Tres jueces de la Corte Suprema de la Nación, Horacio Rosatti (presidente), Carlos Rosenkrantz (vicepresidente) y Ricardo Lorenzetti (ministro), revirtieron el fallo que la ciudadanía argentina emitiera el seis de agosto de este año, cuando en todas las ciudades y pueblos se expresó contundentemente, dando su veredicto: “La patria NO se vende”, y puso fin al debate sobre la Ley de Extranjerización de Tierras. El fallo ciudadano no solo fue contundente, sino que fue el mejor ejemplo de la democracia a la griega, la democracia directa; en las plazas de cada ciudad argentina, la voz alzada de la ciudadanía dijo NO a la venta indiscriminada de las tierras nacionales, sus representantes solo obedecieron e hicieron lo que la ciudadanía soberana imponía. Porque ser representantes es eso: hacer lo que sus representados demandan.
Sin embargo, la Corte Suprema deja en evidencia, una vez más, que es el vestigio más actual de la monarquía como forma de gobierno. Tres jueces, por su único y real criterio, sin representar a nadie, deciden que “la Patria SÍ se vende”. Tres jueces vitalicios, con aires de realeza y halo de divinidad (basta ver sus fotos, poses y miradas, dicen mucho de cómo se piensan y sienten), revierten el fallo de las plazas, calles y voces de la ciudadanía democrática.
Más allá de los análisis coyunturales que se hacen por estos días, el abordaje que pretendo realizar es sobre la cultura política de nuestro país, tomando este hecho en particular, donde podemos ver claramente a los principales actores institucionales y constitucionales en acción: la ciudadanía, diputados, senadores, presidente —representados y representantes—, además de jueces de la Corte; y, por otra parte, las instituciones que ejercen los tres poderes del Estado Nacional: Legislativo, Ejecutivo y Judicial.
Se entiende por cultura a todas las expresiones que amalgaman el sentido de pertenencia que reúne a una comunidad, desde valores y tradiciones a historia compartida, lengua, geografía, símbolos y prácticas. Los griegos, de quienes nos decimos herederos culturales, entendían a su cultura como la “civilización” y a lo exótico, extranjero o foráneo como lo “bárbaro”; aquí sucede al revés, desde la génesis misma de nuestra nación se considera lo propio como “bárbaro” y lo foráneo como “civilizado”. Así, la “cultura” nativa y profunda pasó a ser anticultura; sus valores, creencias, tradiciones, organización social y política (200 años después) siguen pidiendo ser consideradas dentro del acervo cultural argentino legitimado; vista, aún hoy, como exótica, a la que hacemos excursiones para conocer, pero que consideramos marginal desde lo más básico, descartando que los integrantes de estas comunidades sean “gente de bien”.
Aplicado este concepto específicamente a lo político, lo que en muchos lugares del mundo la voz del pueblo es soberana, aquí es derribada por cualquier artilugio tecnicista (discutible, por cierto) por la palabra de tres cortesanos de la Justicia y llamada “terrorista” por el presidente.
Esta forma de “representación invertida” la describe muy bien Natalio Botana, en su libro (1998) El Orden Conservador: “…este concepto engloba a la acción política tendiente a cambiar la posición de los actores en el régimen representativo y, por consiguiente, a trocar los papeles respectivamente asignados por la teoría de la representación política del ciudadano y al gobierno. De acuerdo con la lógica de la representación invertida, quien elige no es el ciudadano sino el gobernante, de tal suerte que la autonomía individual, raíz última de la soberanía del pueblo en el registro de la república moderna, se convierte en voluntad corporativa del gobierno”. La acción de los tres jueces de la Corte Suprema (que legalmente debería ser de cinco) revierte la representación, en función de los intereses del gobierno.
Intereses que, por cierto, son más foráneos que nacionales; aquí, los interesados en adquirir tierras en gran magnitud, con toda la riqueza de su subsuelo, es “bárbara” (según la concepción griega), pero acá eso se revierte queriendo hacer sentir y pensar que es “civilizada”; los bárbaros adquieren derechos que se le niegan a los propios, según la explicación que dan los jueces cortesanos, aduciendo que el Centro de Ex Combatientes Islas Malvinas La Plata (CEMIN) no tiene legitimación (sic) para iniciar una demanda colectiva en defensa del territorio nacional. También la Justicia le había negado, en anterior oportunidad, el mismo derecho a la gobernación de La Rioja. ¿Entonces los bárbaros adquieren derechos que los soberanos del pueblo argentino no?
La reversión de la cultura es una constante desde los albores de la historia nacional. La historia nos hizo creer que cultura era la bárbara europea y que barbarie es la simbiosis de integración que se fue construyendo entre nativos y paisanaje durante la conquista y colonización, esa cultura profunda, provinciana, alejada del puerto de Buenos Aires, donde propios y ajenos se mezclan y aprenden unos de otros, dando forma a una vivencia en la que transculturación, asimilación y pluralismo cultural otorgan idioma, creencias, tradiciones y valores. Esta misma reversión cultural sucede en la actualidad cuando, a través de algoritmos diseñados en la “barbarie” extranjera, manipulan a ciudadanos de todas las franjas, desde la mayoría empobrecida a las minorías que reciben la yapa que les tiran desde afuera.
Yapa, sí, yapa, porque es el término de nuestra cultura (¡tan usado!) que proviene de la voz quichua que significa añadido, también yapana y yapani, cuya acepción es “dádiva que hace el vendedor al comprador”, voces derivadas del término yapay. Misma palabra se encuentra en las voces araucanas para expresar “vendedor que da gratis”. Término que, por otra parte, se usa en la mayoría de los países centroamericanos, todos vocablos con raíces nativas. Muchos analistas sugieren que, en esta puntual reversión del fallo soberano sobre las tierras, por tres jueces cortesanos, pudo haber algo de yapa. ¿Sería algo así como: “no hay pruebas, pero tampoco dudas”?
Explicar la representación revertida, que cala tan hondo en la cultura política nacional, de forma sencilla, es difícil, pero un ejemplo suele ser profundamente metafórico e ilustrativo y me parece oportuno traerlo aquí. Relata Pedro de Paoli, en un texto escrito en 1952, que Rivadavia, cuando se sanciona la Constitución de 1826 (rechazada por las provincias, por lo que no entró en vigencia), envía al congresal Tezanos Pinto a Santiago del Estero a entregar el texto constitucional: “…y una tarde muy sofocante canícula, como son todas las de Santiago del Estero durante el verano, se vistió rigurosamente de etiqueta, con su larga y negra levita bien abotonada, sus pantalones de grueso paño muy ajustados, su galera de pelo y los puños y el cuello duro almidonados, se dirigió a la casa del gobernador. Eran las tres y media de la tarde y los santiagueños se encontraban durmiendo la siesta en el interior de las habitaciones o bajo los árboles del patio. Algunos, como excepción, estaban en el zaguán, descalzos y apenas con una camiseta de algodón, bien finita, y un chiripá, también liviano.
Los santiagueños que por casualidad lograban ver a semejante personaje, vestido de forma tan bárbara para el lugar y el día, quedaban mudos de asombro. ¿Pero a quién se le ocurría a esa hora, en que nadie salía de la casa, ir a los rayos del sol y vestido de tal manera? ¿Pero quién era ese bárbaro? ¡Sin dudas, un extranjero estrafalario! (…)
En la puerta de la casa, el gobernador, general Ibarra, estaba sentado, como muchos otros santiagueños a esa hora, descalzo, con camiseta, chiripá de liencillo y vincha angosta. El congresal llegó frente a él, se quitó la galera de felpa, puso el bastón bajo el brazo izquierdo, se inclinó reverente, sacó del faldón de la levita dos pliegos, y con frases melosas y amables se los ofreció al señor gobernador.
Ibarra, con la mayor displicencia santiagueña, lo miró un instante y rehusó los pliegos. Pero le ofreció asiento a su lado, en una banqueta de cuero crudo, que el congresal no se dignó aceptar (…) Santiago del Estero no aceptaba recibir la Constitución que le enviaba el Congreso de Buenos Aires (…) El congresal se indignó: se encasquetó la galera, empuñó su bastón, giró sobre sus talones, y a pasos rápidos, traspasado de sudor, se alejó hacia el hotel; en su interior iba diciendo: ´Bárbaro, qué desconocimiento de la cultura’, mientras Ibarra, mirándolo entre socarrón y compasivo, pensaba para sus adentros: ´Bárbaro, andar vestido así en Santiago, en una tarde de calor como ésta y a las cuatro de la tarde´”
¡Qué buena metáfora de cuando la cultura se revierte, de la sensatez y la cotidianeidad a la barbaridad y la extrajeridad!
La teoría política de Botana se encuentra bien ejemplificada en la pintura de Pedro de Paoli. Considerar la reversión del fallo de tres jueces de la Corte Suprema, contrariando las voces democráticas de la ciudadanía, es la aplicación lisa y llana de la “representación revertida”; es también la reversión cultural que sufre nuestro país, donde los intereses foráneos y bárbaros están por sobre los propios y civilizados, porque si vamos a considerar a Grecia y Roma la cuna de la civilización, bueno sería que respetemos y enseñemos sus conceptos teóricos sin revertirlos.
Verónica López
Lic. en Cs. de la Educación
