La Revolución de Mayo fue, para toda la historia argentina, la revolución de la libertad, por la que todos juramos con gloria morir. La revolución heroica de un grupo de porteños que pensaban en la patria grande. ¿Pero que fue realmente la revolución de mayo?
Mucho se intentó relacionar la revolución de mayo con las llamadas revoluciones atlánticas de Francia e Inglaterra, una en lo político y otra en lo económico. Empecemos por sacar el primer hilo de esta madeja: los textos revolucionarios eran pocos, pues las imprentas eran escasas y limitadas, además viajaban en barco, por lo que la información demoraba entre mes y medio y dos meses en llegar al puerto de Buenos Aires, pero lo más importante esos libros estaban prohibidos, así que su circulación era clandestina y más limitada aún.
Entonces, ¿qué influyo más en el pensamiento revolucionario? Las universidades de la época, especialmente la de Córdoba y Chuquisaca, tenían un acceso mucho más directo, legal y asiduo a las ideas y doctrina de Francisco Suarez, teólogo Jesuita que, para muchos historiadores, fue quien tuvo una influencia decisiva en el accionar de los revolucionaros.
Francisco Suarez o el “Padre Suarez” como se lo conocía, fundaba su teoría en que el poder era otorgado por Dios a todos los hombres, dado que era “una facultad moral que pertenece al individuo en cuanto persona libre” y que estos lo delegaban a su representante, en este caso el monarca, el modelo español imperante
El padre Suarez esgrimió esta teoría en el S.XVI, y fue la Universidad de Salamanca quien sistematizo sus escritos y llegaron a América, especialmente a la Universidad de Chuquisaca, la que mayor influencia tuvo en los revolucionarios. Esta teoría contrastaba con la que el poder del monarca venía directamente de Dios, como la que alegaba el Dios Sol francés. Fue la doctrina del padre Suarez uno de los fuertes fundamentos de las revoluciones que se desarrollaron en Hispanoamérica, debido a que esta doctrina disponía que, si el gobernante abandona, abdica o es apresado, el poder vuelve al pueblo y será mediante la reunión de este que se encontrará quien los represente y gobierne nuevamente. Así nacen las “Juntas” tras las invasiones Napoleónicas en España, en 1808 cuando se crearon juntas regionales y provinciales para autogobernarse y resistir, ante el avance del poderío francés.
Es de suponer que, cuando las noticias llegan a Buenos Aires, de la situación del Rey Fernando VII, no se hace más que replicar el modelo español de defensa. Para el historiador Enrique Gandía “la supuesta revolución no fue en absoluto una revolución, sino un cambio de gobierno, normal, tranquilo, perfecto, hecho sobre el ejemplo y la base de lo que se había realizado en España, conforme a los deseos del partido de las Juntas, fundado y dirigido por Martín de Álzaga” (Gandía, E. 1960. Historia del 25 de Mayo)
Álzaga va a seguir con interés los sucesos en Españas desde 1808 y el movimiento juntista, intenta convencer a los cabildantes desde 1809, de la necesidad de constituir una junta, precisamente en enero de ese año fue Cornelio Saavedra (entre otros) quien impidió la constitución de una junta. Álzaga no conseguía adeptos a su propuesta, hasta que Tomás Manuel de Anchorena, que era regidor defensor general de pobres, perteneciente a una poderosa familia terrateniente que continua aún hoy, teniendo fuerte injerencia en los destinos políticos y económicos de nuestro país, y que se destacaba como fiel vasallo de Fernando VII, siguiendo las noticias que venían de España y ante la inminente caída en manos de Francia, quien expresa en el Cabildo el 25 de abril (un mes antes) “sobre el peligroso estado de la Metrópoli y convenciendo ser necesario que por este Excelentísimo Cabildo se adopten con anticipación los medios que conduzcan al sostén de los derechos del Soberano, defensa, conservación y tranquilidad de la Patria para el caso desgraciado en que aquella sucumbiese por los triunfos y ocupación enemiga”
En aquella reunión del cabildo Anchorena deja al descubierto también su preocupación “…el egoísmo de los unos, y la ambición de los otros, debilitan y entorpecen la acción del Gobierno por su oposición e indiferencia; que se aspira a destruir por sus cimientos el principio esencial de la Monarquía, que es unidad; que la hidra del federalismo (…) osa otra vez levantar sus cabezas ponzoñosas…”
El 13 o 14 de mayo llega al puerto de Montevideo un barco que trae las ultimas noticias, que no son para nada buenas de la situación en España, rápidamente el Virrey Cisneros manda a imprimir un texto para informar a la ciudad, sin este bando informativo, no hubiera existido el Cabildo del 22 y 25 de mayo.
Mientras unos se preocupaban por sostener el poder y dominio español sin cuestionarse si correspondía o no, otros introducían la duda en reuniones por fuera del Cabildo, tal las que se producían en la jabonería de los doctores Peña y Vieytes donde asistían Manuel Belgrano, Feliciano Chiclana, Manuel Alberti, Juan José Castelli, Agustín donado, Francisco Paso entre otros, quienes empezaban a pergeñar que tal vez era mejor gobernarse por sí mismos que esperar a que España resuelva su entripado con Francia.
Hay historiadores que refieren a otras reuniones en una quinta alejada de la ciudad donde concurrían Domingo French, Diego Saavedra, José Pueyrredón, Vicente Dupuy, Ambrosio Pinedo, no se sabe muy bien su postura, aunque algunos de sus integrantes posteriormente integrarían la logia masónica fundada por Ignacio Álvarez.
¿Qué poder alternativo había? A pesar de estas reuniones, el verdadero poder lo tenía Saavedra como jefe del ejército y el levantamiento se inicia recién cuando Saavedra se convence de ello. Entre el 18 y 19de mayo (madrugada, como toda conspiración) se reúne con Belgrano, Castelli, Chiclana, Juan José y Francisco Paso, Vieytes en la casa de Rodríguez Peña.
Así se fueron juntando voluntades para lo que hasta ese momento solo era un acto sedicioso, pues lo que se acordó fue que cualquier acción que se tomara para la defensa del territorio debía ser necesario el apartamiento de Cisneros.
Lo que siguió está bastante contado en la historiografía oficial, tal vez pintado con un heroísmo que pocos tenían en esa época. Heroicos serán los hechos y sucesos que prosiguieron a lo largo y ancho del territorio en los próximos seis años, donde, a medida que se avanzaba también se fortalecía la convicción, de algunos, de que la independencia era posible y necesaria.
En relación a la distribución de cintas celestes y blancas por los jóvenes French y Beruti, que aún hoy continua siendo tema de discusión histórica, en 1941 el Círculo Militar encomendó una comisión de estudio para dilucidar la verdad a través de una minuciosa pesquisa de cartas y escritos de esos días, donde se pudo concluir que ninguno de ellos distribuyo cintas en esos días de mayo, y que el registro es que las personas que concurrían a las reuniones llevaban cintas blancas y un pequeño ramo de olivo en el ojal, unidad y paz. Lo que es más consistente con lo que finalmente reflejó la Primera Junta donde estuvieron representados todas las líneas de pensamiento político de la época, más evidente aun cuando se tiene que constituir la Junta Grande debido a los intensos debates internos que rápidamente confrontaron ya en posiciones divergentes sobre el futuro destino político del territorio.
En estos presurosos días de toma de decisiones, no fue Mariano Moreno un participante fervoroso, más bien fue un tímido, pero pensante observador, el revolucionario Mariano Moreno surge posterior a los hechos de mayo, donde su juventud, su propia historia y sus estudios van encontrando significado.
Presentar el 25 de mayo como una revolución épica no es coincidente con la verdad histórica, presentarlo como un periodo de construcción, de transformación, de debates profundos, de acuerdos y desacuerdos es más digno de sus protagonistas y más útil para el significado del ser nacional argentino. Se comprometieron, leyeron el presente, pero también el futuro, ese es el verdadero legado, fueron días de no dormir y de encontrarse unos con otros; fueron días de conspirar y también de acordar, fueron días de decir lo que pensaban y pensar lo que decían. Eso que tan perdido tenemos hoy, y que la historia nos debería mostrar como camino.
Verónica López
Lic. en Cs. de la Educación

