En este contexto de confusión e intoxicación informativa, muchas personas y algunos medios de comunicación se manifiestan en todo el mundo frente a un hecho que los gobiernos occidentales se obstinan en negar: el exterminio a «fuego lento» del pueblo palestino. Y lo hacen sin pudor, a cara descubierta, como si la impunidad formara parte del propio reglamento del mundo. Quizá así sea. Palestina se convierte entonces en el espejo donde se refleja el «colapso moral» del Occidente imperialista.
En esa dirección debemos observar la grieta que se abre entre la calle y el poder. Allí queda expuesto un modelo de dominación que, en su decadencia, ya solo puede sostenerse mediante la censura, la violencia, la mentira y, sobre todo, la deshumanización. Mientras tanto, la población, a diferencia de sus gobernantes, comienza a rechazar su complicidad con la barbarie.
Es allí donde Palestina deja de ser un conflicto para convertirse en una interpelación histórica. Una ruptura que va mucho más allá de lo simbólico. Sin embargo, también los símbolos hablan. Hace poco tiempo, Lamine Yamal, el extraordinario jugador del Barcelona y de la selección española, ingresó al campo de juego con una bandera palestina, solidarizándose con el sufrimiento de ese pueblo. Es el mismo Yamal al que Lionel Messi sostuvo en brazos cuando era un bebé, durante una producción fotográfica realizada en un barrio humilde. ¡Pucha, las vueltas que da la vida!
Pero volvamos al tema. El genocidio en Palestina no es nuevo. Es la continuidad de un proyecto colonial que, desde sus orígenes, necesitó negar al otro para justificarse. El sionismo revisionista no solo se impuso sobre una tierra habitada, sino que lo hizo con el respaldo del orden internacional dominante y bajo la lógica del despojo y el saqueo.
Hoy, como ayer, Israel no actúa solo. Lo hace como avanzada militar, tecnológica y simbólica del llamado Occidente colectivo en uno de los territorios más estratégicos del planeta. Y, como toda colonia, para sostenerse necesita exterminar. La ocupación implica borrar pueblos, reescribir la historia y hacer desaparecer toda evidencia de que ese territorio estuvo habitado alguna vez. Por eso el genocidio en Palestina no constituye un «accidente», sino una etapa más de ese proyecto colonial. De ahí también el silencio, la complicidad y la cobertura política de quienes siguen considerando que Oriente Medio debe administrarse desde afuera, como si el siglo XX no hubiese dejado ninguna enseñanza.
Lo que ocurre hoy no puede entenderse sin revisar cómo se construyó el mundo que ahora comienza a desmoronarse y desespera a los imperialistas que ven amenazados sus privilegios. El capitalismo occidental estuvo siempre anclado en una lógica de centro y periferia: unos pocos concentran la riqueza, la tecnología, la industria y, sobre todo, el poder financiero; los demás quedan condenados a exportar materias primas y a sostener una dependencia estructural.
Pero ese modelo, que funcionó durante siglos a sangre y fuego, entró en crisis. Mientras los mercados celebraban beneficios, las sociedades acumulaban precariedad, desigualdad, desafección y hastío. En ese escenario, el orden internacional construido sobre la hegemonía occidental comienza a resquebrajarse. Lo que Palestina pone en evidencia no es solamente la barbarie: muestra el agotamiento de un modelo que se resiste a desaparecer y que, para prolongar su existencia, recurre a la máxima violencia posible.
En Europa y en los Estados Unidos no asistimos al derrumbe de una ética universal, sino al del consenso que la sostenía. Durante siglos, la Europa liberal se presentó como un faro de los derechos humanos y de la civilización. Sin embargo, ese relato funcionó como la ideología legitimadora de un orden mundial basado en el saqueo colonial, el racismo cultural y la supremacía imperialista, sostenido además por la idea de un supuesto destino manifiesto, tanto ideológico como religioso.
Lo que Palestina revela es la ruptura del vínculo entre dominantes y dominados; entre opresores que simulaban humanidad y pueblos sometidos que todavía concedían legitimidad moral a sus verdugos. La violencia fundacional del sistema capitalista vuelve a emerger. Se quiebra el consenso y, con él, se abre una nueva etapa histórica.
Incluso llegó a instalarse el discurso sobre la supuesta amenaza de la «islamización» de Europa, que reproduce las viejas teorías conspirativas del fascismo clásico. Pero no se detiene allí. El enemigo continúa siendo el mismo: el temor a una clase trabajadora organizada y con una visión internacionalista.
Lo que ocurre en Gaza no responde a errores tácticos. Se trata de planes y programas políticos plenamente conscientes, en disputa por el control de Medio Oriente.
Fuente: Prensa Alternativa.

