Por Cristian Reta
Una infancia sin red que fortaleció la mente
El concepto central que explican los especialistas es claro: la falta de intervención constante obligó a desarrollar habilidades clave como la resolución de problemas, la tolerancia a la frustración y la autorregulación emocional.
Este proceso encaja con lo que la psicología denomina “inoculación al estrés”: la exposición a dificultades moderadas fortalece la capacidad de adaptación a largo plazo.
El contraste con la crianza actual
El análisis también plantea una comparación directa con las generaciones actuales. Hoy, los niños crecen en entornos mucho más supervisados, estructurados y protegidos, donde el malestar suele ser evitado o resuelto rápidamente por los adultos.
Este cambio, aunque bien intencionado, podría tener un efecto no deseado: limitar el desarrollo de habilidades emocionales fundamentales. La ausencia de desafíos reales reduce las oportunidades de aprendizaje autónomo y adaptación.
Fortaleza con costos emocionales
Sin embargo, los expertos advierten que esta “dureza mental” no es completamente positiva. Muchas personas de esta generación también presentan dificultades para expresar emociones, pedir ayuda o reconocer su propio malestar.
La misma lógica que los llevó a “resolver todo solos” también generó una tendencia a reprimir sentimientos o minimizar problemas personales, lo que puede impactar en su bienestar a largo plazo.
Una lección incómoda para el presente
El debate que abre este fenómeno es profundo: ¿es posible criar niños emocionalmente fuertes sin exponerlos al malestar?Los especialistas coinciden en que el equilibrio es clave. Ni la dureza extrema del pasado ni la sobreprotección actual parecen ser la respuesta definitiva.
Lo que sí queda claro es que la resiliencia no se enseña solo con palabras, sino con experiencias. Y en ese sentido, la infancia de los años 60 y 70, con todas sus imperfecciones, dejó una huella psicológica que aún hoy resulta difícil de igualar.




