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Del agua, la tierra y la comunidad organizada: el barrio Pancho Ramírez como testimonio de una generación que la dictadura quiso borrar

Este viernes 20, a las 20hs, en el marco de la Semana de la Memoria, habrá un reconocimiento en el Salón de Usos Múltiples del barrio Pancho Ramírez a quienes forjaron, con sus propias manos, algo más que casas: una experiencia colectiva atravesada por la solidaridad, la militancia y una idea de justicia social que terminaría siendo perseguida por la Dictadura. Esta es una historia del nacimiento de aquel barrio, contada por algunos de sus protagonistas, y es también la historia de aquellos jóvenes que incomodaron al poder soñando con un mundo mejor.

Federico Odorisio

20 marzo, 2026

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4:33 pm

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Hay frases que condensan una época: “Nos tiraron acá como chanchos”, dice uno de los protagonistas. No es una metáfora. Es la imagen concreta de cómo llegaron las primeras familias al descampado que luego sería el barrio Pancho Ramírez: barro, chapas, lluvia, sin agua, sin sanitarios, sin nada.

“Era un chiquero… un barrial. No había nada, nada. Ni agua, ni cloaca, ni luz”, recuerdan.

Lo que el agua se llevó

En 1973, el río Uruguay fluía de manera totalmente natural antes de que la represa Salto Grande comenzara a regular su caudal. La creciente empujó a cientos de familias de la zona sur de Concordia fuera de sus casas. La respuesta estatal fue desordenada, insuficiente, apática. “La gente venía corriendo a la Gruta de Lourdes a pedir auxilio”, cuentan.

“Se armaban brigadas las 24 horas. No había Defensa Civil. Lo único que había éramos nosotros”, relatan.

Docentes, vecinos, jóvenes, militantes, trabajadores. Todos rotaban. “Subíamos a los camiones, sacábamos las cosas, armábamos grupos. Era permanente, día y noche”.

“Desde la Gruta se evacuó al menos el 80% de los inundados”.

Pero el problema apenas empezaba ahí.

Las familias fueron trasladadas a un descampado improvisado en la zona noroeste de Concordia, lejos del agua, de ese río de los pájaros que puede ser tan generoso como inclemente, los llevaron lejos de las miradas nerviosas, de las miradas culposas y de las miradas indolentes.

“Nos tiraron madera, cachete costanero, y chapas de cartón y nos dijeron ‘arréglense’”. Y no importó el hacinamiento, la falta de higiene, el riesgo sanitario.

“Eso era como un campamento de refugiados… no había privacidad, los chicos, la comida, llovía… era pavoroso”, describen.

“Cuando vimos eso dijimos: ‘acá hay que meter manos a la obra’”.

Pero esa decisión no nació de la nada. Tenía historia. Tenía organización. Tenía nombres.

Antes del barrio, la organización

Antes de que el padre Andrés Servín se pusiera al frente, ya había una juventud que empezaba a encontrarse, a pensarse y a organizarse en torno a la Gruta de Lourdes.

“Nos empezamos a juntar… a discutir… a ver que lo que pasaba en el barrio no era casual”, recuerdan.

Ese núcleo inicial tuvo una referencia clara: el cura José “Pepe” Temón. Después vendría Servín, y con él una estructura más definida, una idea que empezaba a tomar forma: la Agrupación de Acción Comunitaria (AGRAC).

No era sólo asistencia. Era intervención. Era organización popular.

La idea original no era el barrio Pancho Ramírez. El plan de viviendas —financiado a través de la fundación alemana Adveniat— estaba pensado para la zona de Carretera La Cruz.

Pero ahí apareció el límite del poder.

El entonces intendente, Fernando Florencio Méndez Graff, no autorizó la construcción. La explicación fue técnica: no se podía construir por debajo de la cota catorce.

Y entonces, como tantas veces en la historia, la realidad empujó más fuerte que los papeles.

Militancia que se hacía con el cuerpo

La Gruta de Lourdes no era sólo un lugar de asistencia. Era también un espacio de formación y encuentro.

“Terminamos casi todos en la militancia política”, recuerdan. Las charlas, los debates, la lectura de historia, el cuestionamiento a lo aprendido en la escuela. “Lo que nos enseñaban era la ‘primera tiranía de Rosas’, la ‘segunda tiranía de Perón’. Y acá, entre todos, empezamos a ver otra cosa”.

Y allí aprendieron también que “el militante tenía que ser el primer trabajador, el más responsable, el más comprometido”.

Y eso se tenía que traducir en la práctica.

Aquella gesta de hacer un barrio nuevo para los inundados, levantar casas desde cero, para las familias expulsadas de la zona sur, sería el momento de poner el cuerpo.

“La jornada empezaba a las seis de la mañana. Había formación, cantábamos el himno, algunos también la marcha peronista, después cada grupo a su tarea. A la noche, asamblea”.

Las primeras viviendas se hicieron con lo que había: donaciones, herramientas básicas, trabajo manual.

“Al principio todo era a pala, a mano. Zarandear la tierra, hacer los bloques, todo manual”.

El sistema era de ayuda mutua, pero también de una rigurosidad que sorprendía: cada hora trabajada se anotaba, cada ausencia se justificaba, cada necesidad se cubría colectivamente.

“No era caridad. Era organización”, sintetiza uno.

Las primeras diez casas avanzaron juntas. Después fueron diecisiete.

Las casas alpinas originales del barrio Pancho Ramírez, hechas de bloque con la misma tierra del terreno, todavía en pie 

La primera, como prototipo, fue la de Luis Rolón. Todavía está ahí, en Presidente Illia y 2 de Abril, con esa forma alpina que en su momento parecía traída de otro mundo.

Ese diseño no fue casual: «Servín lo había tomado de una experiencia previa en Monte Caseros». Era novedoso, sí, pero también funcional: resistente, económico, replicable.

Siete partes de tierra y una de cemento.
Después nueve a una, porque esta tierra aguantaba más de lo que todos creían.
Bloques hechos a mano.
A pala.
A pulmón.

Y sin embargo, lo que quedó no fue la técnica.

Fue la escena.

“Doña Trini con clavos en la boca, el martillo en la mano y el bebé tomando la teta… y clavaba maderas de un solo golpe”.

O el propio Servín, arriba del techo, “pegándose un martillazo en el dedo y puteando en latín y en arameo”.

Las tres oleadas

El trabajo se sostuvo con tres grandes grupos.

Primero, los propios evacuados y voluntarios de la zona. Después, comerciantes y estudiantes secundarios que llegaron desde distintos puntos del país.

Entre ellos, un grupo de un colegio marista de Lanús que decidió cambiar su viaje de egresados a Bariloche por tres meses de trabajo solidario en Concordia.

“Vinieron a donar sus vacaciones. Se instalaron en carpas y trabajaron todo el verano”.

La tercera oleada fue la militancia organizada.

“Ya venían politizados. A las seis de la mañana izaban la bandera, cantaban el himno y la marcha peronista. Después a trabajar”.

El número fluctuaba, pero el testimonio da una idea: “A veces éramos cincuenta personas trabajando por día”.

Hombres, mujeres y gurises, codo a codo.

“Acá no había edad ni sexo. Trabajaban todos. El que más podía, más aportaba”.

El método era simple y profundo: todos construían la casa de todos.

Se empezaba por una vivienda. Todos trabajaban ahí. Después en la siguiente. Y así.

El que no podía ir, aportaba de otra manera.

La idea original era ambiciosa: ochenta casas.

No se llegó. Pero lo que se hizo alcanzó para dejar una marca que todavía hoy resiste.

Un nombre que no es casual

En esos años de revisionismo histórico, de discusión política intensa, de identidades en disputa, el nombre tampoco fue elegido al azar.

Pancho Ramírez —el Supremo Entrerriano— no era sólo una referencia histórica. Era una declaración.

Federalismo. Autonomía. Pueblo en movimiento.

El barrio también era eso.

“Comunistas, subversivos”

Pero la experiencia comunitaria no pasó inadvertida: “Nos pusieron una casilla enfrente con una patota que nos insultaba todo el día: ‘comunistas, subversivos’”.

La orden era no responder.

“Ignórenlos, no existen”, se repetía en las asambleas.

“Evidentemente estaban mandados. Buscaban provocar”.

Hay un momento en la charla en que el tono cambia.

Las risas se apagan.

Aparecen los nombres.

“Muchos eran… eran compañeros militantes…”, dice uno, como tanteando el terreno. “Que después… bueno… fueron detenidos, desaparecidos… presos políticos”.

(Esa parte de la memoria —la de los compañeros perseguidos, detenidos, desaparecidos ya estaba ahí, siempre latiendo en cada recuerdo, en cada silencio, en cada frase que se corta antes de terminarse).

Una lista a la que hay que agregar también a José Ramón «Coco» Fausto, Ernesto Mesa y Alicia Alberro

Lo que queda

El barrio Pancho Ramírez no es sólo un conjunto de casas.

Es también una experiencia que desbordó lo material: hubo canciones que nacieron al calor del trabajo compartido, poemas escritos desde el barro, tejidos que dibujaron las primeras viviendas como si fueran una forma de no olvidar nunca de dónde se partió.

“Era una ilusión… una cosa que no se puede explicar”, dicen.

Gente que llegaba de Concordia, de otros puntos de Entre Ríos, de Buenos Aires, de distintas provincias. Estudiantes que resignaban sus vacaciones para ayudar en la construcción del barrio.

Todos por lo mismo.

Todos con lo mismo: las manos.

Este viernes 20, a las 20 horas, ese pasado volverá a nombrarse en el mismo lugar donde ocurrió.

No como reconstrucción nostálgica, sino como memoria concreta.

A cincuenta años del golpe, cuando la palabra “organización” todavía incomoda y la palabra “militancia” sigue siendo discutida, el barrio Pancho Ramírez aparece como una evidencia incómoda y luminosa a la vez: hubo una generación que creyó que la solidaridad no era un gesto, sino una forma de vida.

Y que, cuando vio lo que estaba pasando, no dudó.

“Había que hacer algo”.

 

Fuentes: esta crónica fue elaborada en base a los testimonios del profesor Luis Niz, de José Bignotti, ex delegado de la Juventud Peronista Seccional II Concordia, y José «Maca» Godoy, vecino original del barrio Pancho Ramírez, junto con otros integrantes de la Asociación Familiares y Amigos de Detenidos, Desaparecidos y ex- Presos Políticos de Concordia

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