Y cuando al «capital» se le terminan las ideas para solucionar las demandas de la ciudadanía, aplica medidas totalitarias para proteger sus privilegios. Para que eso suceda, necesitan «mascarones de proa», como Milei en Argentina, Bolsonaro, Keiko Fujimori en Perú, Macron en Francia, Merz en Alemania, etc. Y si no lo pueden hacer a través de elecciones «camufladas» y direccionadas por el secuestro del «sujeto cognitivo» que ejercen los medios de comunicación, entonces emplean lo que siempre hicieron a través de la historia: son grandes fabricantes de conflictos armados, abusando hasta hoy de una superioridad bélica y económica imposible de contrarrestar por parte de los gobiernos progresistas, debido a la lógica de una dinámica social que ha entrado en un estado de confusión total para percibir dónde queda el norte de una brújula política, lo que nos ha llevado al «caos organizado». Pareciera esto un oxímoron.
Pero no lo es. Para el capitalismo es una «fuga» hacia adelante, donde la «espalda» de las potencias más grandes les permite sobrevivir de tal manera que puedan tratar de negociar los espacios que están en disputa en el nuevo orden mundial que, más temprano que tarde, se avecina.
Nuestro país, por errores propios y ajenos, participa de esta decadencia inexorable, a la cual contribuyó de manera ingenua y también por el resentimiento de una parte de la sociedad conservadora que fue y es cómplice del saqueo, que fue anunciado mucho antes de las elecciones de 2023 y se consumó en forma artificial con el «salvataje» del Tesoro de EE. UU. en las elecciones de medio término. En realidad, fue una aspirina para el cáncer político, social y económico que estamos sufriendo. Porque nadie puede hacerse el distraído alegando que desconocía lo que iba a suceder.
Y fue entonces que, entre opresores y oprimidos, la asimetría constituida entre poder y verdad fue la antinomia que rigió durante estos dos años y pico en la sociedad argentina. Aún en tiempos de oscuridad como los actuales, en los que se hace ostentación de la crueldad hacia los más vulnerables y del goce que embarga, de modo exhibicionista, a quienes así proceden, nunca tales significantes se propalan de manera tal que llegamos a naturalizarlos con el tiempo, hasta considerarlos como un «exceso de la política». «Ensayo y error».
Y que haya quienes, conociendo y habiendo sufrido este horror contra la ciudadanía y, sobre todo, contra la Patria misma, consintiendo una entrega descarada del patrimonio estatal, puedan seguir sosteniendo un optimismo injustificado, es una muestra de egoísmo social cuando el despertar de la conciencia opera directamente sobre lo social y personal, y no cuando se trata de intereses colectivos. Porque esto es inherente al embate fascista sobre las sociedades y al modo en que el curso de los acontecimientos las afecta. Es que no hay un límite que defina el límite cuando el daño determina la excepción.
Por eso, la resistencia debe ser asociada. Los estudiantes, los jubilados, los obreros, los civiles independientes, etc., todos en una unidad orgánica. No sirve la excusa de que hemos sido engañados. No. Sabíamos la mayoría de qué se trataba. De ahí que lo de Coty: «Nada de eso fue un error». Fue un plan preconcebido en otros escritorios. El plan económico de la «motosierra» fue instrumentado por el FMI, y el banco J. P. Morgan les indicó los miembros del gabinete. El resultado está a la vista.
No se puede aludir a que hubo engaño. Este describe una condición previa de ignorancia. El engaño vale como descripción de quien no participa de la falacia. Quien es engañado no se sabe engañado y no lo quiere saber o no lo quiere aceptar. También funcionó mucho el «anti», seguido de un deseo o pulsión y atracción hacia el engaño. Eso desmitifica el aserto de que «las sociedades no se suicidan». Las sociedades se victimizan culpando a las narrativas de las mismas redes sociales, a las cuales algunos les adjudican la capacidad de neutralizar la conciencia emancipadora.
El actual auge totalitario no surge a través de un trabajo de la derecha internacional contra la falacia de la democracia. Por eso, el único paso previo a la actitud emancipadora es el desarrollo del espíritu crítico a nivel de conciencia personal. El problema es que estamos frente a un estado de la sociedad mundial, por lo menos en Occidente, donde esa religión sin ateos, que son los medios de comunicación, es un instrumento para la desinformación disfrazada de realidad.
Todo ya no es lo mismo. Hasta la manera de hacer la guerra ha virado en 180 grados. ¿Cómo será que un pueblo milenario, con cuatro veces menos población y medios económicos y poder bélico, pero con estrategia asimétrica, no puede ser doblegado por un imperio en decadencia?
Ya el dominio pasa a manos de las corporaciones, que no necesitan invadir los Estados para aprovecharse de ellos. Es que los países están constituidos por multitudes sedentarias, existencialmente sedentarias, enclaustradas en tramas informáticas o en el ámbito de las sociedades de la imagen. En ese juego de transferencias de emociones es donde el juicio crítico es derrotado, porque la emoción desplaza a la razón. Y esto es el comienzo para el hombre común, porque el laberinto algorítmico lo hace deambular imaginariamente por aventuras en las que, en su carácter de rueda de cobayo, reside el hastío que lo conduce a la desesperación, la ira y el odio.
Lo que padecemos es una política que no viene a atacar al Estado. Al contrario, lo necesita más fuerte que nunca para poder reprimir y controlar a las poblaciones. Por eso, EE. UU. tiene 750 bases por el mundo. Para desarticular ipso facto cualquier intento de recuperación democrática.
En realidad, a lo que viene, además del saqueo consentido por una Justicia corrupta que lo legitima —a lo que vienen, sigo—, es a romper la relación de la sociedad con el Estado. Todo lo conseguido durante cien años en relación con las conquistas sociales, los derechos laborales, los derechos humanos, etc., todo eso se puede perder mientras siga la anomia de una sociedad política y social que se encuentra cómoda en el «no te metás».
La delegación absoluta, sin los mecanismos de control y discusión, implica una enorme posibilidad de que nos acostemos a la noche en democracia y amanezcamos con un Estado totalitario. El mileísmo impone directamente la liquidación del «viejo mundo» mediante alucinaciones, grandes fraudes comprobados y un enmascaramiento corporativo. Y lo que se pretende destruir es la justicia social, que es un valor supremo y el fundamento de la vida en común desde hace milenios.
Su abolición en favor de un naufragio generalizado, en el que cada individualidad se oponga a las demás por su exclusivo beneficio, de tal manera que todos contra todos arroje una suma cero. Abolir la justicia social es algo que, en su sentido social, solo ha sido exclusivo del nazismo y el fascismo. Pero lo que preocupa es la falta de respuesta cuando se ataca a la justicia social.
Es en esa pasividad de las sociedades cuando se produce el comienzo del derrumbe de la democracia, que no tiene nada que ver con el mero acto electoral. Cuando votamos, nos subimos a un «barco» en busca de una esperanza.
Depende del rumbo que tome el capitán: será un viaje al futuro o comprobaremos que estamos con lujos prestados a bordo del Titanic.
«Quien no está preso de la necesidad, está preso del miedo. Unos no duermen por la ansiedad de tener las cosas que no tienen. Otros no duermen por el pánico a perder las cosas que tienen». (Eduardo Galeano).
Fuente: Opinión.

