistiendo en la pureza de la fe y de la raza.
Esta concepción y herencia despótica fue continuada por Francisco Franco, quien, luego de la Guerra Civil Española (1936-1939), asumió, en su condición de generalísimo, la suma del poder público, dueño y señor de las voluntades y opiniones de todos los ciudadanos hasta su muerte, en 1975. En 1937 permitió a la Legión Cóndor alemana bombardear la ciudad de Guernica, matando civiles inocentes como experimento del nazifascismo que sobrevendría.
Fue Picasso, el genial pintor, quien retrató para la posteridad esa tragedia en un cuadro de más de siete metros. Posteriormente, un general alemán lo fue a visitar y le preguntó: «¿Usted pintó eso?». Y Picasso le contestó: «No, fueron ustedes».
Pero, para coronar esta humilde réplica, Sr. Williman, cuando era inevitable la muerte del dictador, había que llamar a elecciones, y Juan Carlos de Borbón, que quería ser rey de España, acudió a los servicios de EE. UU. para que influyeran en la decisión de la Corte para su designación como tal, ofreciéndose como un enclave estratégico de España en el seno de la OTAN, que se había instaurado en 1949. Fue así que la Embajada de EE. UU. en Madrid se constituyó en el mayor cuartel general de la CIA en Europa.
El reinado de Juan Carlos no tuvo mayor resonancia, salvo por su vida mundana y trasnochada y por la suma de denuncias de irregularidades fiscales que fueron acumulándose, junto con sus extravagancias de valentía al cazar animales en África desde el lomo de un elefante con su amante Corinna. Luego se refugió en los Emiratos Árabes.
Y, en los tiempos modernos, cuando el neoliberalismo de Menem privatizó Aerolíneas Argentinas por Iberia, YPF por Repsol y se produjo la estatización de ENTEL y del sector eléctrico. Es así: «La realidad mata relato».
Por eso, estimado lector, cuando juzgue a una persona como portadora de «una idiotez intelectual», infórmese de sus antecedentes antes de emitir un juicio de valor imprudente, que hablará mal de sí mismo.
Decía Albert Einstein, una de las mentes más lúcidas del siglo XX:
«Hay dos cosas grandiosas en el mundo: la inmensidad del universo y la estupidez humana».
12 de Octubre de 1492: la historia según los vencedores y la tragedia de los pueblos originarios

