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La Escuela Normal: esas aulas que todavía nos enseñan

No puedo mirar lo que pasa con la Escuela Normal de Concordia desde afuera, sería imposible. No fui docente de la Normal, pero fui docente durante casi treinta años. Y quien pasó buena parte de su vida entrando a un aula sabe que una escuela nunca es solamente un edificio. Una escuela es una forma de mirar el mundo. Es el lugar donde un chico aprende una palabra nueva, donde un docente deja algo de sí, donde una familia deposita esperanza, donde muchas veces se contienen dolores que no figuran en ningún programa de estudios. Por eso, aunque no haya dado clases allí, siento que lo que pasa con la Escuela Normal también me toca.

8 mayo, 2026

9:26 am

por Roque Guillermo Benedetto, Docente.

Me toca como docente. Me toca como concordiense. Y me toca, sobre todo, desde un lugar profundamente personal: mi mamá, Nelly, con más de 80 años, pasó por esas aulas. Fue y sigue siendo orgullosamente docente. Todavía espera que la saluden cada Día del Maestro, porque hay vocaciones que no se apagan con la jubilación ni con el paso del tiempo.

Y también me toca por Roxana, mi señora, docente del Profesorado. Entonces la Escuela Normal termina siendo, para mí, un punto de encuentro de dos mujeres muy importantes en mi vida: mi madre, que guarda en esas aulas una parte de su historia, y mi esposa, que sigue vinculada a la formación de nuevos docentes.

Como ella, tantas generaciones de hombres y mujeres de Concordia caminaron esos pasillos, escucharon el sonido del recreo, miraron esos pizarrones, aprendieron sus primeras lecciones y guardaron, quizá sin saberlo, una parte de su vida en ese edificio.

La Escuela Normal no es una escuela más. Es memoria viva de Concordia y por eso duele verla deteriorada.

Duele imaginar sus techos dañados, sus baños reclamando reparación, sus aulas esperando condiciones dignas, sus paredes resistiendo más por historia que por mantenimiento. Duele que una comunidad educativa tenga que salir a la calle para pedir lo elemental. Duele que una escuela deba levantar la voz para que se escuche algo tan simple como esto: enseñar y aprender requiere dignidad.

Porque una escuela no debería tener que gritar para ser escuchada.

Sin embargo, en medio de ese dolor, apareció algo muy valioso: la comunidad educativa de la Escuela Normal no se resignó.

Docentes, estudiantes, familias, exalumnos, personal de la institución y directivos sostuvieron un reclamo persistente, respetuoso y firme. Hubo asambleas, suspensión de clases, movilizaciones, juntada de firmas y hasta un abrazo simbólico al edificio histórico. No fue un gesto aislado. Fue una comunidad entera diciendo, con la fuerza serena de quienes saben que tienen razón: la educación importa, la escuela importa, nuestros hijos importan.

Y cuando una comunidad abraza una escuela, no está defendiendo solamente paredes, está defendiendo su historia, está defendiendo su presente y está defendiendo el derecho de las próximas generaciones a recibir algo mejor que el abandono.

En ese marco, corresponde valorar la intervención de CAFESG, que anunció el llamado a licitación para la refacción, restauración y puesta en valor de la Escuela Normal, con un presupuesto oficial de $1.188.308.813,15 y un plazo de ejecución de 365 días corridos. Que ese deterioro tenga hoy una obra identificada, con monto y plazo, es un paso institucional importante.

Es una buena noticia. Claro que lo es.

Pero no debe leerse como un favor. Es una respuesta que llega después de mucho reclamo, mucha paciencia, mucha angustia y mucho compromiso, porque detrás de cada expediente, de cada nota elevada, de cada reunión y de cada pedido, hubo personas concretas sosteniendo una institución que forma parte del corazón educativo de Concordia.

Y en ese compromiso quiero detenerme en la figura de su Rectora, Carina, que además fue alumna de la Normal. Ese dato no es menor: hay lugares que uno no conduce solamente desde un cargo, sino también desde la memoria, desde la pertenencia y desde el afecto. Su tarea merece ser reconocida con respeto. No desde el elogio fácil ni desde la exageración, sino desde algo más justo: como expresión de tantos rectores y rectoras de Concordia que todos los días hacen equilibrio entre lo pedagógico, lo administrativo, lo humano y lo edilicio.

Dirigir una escuela no es solamente ocupar un cargo. Es escuchar a los docentes cuando están cansados. Es responder a las familias cuando tienen razón en su preocupación. Es mirar a los alumnos y saber que no se puede fallar. Es gestionar ante organismos que muchas veces demoran. Es insistir cuando las respuestas no llegan. Es cuidar una comunidad entera, aun cuando los problemas que se enfrentan no fueron generados por la propia escuela.

Muchas veces los directivos terminan siendo la primera cara visible de problemas que vienen de lejos. Ponen el cuerpo, reciben el reclamo, contienen el enojo, ordenan la urgencia y siguen adelante. No siempre se los reconoce. Pero sin ellos, muchas escuelas quedarían todavía más solas. En cada rector que insiste, hay una escuela que no se entrega.

La educación es el verdadero motor del cambio y lo digo desde mi propia experiencia docente. No hay transformación social posible si las escuelas se deterioran, si los docentes enseñan en condiciones indignas o si los alumnos aprenden en espacios que no los cuidan. Una ciudad que descuida sus escuelas, tarde o temprano, descuida su futuro.

Por eso, ahora lo importante es que la obra se haga, que no quede solo en el anuncio, ni en una buena noticia que todos celebramos un día y después se pierda en el tiempo.

La comunidad educativa ya habló con claridad, no pidió nada extraño, pidió poder enseñar y aprender en una escuela cuidada.

Ojalá pronto podamos ver otra imagen de la Normal: las puertas abiertas, los chicos entrando tranquilos, los docentes caminando hacia sus aulas sin tener que pensar en la humedad, en los baños rotos o en las filtraciones.

Ese día la obra habrá dejado de ser una promesa y la Normal volverá a ser nombrada por lo que siempre debió ser nombrada: por sus clases, por sus alumnos, por sus docentes, por su historia y por la vida que guarda adentro.

También vale reconocer que este reclamo encontró eco en el Gobierno provincial y en el Gobernador. Eso importa, porque cuando una comunidad educativa insiste con respeto y fundamento, también necesita que del otro lado haya alguien que escuche y tome una decisión. Ojalá esta obra no quede como un hecho aislado, sino como el comienzo de una respuesta más amplia para muchas escuelas del Departamento Concordia que también esperan arreglos, mantenimiento y presencia concreta del Estado.

La Normal siempre estuvo viva. La sostuvieron quienes la habitan todos los días. Ahora merece que el edificio esté a la altura de esa historia, de esa comunidad y de todo lo que todavía tiene para darle a Concordia.

 

 

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2 comentarios

  • Ernesto Sarmiento

    Realmente el tema desarrollado en la nota emociona. Fui alumno del Normal ! Me alegra poder leer contenido de calidad. El periodismo de verdad todavía existe! Aplausos por su labor

  • que hermosa nota!
    Soy una ex-alumna de la Normal y me hizo emocionar.

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