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Portada / Opinión

Juan Larrea, el Adorni de la Primera Junta

En medio de las polémicas que rodean al jefe de Gabinete, Manuel Adorni, y de un gobierno que parece decidido a negar cualquier evidencia, la historia argentina devuelve un espejo incómodo. Juan Larrea, integrante de la Primera Junta y presentado durante décadas como un patriota ejemplar, fue también protagonista de denuncias por negociados, sobreprecios, ventas irregulares de bienes del Estado y vínculos comerciales privados aprovechando su función pública. Esta nota recorre la vida política y económica de uno de los hombres de Mayo para poner en discusión cómo la historia oficial construye héroes, oculta corrupciones y apuesta, una y otra vez, a la fragilidad de la memoria colectiva.

Por: Veronica Lopez

10 mayo, 2026

10:00 am

El Jefe de Gabinete, Manuel Adorni, sigue siendo noticia. Cada semana hay una nueva, y todas refieren a ganancias y gastos que no se corresponden con su economía; se descubren una y otra vez gastos que de ninguna forma pueden justificarse, acciones contrarias a la ley, con o sin declaración jurada.

Mientras, el presidente no ve, no escucha, no duda. La pregunta que la ciudadanía se hace, mayoritariamente, es hasta cuándo se puede ser tan negador de lo evidente.

El periodismo en los medios de comunicación, los comentaristas y posteadores en las redes sociales, la voz pública en los streaming, coinciden en decir que “nunca” se vio algo igual. A veces lo comparan con gobiernos recientes, pero siempre salvando que, en algunos casos, le costó el puesto a quien estuviera involucrado y que “nunca” sucedió que el propio presidente se tire sobre la bomba y trate de desactivarla, haciendo más grande su explosión.

Sin embargo, la historia argentina, tan liberal ella, siempre tiene algo para contarnos que se ha mantenido casi oculto. Tal vez es a lo que aspira el señor presidente: a la corta y escasa memoria del pueblo y, a su vez, a la complicidad de la historia oficial, que nunca dejó de ser escrita por la élite y es la que construye el “sentido común” de la ciudadanía.

Estamos en mayo, el mes de la libertad, el mes en que los niños lindos se disfrazan de caballeros, las niñas rubias de damas antiguas y los marrones de veleros y vendedoras de empanadas. El mes donde en los pizarrones se escribe: ¡Viva la Patria! ¡Viva la libertad!

Si hablamos de mayo, hablamos de la Primera Junta, y en ella están los nombres de los revolucionarios, pero también de los maturrangos (como le gustaba llamar San Martín a los españoles) y de los que caminaban por la ancha avenida del medio, tal el caso de Larrea.

Juan Larrea era un comerciante catalán que se interesó por la independencia, simpatizando con la Revolución y realizando contribuciones económicas para la misma. Siendo uno de los notables porteños, se unió fervientemente a las reuniones de la Jabonería de Vieytes junto a Belgrano, Castelli y Rodríguez Peña; allí se encontró con las ideas liberales y, sobre todo, con la ansiedad de un cambio económico. Aunque no participó de la reunión del Cabildo del 22 de mayo, fue nombrado como integrante de la Primera Junta. Ya en funciones, se acercó a la postura y pensamiento económico de Mariano Moreno, contrariando las ideas de Saavedra; posteriormente pasó a ser integrante de la Junta Grande. Por esa época se profundizan las diferencias internas, se inician las disputas entre morenistas y saavedristas, lo que lo lleva a perder el cargo y ser desterrado, en 1811, a la provincia de San Juan.

Poco tiempo después regresa a Buenos Aires. Su derrotero político lo lleva a integrar la Logia Lautaro, ubicándose muy cercano a Carlos María de Alvear. Gobernaba Buenos Aires el Segundo Triunvirato y se necesitaba de la provisión de armas. Un comerciante propone al naciente Estado el negocio de 25.000 fusiles con bayoneta a 16 pesos cada uno, pero, mediante un “oficio reservadísimo”, Larrea realiza una compra de 20.000 fusiles por una onza de plata (puede apreciarse la diferencia de cantidad y también del valor de la moneda de cambio). El negocio fue sellado con un vendedor anónimo norteamericano, William Porte White, quien, se sabría luego, era socio de Larrea. ¡Gran negocio se llevó Larrea en la venta!

Liberal y centralista, Juan Larrea tiene una activa participación en la Asamblea General Constituyente de 1813, como diputado representando a Córdoba (provincia donde nunca vivió), proponiendo las primeras leyes económicas de la naciente Argentina: la Ley de Aduanas, que liberaba los derechos de importación de varios productos, entre ellos los libros y las imprentas, y la acuñación y diseño de la primera moneda de las Provincias Unidas del Río de la Plata, que fueron de oro y plata. Según nos cuenta la historia oficial, Larrea puso su fortuna personal y sus conocimientos comerciales al servicio de la acuñación de la moneda y de la compra de armas para las expediciones militares; claro que, para ello, se aseguró el control de las zonas productoras de metales (como comerciante) y de tener un socio privado y anónimo norteamericano que le proveía las armas con sobreprecios.

De estar entre los primeros y grandes revolucionarios como Belgrano, en las reuniones de la Jabonería de Vieytes, pasó a ser parte del gobierno centralista y liberal del Directorio de Posadas, donde ocupó el cargo de ministro de Hacienda en 1814; para esta época, Larrea ya se siente capaz de grandes negocios personales. Deja constancia de ello Martín Basavilbaso, quien firma la acusación en el “Proceso por delitos contra la patria y su seguridad contra Juan Larrea, Buenos Aires, 18 de agosto de 1815”. Transcribo a continuación parte de la acusación (solamente del cargo N.º 6, sobre un total de 9). Su lectura puede resultar difícil, dada la expresión de la época; aun así, sugiero sustraer los datos centrales y se entenderá claramente el objeto de la denuncia:

“… asegurar que en ningún caso se prevalió de la representación de secretario de Estado para que los fondos públicos careciesen de ingresos debidos en razón de derechos, cuando con su acuerdo, sin hacer tentativas ni anuncios públicos que justificasen su conducta, se vendieron los nueve mil ochocientos diez marcos y cuatro onzas de plata en barras, con quebranto de su legítimo valor privadamente y con libertad de derechos, en la cantidad de veintitrés mil quinientos dieciocho pesos, cuyo ingente quebranto no se justifica, ni le salva de la responsabilidad al confesante (…) especialmente cuando median respetables voces que aseguran que los ingleses Magnil y Dilson tuvieron en esta parte, con el confesante, sus inteligencias, siendo suyo el negocio, y de aquellos la comisión, cuyo caso se vio repetido en la venta de tres corbetas (Neptuno, Belfast y Agradable) que importando al Estado la primera quince mil pesos y la segunda veintidós mil pesos, sin que tamaño desfalco, y la falta de ingresos en las cajas aún de esa porción menos de la mitad de aquella importancia (…)”

Martín Basavilbaso denuncia que Larrea, haciendo uso de su cargo y del privilegio de falta de control, vendió activos de la patria a bajo precio, llevándose la comisión (lo que retrotrae al oro de las arcas nacionales actuales, del que se desconoce su paradero). El “patriota” Larrea también vende tres corbetas (del Estado) con sobreprecios y sin que se registren esos montos en las arcas. Es de destacar que intervinieron mediadores ingleses con quienes Larrea tenía negocios personales y una sociedad.

Sin embargo, la historia oficial nos cuenta que Larrea fue un insigne patriota que puso su fortuna al servicio de la independencia y que constituyó la flota que diera origen a la Armada Argentina. Se puede pensar que esta denuncia de Basavilbaso fue solo eso y quedó registrada como anécdota en el Archivo Histórico Nacional; por eso la historia no la recoge. Pero no.

La denuncia tuvo su cauce y el 9 de octubre de 1815, Manuel Vicente de Maza dictó sentencia, diciendo: “(…) Primero: Que don Juan Larrea, de conformidad con lo que pide el ministerio fiscal, salga expatriado para ultramar, en el primer buque que, después de sancionada esta sentencia, zarpe en derechura a puertos que no sean de los Brasiles, ni los de Gran Bretaña en Europa. Segundo: Todos los bienes secuestrados a don Juan Larrea estarán afectos, en el modo que ya tiene dispuesto el gobierno, al reintegro de los ochenta y dos mil trescientos diez pesos tres reales que adeuda a la aduana del Estado”.

Así, Juan Larrea parte a Burdeos expatriado. En 1822, gracias a la Ley del Olvido, retorna a Buenos Aires, iniciando nuevamente negocios vinculados a la venta de navíos y el comercio saladeril. Se vincula políticamente una vez más; en este caso, pasó del centralismo unitario de Posadas de 1814 al federalismo popular de Dorrego (¿pensaba el lector que Bullrich, Pichetto, Santilli o Kueider eran novedosos?) y fue nombrado, en 1828, cónsul en Burdeos de las Provincias Unidas del Río de la Plata, donde reconstruye su fortuna con buenos negocios.

Hacia 1830, Juan Manuel de Rosas está en el cenit del poder porteño, es el líder indiscutido del movimiento federal nacional y no tiene ninguna buena referencia de Larrea, por lo que le quita el cargo de cónsul. Larrea retorna a Buenos Aires con la intención de retomar sus negocios comerciales, pero se encuentra con que Rosas le cobra obligaciones impagas en la Aduana, producto de sus negocios navieros y saladeriles. Esto lo sumerge en una situación económica insostenible, que lo lleva a una depresión de la que no puede recuperarse y, en 1847, el último sobreviviente de la Primera Junta se suicida cortándose la garganta.

La historia oficial recarga sobre Rosas la muerte de Larrea, refiriendo que sus bienes fueron confiscados debido a sus antinomias políticas. Las intenciones no pueden ser comprobadas; lo que sí se puede comprobar son todos los negocios que hizo, en beneficio propio, usufructuando bienes y cargos del Estado, y que la deuda aduanera era real.

Juan Larrea es uno de los primeros corruptos de la historia argentina; sin embargo, no está dentro de los anales de la narrativa histórica, quedando como uno de los patriotas de la Primera Junta, un poco difuso y desdibujado.

Tal vez la aspiración del presidente, negando lo evidente en relación a los espurios negocios de su jefe de Gabinete, Manuel Adorni, pretenda que quede en la historia como un difuso y desdibujado funcionario y nada más. La historia se está escribiendo; de nosotros depende que mantengamos viva la memoria.

Verónica López
Lic. en Cs. de la Educación

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