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Una charla y dos tangos

Una propuesta abierta a la comunidad que articula arte, historia y salud mental para pensar uno de los problemas más urgentes de la época. A partir de la obra de Discépolo y el contexto social de los años 30, la charla buscará tender puentes con el presente y promover herramientas colectivas para abordar el dolor, la angustia y la prevención del suicidio desde una mirada integral y solidaria.

Por: Sergio Brodsky

19 abril, 2026

11:44 am

Este lunes 20 de abril, a las 20 horas, brindaré —junto a mis compañeros de “Lazos en Red”, un grupo de vecinos voluntarios para la salud mental— una charla sobre “prevención del suicidio” en la Biblioteca Julio Serebrinsky, en calle Urquiza 721. La actividad será libre, abierta y gratuita. Estará presente el músico y cantante Facundo Stábile, quien, entre otras canciones, interpretará los tangos Yira yira y Tres esperanzas, de Enrique Santos Discépolo.

El primero es un grito desesperado sobre la soledad, el desamor y la desesperanza, cuando los hombres se convierten en fieras y se fracturan los lazos sociales. Es la canción del desgarro de la indiferencia más absoluta frente al sufrimiento. Discepolín decía que, más que escribirla con la mano, la padeció con el cuerpo; que gritó en ella el dolor de muchos y tradujo el silencio de la angustia que adivinaba en el pueblo. Es, seguramente, la misma angustia que palpó Roberto Arlt en una obra contemporánea como Los siete locos, en la que dice que esa emoción casi se podía tocar en su densidad, que flotaba en el ambiente.

Es notable la similitud que guarda el proceso creador del artista que —al identificarse con el dolor para ponerle palabras— produce un objeto estético, con el tratamiento psicoanalítico del dolor que propone Nasio (1): darle sentido para que pueda ser gritado, llorado y erosionado a fuerza de lágrimas y palabras. Ese dolor masivo, que además pinta Antonio Berni en cuadros como Manifestación y Desocupados, es situado, histórico, contextual. Son obras que remiten a las encerronas existenciales del hombre de la década del 30, atravesado por la desocupación, la miseria, el hambre, la pobreza, el proxenetismo, la corrupción moral y política y el fascismo, que desnudó el fracaso del proyecto agroexportador del país semicolonial, oligárquico, pero que remite, aun con sus diferencias, al drama actual.

La década infame que siguió al crack financiero mundial es la época que registra la mayor cantidad de suicidios de la historia argentina (2), como para confirmar que la salud mental no está, para nada, desligada de las condiciones concretas de existencia. Es la década sombría en la que Alfredo Palacios despide con estas significativas palabras a Alfonsina Storni: “Algo anda mal en la vida de una Nación cuando, en vez de cantarla, los poetas parten voluntariamente, con un gesto de amargura y desdén, en medio de una glacial indiferencia del Estado”. En menos de un año habían partido, por la misma causa, Leopoldo Lugones y Horacio Quiroga.

Es tal la sensibilidad del artista para captar las vivencias de su pueblo que el tango Tres esperanzas, el único que escribió Discépolo sobre el suicidio, fue compuesto en 1932, el año de mayor registro de casos en nuestro país. Así, el arte y la historia nos enseñan la complejidad y la multidimensionalidad que se entraman en la determinación de las conductas autodestructivas como síntomas de un malestar social general, con arrolladores efectos subjetivos.

Esos padecimientos, ligados a la insatisfacción de las necesidades humanas y a las frustraciones provenientes de las desigualdades e injusticias, producen un dolor para muchos insoportable: un mundo inhabitable, extremadamente violento. Es el arte el que nos enseña que, para reparar el dolor, es necesario un cambio social; un cambio que despegue al sujeto de la ferocidad en sus relaciones y rehumanice los vínculos y el tejido social, a partir del amor y la solidaridad. No hay otro camino.

Así lo testimonió Discépolo con su obra, en la que dio palabras al dolor, tal como lo hizo Shakespeare cuando hace decir a uno de sus personajes: “Dad palabras al dolor; el dolor que no se dice gime en el corazón hasta que lo rompe”, criterio central de los talleres que propone “Lazos en Red”, en los que la expresión de los sentimientos y emociones ligados al sufrimiento es contenida por la comprensión y la escucha de los coordinadores. Así, el taller de expresión para adolescentes, que está a cargo de Verónica Bordagaray, Luisina Ayala y Wens; el de tejido, que conducen Silvia Fernández y Daiana Pintos; o el de acompañamiento terapéutico grupal de Federico Muuntabsky (3).

En la charla de este lunes vamos a trasladar el análisis de la situación actual, de las múltiples determinaciones del dolor y la angustia, a la comprensión de la problemática grave de la salud mental como síntoma de época, y a la necesidad de un abordaje integral y multisectorial —político en sentido estricto— de la crisis existencial y humana que transitamos y para la cual estos encuentros son una de las vías fundamentales de las salidas posibles.

(1) David Nasio, El dolor de amar, Editorial Gedisa.
(2) Norberto Galasso: Discépolo y su tiempo.
(3) Cristian Montenegro, Denisse Izaguirre y Natalia Oviedo forman parte del grupo.

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