Los esfuerzos por encontrar formas de subsistencia no arrojan los resultados esperados. Se hace imposible salir adelante cuando, al mismo tiempo, se cierran las puertas para tantas personas. No existe un mercado laboral capaz de brindar las oportunidades necesarias, ni un mercado que permita desarrollar emprendimientos con resultados favorables.
A esta situación se suma que quienes todavía tienen empleo también deben buscar otras fuentes de ingresos porque sus salarios ya no alcanzan para vivir. Allí encontramos a cientos de docentes que, además de cumplir con sus trabajos, deben generar ingresos adicionales; a jubilados que realizan actividades para poder comprar sus medicamentos; y a instituciones de todo tipo que intentan generar recursos en un mercado prácticamente congelado.
El futuro tampoco ofrece una salida a la desesperación. La mirada hacia adelante se nubla cuando apenas se puede pensar en cómo atravesar el próximo mes. Lo urgente termina impidiendo cualquier posibilidad de proyectar un futuro.
Pero esta situación no se produce por casualidad ni es un accidente en el tiempo. Es el resultado de políticas de gobierno, y la responsabilidad recae, fundamentalmente, sobre el Gobierno nacional.
Por un lado, asistimos a la destrucción de industrias nacionales mediante condiciones que perjudican la producción y la exportación, al mismo tiempo que favorecen la importación. Por otro, hemos visto y denunciado durante este tiempo un conjunto de leyes y medidas que perjudican a los trabajadores, como la Ley Bases y las políticas de flexibilización laboral, que permiten a las empresas imponer sus condiciones sin que se les exija el respeto de los derechos laborales.
Vemos cierres de plantas frente a los ojos de los trabajadores, despidos y pérdida de puestos laborales. Vemos Direcciones de Trabajo que se declaran neutrales ante situaciones en las que deberían intervenir para buscar soluciones. Vemos gobiernos que miran para otro lado frente a la desesperación de miles de ciudadanos que quieren trabajar, mientras se priorizan estrategias de especulación financiera y se olvida que las riquezas que hoy ostentan algunos fueron producidas, precisamente, por el esfuerzo de esos mismos trabajadores a los que ahora tratan con desprecio.
El sufrimiento de los trabajadores y las familias de Granja Tres Arroyos, Becar y Piensos llegó rápidamente a ellos, pero lentamente se irá transmitiendo al resto de la ciudad.
Esto ocurre porque la riqueza que se generaba en esas plantas no quedaba solamente allí. Una parte regresaba a los trabajadores en forma de salarios y, a través de ellos, volvía a circular por cada actividad económica de la ciudad: comer.


