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Escuela 55: las goteras de la desigualdad

La imagen de la escuela 55 que se llueve, con baldes apilados para contener las goteras, funciona como punto de partida para una reflexión sobre el deterioro de la educación pública, la desigualdad y la ausencia del Estado. Entre recuerdos personales, críticas políticas y pasajes poéticos, el texto pone en escena el impacto de la precariedad sobre chicos, docentes y comunidades enteras, y reivindica la resistencia colectiva frente al avance de la desidia y el ajuste.

Por: Sergio Brodsky

10 mayo, 2026

10:56 am

Es que la lluvia insiste, claro, parece querer recordarnos la injusticia que crece a cada minuto, a cada chaparrón y, aún más, a cada diluvio. No quieren el cielo y las tormentas que olvidemos que, desgraciadamente, “el dolor crece en el mundo a cada rato, crece a treinta minutos por segundo, paso a paso, y la naturaleza del dolor es el dolor dos veces” (1), y cada aguacero nos recuerda la desigualdad a cada instante.

Y, como la lluvia, esta pluma insiste sin resignación y, mientras se pueda todavía, sobre la tristeza de baldes apilados chupando el agua que derrama la Escuela 55; injusticia de chicos sin clases adecuadas, de docentes sin clases adecuadas, de la frustración de padres y de toda la comunidad educativa sobre la que recae la iniquidad y la desidia, la postergación de los postergados de siempre, la demora eterna de sus derechos a estudiar como todos, como los que pueden. Demora que aplaza derechos, daño irreparable ya, privilegio ya y no derecho.

Y claro que es un poco egoísta, porque siempre ando hablando de la Escuela 55, de la placita, porque fue mi escuela. Pero, por supuesto, no es la única dañada; es, por eso, la referencia inevitable, la que acogió mi infancia, en esa época sin techos que se caigan a pedazos, sin techos agujereados y cables sueltos.

Y a cada recuerdo la escuela se me aparece como un espacio clave de construcción personal, de socialización, de comunidad, y me pregunto: ¿cómo serán las faltas?, ¿cómo se inscribirá la ausencia de esos días de clase en la gurisada?; ¿cómo será no sentir la calidez de la maestra, los números y las letras, los juegos del recreo, si la escuela es una imagen de lluvias y de baldes que gime su impotencia? Tal vez como un vacío, pienso; tal vez porque sí padecí esa falta en la universidad y la comparto, intento hacerme la idea de concebir la ausencia.

He sufrido épocas de paro por tiempo indeterminado, recuerdo, cuando estudiaba Psicología durante el gobierno de Raúl Alfonsín, y me he interrogado cuánto habré dejado de aprender en ese tiempo, qué habría sabido más si hubiera habido clases normalmente. Sin embargo, uno aprende con los paros algo más sustancial, tal vez; aprende más que lo que enseñan los grandes maestros, Sigmund Freud, Jacques Lacan y esos genios necesarios. Aprende que este país es un país injusto a cada rato, aprende que los paros son formas de lucha para denunciar esas injusticias. Los paros no son tiempo que se pierde; las movilizaciones son aprendizajes serios, esenciales.

Al menos en ese tiempo, año 1987, al gobierno los paros le afectaban. Ahora aparece algo nuevo, claro, que es el desprecio, el desinterés más absoluto, la intención sin ambages de destruir la educación pública, gratuita y de calidad —marcas registradas de la lucha del pueblo argentino—, de despedazarla como proyecto político, como decisión mortífera.

Ahora pasa lo siguiente, porque los mecanismos se renuevan: los legisladores votan una ley —demasiado vergonzante no votarla por el beneficio de un asado en Olivos— porque afectan la universidad y las personas con discapacidad, puro cálculo político, claro, pero se desentienden. El gobierno veta, el Congreso vuelve a votar, las leyes se sancionan, el Ejecutivo no cumple y el Judicial hace mutis por el foro.

Se perpetúa así la ignominia de la impunidad, del incumplimiento de la ley, de la Constitución Nacional, como práctica política. Se pretende desgastar a este notable pueblo, que no se cae, que, pese a todo, no termina de resignarse y conmueve con esos referentes que, ante la ausencia, ante la crisis de representación, la parálisis de la política tradicional, la connivencia de fiscales, sindicatos y partidos —salvo excepciones honrosas— emergen con fiereza y con ternura. Pienso en Valentina Bassi.

De ese modo, las leyes de emergencia en discapacidad y de presupuesto universitario, que tienen en vilo la supervivencia de esas comunidades, su aniquilación, de un amplísimo sector de la comunidad, de toda la comunidad, el gobierno nacional y sus aliados no las cumplen, y el resto, y la “Justicia”, siguen haciendo mutis por el foro.

Por eso el martes 12 habrá marcha universitaria, que no es universitaria: es de toda la comunidad. Porque la universidad no es solo de los estudiantes, de los docentes y no docentes, de sus aulas y sus tizas, sus laboratorios y sus famélicos presupuestos. La universidad es una bandera, es la patria, es un proyecto político colectivo de país, es de todos. Por eso es que todos debemos estar en las calles, manifestando en las calles, concientizando en las calles, denunciando en las calles estas infamias del poder.

Tenemos aún como motores la resistencia, el amor y la esperanza de transformación que siempre asoma en el horizonte, y la poesía, la palabra como arma, siempre presente para nombrar lo indecible y para decir lo innombrable de una comunidad que sufre. Me permito compartir la que emerge de un naufragio, desde los techos y los pupitres, los guardapolvos mojados y los niños tristes, de la querida Escuela de la placita.

Lágrimas de lluvia

El agua corre como la vida

Y la escuela de la placita llueve

2, 3, 100 veces el mismo río, la misma

Correntada

Se lleva infancias de guardapolvos

Azules

Lápices que anhelan dibujar mañanas

Palomas que quieren volar libres

El agua cae decidida, impiadosa, inapelable

Insensiblemente

Torrencialmente cae el agua

Sobre el niño que fui, sobre

Los techos que retumban de ignominia

Y la Escuela 55 llueve lágrimas sin pausa

Llueve lágrimas que empapan de muerte

Los enchufes, los mocos amarillos, el pan

Duro del hambre y la injusticia

Las ollas vacías, la humedad, el miedo

La tristeza que llueve a cántaros y

Ahoga las risas en el recreo, las corridas, los juegos

Las carcajadas naufragan

A gritos clama el cielo

Llueve la escuela, los pies descalzos, la fe

Se llueve por goteras, la esperanza se ilumina

Fugaz como un relámpago, en su luz separada del ruido

Pero la escuela sigue lloviendo a baldazos,

Furiosa, impotente, no para de llover

Todo se derrumba, se apilan los baldes en el patio,

Llueve desconsolada la patria, la bandera, llueve, llueve y llueve

El dolor se derrama como el agua, por las aulas caen

Lágrimas de lluvia, y llueve, llueve, llueve.

Sergio Brodsky

(1) César Vallejo, “Los nueve monstruos”.

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