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Las complejidades del peronismo y la obligación de mirar hacia adelante

Hace algunos años, caminando y conversando con la diputada uruguaya Manuela Mutti, surgió el tema del peronismo. Me confesó que le costaba entenderlo; mi respuesta, con cierta ironía, fue inmediata, “No te hagas problema, a nosotros también nos cuesta”.

Horacio Barboza

1 septiembre, 2026

7:18 pm

Por: Horacio Barboza, profesor de Ciencias Políticas de Nivel Secundario y Congresal Peronista

Con el tiempo, aquella respuesta terminó pareciéndome mucho más profunda de lo que imaginaba; porque quizás allí esté una parte importante de nuestra esencia. El peronismo nunca fue una doctrina encerrada en un manual, ni una construcción política estática. El peronismo es movimiento, contradicción, debate, adaptación y, fundamentalmente, una herramienta para transformar la realidad.

Pero justamente por eso, hay momentos en los que la complejidad no puede convertirse en una excusa para no discutir nuestras propias responsabilidades.

Hoy aparecen preguntas incómodas, pero necesarias. ¿Cómo entender que senadores que se reivindican peronistas acompañen, prácticamente a libro cerrado, determinadas designaciones de jueces impulsadas por Javier Milei? ¿Qué estrategia política existe detrás de algunas decisiones de Cristina? ¿Qué lugar ocupan Máximo Kirchner, La Cámpora, Sergio Massa y los distintos sectores del peronismo en este nuevo escenario? ¿Estamos construyendo una estrategia colectiva o simplemente administrando nuestras propias diferencias?

Son interrogantes legítimos, y no deberían interpretarse automáticamente como ataques o traiciones. Preguntar también es una forma de defender al movimiento.

Cristina, injustamente condenada, merece estar libre (Eso no está en discusión), pero defenderla no significa abandonar nuestra capacidad de análisis político. En política debemos preguntarnos por los costos, las consecuencias y, sobre todo, por quién termina beneficiándose de determinadas decisiones. Porque una cosa es la lealtad y otra muy diferente es la subordinación política.

También debemos asumir responsabilidades, porque no toda la culpa está afuera. Durante años el peronismo tuvo capacidad de gobierno, estructura territorial, dirigentes, sindicatos, intendentes, gobernadores y una enorme representación social. Si hoy una parte de la sociedad eligió otra alternativa, no alcanza con responsabilizar exclusivamente a Milei, a los medios o al antiperonismo; algo hicimos mal y debemos tener la honestidad intelectual de reconocerlo.

Hoy Axel Kicillof aparece como una referencia inevitable para construir una alternativa al modelo libertario. Pero ninguna candidatura, por importante que sea, puede resolver por sí sola la crisis del peronismo. Hace falta una construcción colectiva, federal y abierta, capaz de incorporar nuevas voces sin negar la historia.

El desafío es dejar de mirarnos permanentemente hacia adentro y volver a mirar a la sociedad. A los trabajadores que no llegan a fin de mes, a los jubilados que deben elegir entre comer o comprar medicamentos, a los jóvenes que no encuentran oportunidades, a las familias endeudadas, a quienes necesitan salud, educación, vivienda y trabajo.

El peronismo puede discutir liderazgos, estrategias, nombres y caminos; lo que no puede discutir es su razón de ser: trabajo, producción, soberanía, justicia social, salud, educación, jubilaciones dignas y un Estado que esté del lado de quienes más necesitan protección.

El peronismo necesita memoria, pero también necesita futuro.

Necesita dirigentes, pero también militantes.

Necesita organización, pero fundamentalmente necesita volver a escuchar.

Porque cuando el pueblo habla, el peronismo debería escuchar.

Y cuando el pueblo sufre, el peronismo debería estar ahí.

La complejidad forma parte de nosotros; pero cuando llega la hora de gobernar, debemos hacer exactamente lo contrario: simplificar, resolver, gestionar y mejorar la vida de la gente.

Porque discutir internamente tiene sentido si esa discusión nos permite volver a construir una mayoría. Si solamente sirve para profundizar divisiones, entonces terminamos convirtiendo nuestras diferencias en una herramienta para que gobiernen otros.

El peronismo no necesita olvidar su historia; necesita aprender de ella. No necesita negar a sus dirigentes; necesita entender que ningún dirigente está por encima del movimiento ni de las necesidades del pueblo.

Quizás aquella vieja respuesta a Manuela Mutti siga teniendo vigencia: entender al peronismo no es sencillo, pero tampoco debería serlo. Lo verdaderamente importante es que, en medio de nuestras contradicciones, sepamos encontrar nuevamente un rumbo.

Porque el futuro no se construye mirando permanentemente por el espejo retrovisor.

Y porque, al final del camino, la mejor discusión interna será siempre aquella que nos permita volver a construir un peronismo capaz de representar, convencer y gobernar.

Porque los días más felices fueron, son y serán peronistas.

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