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Opinión

11 octubre, 2026

La Justicia, entre la razón y la dominación

La imagen de una mujer con los ojos vendados y una balanza simboliza una Justicia imparcial, ajena a los intereses económicos y políticos. Sin embargo, la historia de esa representación y el comportamiento de la Justicia argentina plantean una pregunta incómoda: ¿a quién protege realmente el Poder Judicial cuando debe decidir entre los derechos de la ciudadanía y los intereses de los sectores de poder? “Considerar a los jueces como los árbitros finales de todas las cuestiones de orden constitucional es una decisión peligrosa que puede colocarnos bajo el despotismo de una oligarquía”. Thomas Jefferson

Por Veronica Lopez

10:42 am h

La organización republicana de la Nación impone tres poderes: Ejecutivo, Legislativo y Judicial. Según la interpretación social mayoritaria, los dos primeros responden al “sucio” mundo de la política, y el tercero, al “seguro” mundo de la honestidad, la mesura y el equilibrio.

La actualidad, desde hace varios años, impone mirar a la Justicia (como poder) y a sus actores, los jueces, quienes imparten justicia en este sistema constitucional. Hacer una mirada objetiva y simbólica. Objetiva, para definir su función teórica y también práctica. Simbólica, para detenernos en cómo operan en el inconsciente colectivo las creencias que se construyeron de ella.

Empecemos por lo simbólico. Si se le pregunta a cualquier persona, desde un gerente de banco, un empresario independiente, un docente, un albañil o un desocupado, qué imagen dibujaría para representar algo abstracto como “la justicia”, es muy probable que un 99 % dibujaría: una señora vestida con túnica, con los ojos vendados y una balanza. Los más observadores tal vez le agreguen una espada. Al preguntarles por qué, seguramente dirían que tiene los ojos vendados porque es ciega, que en una mano lleva la balanza porque es justa y en la otra, la espada porque castiga las injusticias. Esa imagen visual ha construido un imaginario tan fuerte en la ciudadanía que no permite (aun con un sinnúmero de ejemplos) que la imagen sea otra cosa o lo contrario. En ningún caso, en esta descripción, aparece la mercancía como elemento descriptivo de “la justicia”; es decir, no se relaciona la idea de justicia con lo económico.

¿Cuándo la justicia empezó a ser representada así? En los inicios de la historia de la humanidad, para los egipcios, la muerte significaba pasar por un juicio donde se pesaba el corazón (por eso era la única parte que no se embalsamaba de un difunto), en una balanza donde, de un lado, se ubicaba el corazón, que representaba los valores y las buenas acciones, y del otro, una pluma, que representaba las malas acciones. Si el corazón pesaba más que la pluma, significaba que el difunto había sido una buena persona y así entraba a la vida eterna.

En la antigua Grecia vuelve a aparecer el símbolo de la balanza, diferenciándose de la romana, que tenía un solo platillo: la griega tenía dos, representando la equivalencia entre objetos. Por otra parte, los griegos le agregan la espada, símbolo de razón y castigo para aquellos que no respetaran las normas dictadas. Un detalle no menor es que se mantiene por siglos la representación de la espada en la mano izquierda (la del corazón) y la balanza en la derecha (la de la razón).

Hacia la Edad Media, con el cristianismo, la balanza sigue siendo usada. Va a ser el arcángel San Miguel quien va a pesar el alma de los difuntos en el Juicio Final. En todos estos siglos, cualquiera sea la deidad que representara a la Justicia, siempre estaba con los ojos bien abiertos, porque debían verlo todo con sabiduría y claridad.

¿Cuándo comenzó a ser representada tal cual la vemos hoy, adornando tribunales, juzgados y colegios de abogados? La primera estatua conocida de la Justicia ciega data de 1543 y fue realizada por el artista Hans Giengen en la Fuente de la Justicia, en Berna, Suiza, centro mundial de la banca internacional. El período coincide con el auge del mercantilismo, período previo al capitalismo. Este dato no parece ser menor para entender el proceso que siguió, a lo largo de los siglos posteriores, la relación entre justicia y poder económico.

Otro dato a considerar es que también en este período los pintores del norte italiano cambian la espada de la mano izquierda a la derecha (sabido es que la izquierda es el lado del corazón). Desde los griegos y romanos, el castigo ante la falta se decidía con el corazón; por eso la espada estaba en la izquierda. El mercantilismo cambió la simbología: la Justicia se volvió ciega y castigadora con la mano de la razón. En el siglo XVI comienzan a circular monedas con esta representación, lo que tampoco es un dato menor, pues es justamente en las monedas donde la imagen se hace pública y popular, con la inconsciente relación entre poder económico y justicia.

Desde el capitalismo y hasta la actualidad, toda la imaginería referida a la Justicia es así, sistemáticamente reflejada. Esto ha fortalecido la construcción en la conciencia colectiva de una imagen según la cual la Justicia no mira a quién, ni cómo, ni dónde, y ejecuta la espada con la mano más hábil.

¿La Justicia argentina, ante el deterioro y la descomposición de los otros poderes políticos que debieran sostener la República, está a la altura de lo que teóricamente debería? ¿Se relaciona con la sociedad? ¿Responde al poder económico, lo equilibra o lo controla? ¿La ciudadanía confía en sus fallos o siente que es ciega ante actos que toda la sociedad ve? ¿Con qué rigurosidad usa la espada o solo cae sobre los pobres y desvalidos? ¿La espada en la mano derecha es razón o dominación?

“El Poder Judicial tiene por función mantener el ordenamiento jurídico y resolver controversias. También interpreta la Constitución, a través del control y respeto de la idea de derecho prevaleciente, y asume entonces un carácter defensivo”.

Así debería ser el funcionamiento esperable de la Justicia. Sin embargo, “en las sociedades llamadas burguesas es frecuente que resulten guardianes de la propiedad privada y de las demandas de las mayores empresas, antes que custodios de los derechos ciudadanos. Esta característica sobresale en el campo económico, donde la alta institución judicial ha sido un obstáculo para políticas reformistas o pasibles de afectar la estructura establecida por el poder”.

Los últimos fallos de la Corte Suprema de Justicia, en relación con amparos interpuestos frente a lo que dispone el DNU 70/23, que, entre muchas otras cosas, deroga la Ley de Tierras —algo que de suyo es inconstitucional, porque ningún decreto del Poder Ejecutivo puede derogar una ley sancionada por el Congreso—, desnudan los intereses que pone en juego la Corte: el primer fallo rechaza el amparo del CECIM (Centro de Ex Combatientes Islas Malvinas), argumentando que no tiene legitimación para reclamar soberanía territorial; una semana después, un segundo fallo, impulsado por la Asociación Civil Árbol de Pie (Bariloche), otorga un amparo provisorio (sic), suspendiendo el artículo del DNU que autoriza la venta de tierras de forma indiscriminada a extranjeros.

Cabe preguntarse: ¿Qué pasó para que se cambie radicalmente de opinión? ¿Por qué no falla definitivamente sobre la cuestión de fondo, que es la inconstitucionalidad del DNU?

Para la primera pregunta, la respuesta es clara: la movilización de la ciudadanía demanda a sus representantes del Poder Legislativo que tomen la cuestión de fondo y deroguen la totalidad del DNU 70/23, con el cual no solo caería el artículo que refiere a la Ley de Tierras, sino todas las demás leyes afectadas. Es evidente que este “recule” de la Corte intenta preservar el terreno ganado en otros ámbitos por el Ejecutivo.

En relación con la segunda pregunta, la Corte toma decisiones políticas, con la venda tan ajustada en los ojos que no se percata de que la Constitución está vigente.

Los sucesivos fallos de la Justicia han dejado al descubierto que, ante la flaqueza y el desorden político, la Justicia no solo busca conservar el orden establecido, sino que se acomoda para conseguir beneficios que procuren mantener su poder cuasi monárquico (tal el caso del juez federal Martínez de Giorgi, que cambió fallos que no intentó siquiera disimular por la designación de su esposa en un cargo de jueza federal). No pretenden conservar el sistema; lo que pretenden perpetuar es el lugar individual que consiguieron en ese sistema, influenciar para ampliar y profundizar sus negocios personales y la renta que estos les otorgan.

En el sistema judicial argentino hay fiscales y jueces honestos, creyentes en el rol que tienen y en la función que les cabe. Entre lo amplia y compleja que es la estructura, la más señalada es la Justicia Federal, especialmente la Corte Suprema de Justicia. Al igual que hay políticos honestos y honestas, que creen profundamente en la Constitución Nacional como el pacto social en torno al cual se organiza la sociedad, en la maraña de la desjerarquización, a la que colabora la corrupción a cielo abierto en los tres poderes, es necesario que sean los y las protagonistas quienes inicien, desde el seno mismo del sistema político y judicial, el reordenamiento, garantizando la democrática representación que el pueblo les deposita.

Definitivamente, es hora de que la Justicia deje de ser ciega y tenga los ojos bien abiertos, como otrora fuera. Así, capaz, la sociedad vuelva a creer en que todas las personas sean vistas, tanto en sus malas como en sus buenas acciones; que la espada vuelva a la mano del corazón, para que el castigo sea verdaderamente justo; y que la balanza vuelva a la mano de la razón, para que se dejen de elaborar fallos tan poco racionales, motivados por las subjetivas defensas de los intereses corporativos.

Verónica López
Lic. en Ciencias de la Educación

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