Hace mucho tiempo, no sé cuántas décadas, alguien lanzó una advertencia que hoy en día se transformó en una verdad de a puño sobre el fascismo, como si fuese una profecía de nuestra propia época. El mayor peligro surge cuando nos acostumbramos al monstruo, cuando su presencia ya no conmociona la conciencia y su violencia empieza a fundirse con las rutinas de la vida cotidiana. La tolerancia no debilita al monstruo; multiplica las condiciones que le permiten prosperar, reforzando su presencia en la vida pública, hasta que la propia monstruosidad adquiere la autoridad para gobernar. En este caso, el colapso de la conciencia es inseparable de la separación entre la creencia y el juicio, la convicción y la acción.
Hemos llegado al momento actual, en que los “monstruos” ya no se esconden en las sombras. Ocupan los despachos presidenciales y ministerios, dirigen ejércitos y fuerzas policiales, controlan las plataformas digitales, dominan las pantallas de TV, administran las fronteras, construyen centros de detención y transforman el sentimiento ajeno en teatro político. Su lenguaje de purificación racial, deportación masiva, exterminio, venganza y desechabilidad ya no provoca la indignación que en su día pudo haber suscitado. La crueldad se exhibe como fuerza. La humillación se convierte en entretenimiento. El espectáculo del sufrimiento se convierte en una suerte de placer político. Lo que debería ser insoportable se vuelve familiar; lo que debería provocar resistencia se absorbe en los ritmos de la vida cotidiana.
El monstruo triunfa no solo cuando comete atrocidades, sino cuando su lenguaje se convierte en algo habitual, su violencia se hace aceptable, su uso de las divisiones raciales y de clase como arma pasa desapercibido y su presencia ya no perturba la imaginación moral. Esto es lo que se dio en llamar “lenguaje muerto”. O sea, un lenguaje vaciado de responsabilidad ética y puesto al servicio de la dominación. Este lenguaje en sí mismo es monstruoso. El lenguaje opresivo no se limita a representar la violencia, es violencia. Es un lenguaje que se alimenta de sangre, se regodea de las vulnerabilidades, esconde sus botas fascistas bajo un falso manto de respetabilidad y patriotismo mientras avanza implacablemente hacia el beneficio económico y la mente hundida, pero hay que ir más allá de la retórica.
Los monstruos necesitan un lenguaje que allane el terreno para su violencia, que despoje a sus víctimas de su humanidad y que enseñe a la gente a aceptar lo inconcebible. La lengua “muerta” es una de las condiciones que permite que la monstruosidad se cuele en la vida cotidiana disfrazada de sentido común. Hoy, los propios funcionarios dispuestos a actuar sin hacer preguntas, ni aceptar que se las hagan.
Empoderados por una desigualdad económica abrumadora y envalentonados por la maquinaria del autoritarismo de alta tecnología y legitimados por una cultura extendida de parte del Estado, han pasado de los márgenes políticos a las esferas de la sociedad.
Cuando la clase económicamente dominante se hace del Estado, se vuelve también políticamente dominante. Y dentro de la sociedad burguesa como la nuestra, el poder político es la expresión oficial del antagonismo de clase.
Y cuando esa clase económica se vuelve políticamente dominante, adquiere nuevos modos para la represión y la explotación de los sectores oprimidos. El Estado colonial era órgano de explotación de clases esclavistas. El Estado moderno representativo es herramienta de explotación del trabajo asalariado por el capital. Y en función de si el gobierno es popular o reaccionario, se pierde o se conserva, o se amplía, en una amplia batería de derechos.
Por eso, el fracaso del pensamiento crítico adquiere una urgencia de renovación. La monstruosidad prospera cuando se elude al pensamiento crítico, cuando la obligación de pensar se convierte en una carga y cuando la ignorancia pasa de ser una ausencia de conocimiento a una negativa deliberada a saber.
Hoy, en este “fascismo larvado”, que nos ha hundido en una especie de estrés postraumático, aunque militemos los desaparecidos, los nietos apropiados, los juicios de lesa humanidad… pero nunca explicamos contra quién estamos luchando. Depusimos las “armas” de la verdad y entregamos los medios de construcción de sentidos.
Porque no supimos explicar qué modelo de país era el que trataban de imponernos, ni qué derechos nos iban a secuestrar. Por eso nos pasa lo que nos pasa. Porque en la construcción política, como sociedad pensante, ofrecimos un “techo”, pero no les revelamos la intemperie que nos esperaba.
Nos emocionamos cuando Néstor bajó los cuadros, y más aún con el juicio a la Junta, pero como en Núremberg, los malos de verdad fueron otros, sin uniforme. Los no juzgados. Los titiriteros en las sombras, dentro y fuera del país, apropiadores de seres y fortunas, ejerciendo sus perversiones en sótanos tapizados, evitando dar la cara; militares y civiles cobardes, colaboradores gozosos de representar a una casta golpista provenientes del fondo de la Historia.
Esos son también los “monstruos fascistas” que pasaron debajo del radar de la memoria de una sociedad anestesiada. Por eso estamos como estamos, porque hace mucho tiempo que vivimos una Democracia que utiliza al Estado como un instrumento de dominación y no como una herramienta política en favor de sus representados.
Hemos perdido muchas batallas, culturales y políticas. Perdimos como sociedad cuando salimos por la derrota de Malvinas… y no por el triunfo de la política. Perdimos cuando intentamos como sociedad y poder nos identificamos con el Mayo Francés, creyendo que la progresía burguesa descubre el ágora de la democracia, sin asumir que éramos hijos de obreros y que luchábamos por salir de unos momentos opacos y riesgosos de nuestra Historia. Y, si me apuran, les digo que ya estábamos perdiendo antes de que emergiera el peronismo.
Cuando los que gobernaban proponían un país centralista. También perdimos cuando Mitre nos secuestró la historia para escribir otra “historia oficial”, donde él quedaba como un héroe.
Perdimos cuando no nos animamos a ser lo que dicen que son: cuando “la vida por Perón” se transformó en “Perón o heridas leves”. Y nos ganó la corrección política y el pragmatismo. Y se cambió la militancia por el marketing, y se dejaron de formar “cuadros” y dirigentes para votar candidatos de “diseño”. Y se perdió cuando los punteros se conformaron con los planes, y los sindicalistas con la caja, y las listas se llenaron de “notorios” y famosos y no de notables.
En la Argentina se está desplegando un antagonismo civilizatorio. El campo antagonista exalta el egoísmo, la crueldad ejemplificadora, la corrupción inmanente en sus genes, un capitalismo extremo, irracional y destructivo. Expanden un dispositivo negador del altruismo, de la reciprocidad, de la solidaridad, o sea, de los modos de vida comunitarios.
Argentina ha entrado en un colapso civilizatorio donde el poder político, el poder económico y el “poder social” han perdido el rumbo geopolítico a pasos acelerados, “provocando un vacío” que, como en la física, es llenado por otro sistema, que en la economía es el neoliberalismo y en la política, el nuevo fascismo disfrazado de experiencias libertarias desopilantes.
Si la sociedad no despierta de su letargo, hamacada en su sueño neuronal, luego será tarde para los lamentos, porque la Historia no redime; ejecuta con su realismo.
¡¡Roma no paga traidores!!
Fuente: Opinión

