En el gobierno actual, casi todas las batallas se jugaron mayormente en el Congreso; allí se miden fuerzas permanentemente. Por un lado, la oposición, concentrada mayoritariamente en el PJ, y por otro, el gobierno y su socio, el PRO, con leve minoría, pero siempre con capacidad de negociación con una tercera parte de la Legislatura, a la que se la puede denominar “acomodaticia”, integrada por el radicalismo, partidos provinciales y algunos representantes del PJ que responden a los gobernadores provinciales, especialmente de Tucumán, Catamarca, Salta y San Luis.
Entre los análisis que se pueden leer, ver y escuchar están, básicamente, agrupados en dos líneas: una, la de “traidores”, debido a que rompen con la postura nacional del partido por el cual han sido elegidos, y la otra, la de “negociadores”, con una visión positiva de que lleven adelante negociaciones autónomas, con la expectativa de conseguir beneficios para sus territorios provinciales, aunque esto implique, a corto y largo plazo, afectar a la nación en su totalidad.
“Es un signo de estos tiempos”, donde la fidelidad a las ideas o a los armados políticos que se presentan con claros posicionamientos identitarios parece no importar. Esto nos hace caer en una visión absolutamente polarizada de la realidad, eso a lo que se ha dado en llamar “grieta”. Tan polarizada que, por momentos, parece irreconciliable, que ha atravesado grupos, amistades, familias y que nos ha encerrado en callejones sin salida, mientras el país reclama la toma de decisiones urgentes para el bien de toda la sociedad.
Ahora bien, hay confrontaciones que parecen haber quedado encapsuladas en el tiempo pasado: unitarios y federales. Tal vez sea una de esas divisiones que nos demuestra que no es un signo de estos tiempos y que no es más que un ancestro sistémico de lo que nos ocurre como sociedad; en determinados momentos históricos, es decir, antepasados donde deudas, traumas y vivencias no resueltas continúan influyendo en la vida de la sociedad actual, desde el inconsciente colectivo.
Un buen ejemplo de ello es la vida política del “Chacho Peñaloza”. El Chacho comenzó su “carrera” política en la década de 1820, como integrante del grupo que lideraba Facundo Quiroga, en plena lucha por la construcción de un país federal. Quiroga era uno de los caudillos más reconocidos. Peñaloza participó, en 1826, de la batalla del Tala, en Tucumán, contra el general Lamadrid (procentralismo porteño), en el inicio de las luchas entre Unitarios y Federales. En la batalla sobresalió el aguerrido accionar del Chacho, por lo que Quiroga lo nombra capitán.
El Chacho se va convirtiendo paulatinamente en caudillo y líder, ferviente defensor del federalismo. Hacia 1840, después de disputar varias batallas y ser derrotado, comienza un hondo cuestionamiento al líder federal Juan Manuel de Rosas, sobre todo por atribuirle a este el asesinato de Facundo Quiroga, pero también por la demora y sospechosa negativa de Rosas de llamar a un Congreso Constituyente para, finalmente, organizar el país.
El enfrentamiento con Rosas y sucesivas derrotas ante ejércitos aliados de este lo lleva a exiliarse en Chile, desde donde intenta rearmar la lucha, fracasando una y otra vez.
Dice José Hernández, en el texto Vida del Chacho: “…la vida fuera de su patria le fue penosa e insoportable. No le era ya posible volver a ella combatiendo por su libertad, y le era más difícil aún resignarse a vivir lejos de ella”.*
Con Rosas en el poder, volver era impensado. Sin embargo, confió en el general Nazario Benavídez, un militar aliado de Rosas con gran influencia en la región cuyana, tal es así que Rosas lo designó Comandante Militar del Oeste. Benavídez, gobernador de San Juan, era un honorable hombre en el que el Chacho confiaba.
Ante el profundo deseo de volver a su patria, cruza de incógnito la cordillera y se presenta ante el general Benavídez, de forma sorpresiva. Así describe el encuentro José Hernández: “…con aquel lenguaje en que la franqueza parece aconsejada por la desesperación diciéndole: que venía a entregarse a él, que dispusiera de su vida, que era su prisionero, que si merecía la muerte la recibiría con gusto antes que vivir por más tiempo fuera de su país”.*
No se había equivocado el Chacho en la valoración de Benavídez: este le concedió una clara hospitalidad y seguridad. Así comienza una profunda y respetuosa amistad entre ellos, lo que quedó demostrado cuando, al enterarse Rosas de la presencia de Peñaloza en San Juan, le solicitó, en reiteradas ocasiones, que lo enviara prisionero a Buenos Aires, lo que Benavídez desoyó, aun a costa de su propia seguridad. Todavía en tiempos de Rosas, este autorizó al Chacho Peñaloza a volver a los Llanos de La Rioja.
Ya en La Rioja, el Chacho se negó una y otra vez, instado por sus viejos aliados, a organizar una nueva resistencia, a instancias de la fidelidad que le debía a Benavídez, ganada en el mutuo respeto.
Luego de la batalla de Caseros, Benavídez se posicionó decididamente a favor de Urquiza, en pos de servir, de una vez por todas, a la organización nacional. Lo mismo hizo el Chacho Peñaloza, desde La Rioja, poniendo al servicio todo su poder y prestigio político.
Hasta aquí, Benavídez y el Chacho fueron primero opositores, que dirimían sus diferencias en el campo de batalla; luego construyeron una amistad en base al respeto y dignidad de ambos y, después, los alió el servicio al general Urquiza. Parecía que finalmente la organización nacional llegaba para coronar la vida política de ambos, con cimientos federales, el sueño que los dos abrazaron, aunque por momentos desde veredas diferentes que los enfrentaron.
Dice José Hernández, en referencia a ese tiempo: “…el general Peñaloza fue uno de sus sostenedores más decididos y leales, concurriendo siempre con la subordinación del soldado allí donde el Gobierno Nacional se lo ordenó”.**
Sin embargo, el sueño pronto se desvaneció. Urquiza tiene una “extraña” derrota en Pavón y Mitre llega al poder. Peñaloza, entonces, inicia una resistencia feroz ante el centralismo porteño que tanto desdeña. Mitre envía ejércitos a combatir al Chacho durante largos meses. Pero Peñaloza tenía una larga experiencia y conocimiento territorial, además de un gran prestigio político.
Ante la igualdad de fuerzas, Mitre envía como comisionado al doctor Eusebio Bedoya a firmar un tratado con Peñaloza, en La Rioja. El encuentro se realiza en un lugar denominado Las Banderitas; allí llegan a un acuerdo y firman el tratado que se conoce como de Las Banderitas.
La honorabilidad de Peñaloza, ante los derechos y deberes que otorgan las batallas, lo lleva a dar por sentado que estaba frente a un opositor honorable y respetuoso de las reglas no escritas de los combates. Luego de firmado el tratado expresó: “Es natural que, habiendo terminado la lucha, por el convenio que acaba de firmarse, nos devolvamos recíprocamente los prisioneros tomados en los diferentes encuentros que hemos tenido; por mi parte, yo voy a llenar inmediatamente este deber”,** procediendo rápidamente a mandar a buscar a los prisioneros, a los que entrega diciendo: “Aquí tienen ustedes los prisioneros que yo les he tomado, ellos dirán si los he tratado bien, ya ven que ni siquiera les falta un botón de su uniforme”.**
Pero no fue como Peñaloza esperaba. Todos los prisioneros tomados por el ejército de Mitre habían sido fusilados, entre los que se encontraban los más queridos jefes y oficiales del Chacho, pero no solo eso, sino que también habían tomado a las mujeres e hijas de estos.
Incrédulo, frente a los jefes y el comisionado, ante el silencio de estos, el Chacho preguntaba: “…¿Dónde están los míos? ¿Por qué no me responden? ¡Qué! ¿Será cierto lo que se me ha dicho? ¿Será verdad que todos han sido fusilados?”.**
El Tratado de Las Banderitas tuvo poca vida. Los unitarios de las provincias cuyanas, reducidos en cantidad, pero que ejercían el poder, como Sarmiento (gobernador de San Juan), se mostraron disconformes con el acuerdo y continuaron fusilando a los gauchos de la resistencia que podían apresar. Por otra parte, los generales de segunda línea de Peñaloza, enterados de los fusilamientos, encabezaron pequeñas montoneras en represalia. El Chacho buscó infructuosamente el apoyo de Urquiza, quien no respondió nunca a sus misivas.
El final del Chacho es bien conocido: se entregó desarmado y fue brutalmente asesinado y decapitado delante de su esposa e hijo. Hecho que quedará para relatar en otra oportunidad.
El derrotero político del Chacho Peñaloza es uno de los tantos ejemplos que muestran cómo el ejercicio del poder político depende no solo del convencimiento ideológico, sino también de la confianza en el opositor, de la capacidad de negociación, de creer o no en que la construcción puede ser aún desde la divergencia, o que solo se trata de aniquilar al enemigo político para imponer el plan que se pretende.
En estas fechas, las negociaciones están arriba de todas las mesas. En algunas hay confianza en el opositor; en otras, hay deseos de manipulación, dominación y sometimiento. Lo que está claro es que sin construcción desde el diálogo y la mediación no será posible un futuro que contenga a toda la ciudadanía. No será posible un futuro para la patria y bien valen las palabras de José Hernández, en boca del Martín Fierro:
“Los hermanos sean unidos/
porque esa es la ley primera/
Tengan unión verdadera/
en cualquier tiempo que sea/
porque si entre ellos pelean/
los devoran los de afuera”.**
Verónica López
Lic. en Cs. de la Educación
*Todas las transcripciones corresponden al texto «Vida del Chacho y otros escritos en prosa. Hernández, José. (1967). Centro Editor de América Latina

