Esta visión, para nada inocente, pone el acento en la mirada europea de la historia y trata de poner bajo “la alfombra”, junto a los millones de muertos de la conquista, a los miles de residentes que se negaron a aceptar la prepotencia, la imposición a la fuerza de una religión y un modo de producción y de vida. La Historia-poder gusta de educarnos en la obediencia cultural, indicándonos desde pequeños que las cosas fueron así y así deberán seguir. Hemos sabido desde siempre que cuando el “poder” roba se llama “conquista y ocupación del espacio”. En cambio, cuando los invadidos se defienden, se trata de ataques a la civilización.
Los hechos históricos son uno solo; las interpretaciones pueden ser muchas. La llamada Revolución de Mayo da pie para que, con honestidad intelectual, se pueda de alguna manera “reconstruir” esa parte de la Historia que constituía el régimen colonial.
La primera pregunta que surge es: ¿la Revolución de Mayo fue una revolución? Por supuesto que hay varias interpretaciones. Si se entiende por revolución un hecho similar a la Revolución Francesa, la de Mayo no se le parece demasiado. Ante todo, no hay toma de la Bastilla. Es decir, no hay un pueblo sublevado en armas, enardecido por la verborragia de sus ideólogos. De todas maneras, esto no impidió a Moreno y los suyos sentirse y asumirse como figuras americanas de Robespierre y Saint-Just, como espejos americanos de la imagen del exceso.
Esta Revolución de Mayo de 1810, hecha por Buenos Aires y no por el interior, que debió tener por objeto único la independencia de la República Argentina respecto de España, tuvo además el de emancipar a la provincia de Buenos Aires de la Nación Argentina, o más bien el de imponer la autoridad de su provincia a la Nación emancipada de España. Ese día cesó el poder español y se instaló el de Buenos Aires sobre las provincias argentinas. O sea que, supuestamente o no, la sustitución de la autoridad metropolitana de España por la de Buenos Aires sobre las provincias argentinas fue una división que terminaría en unitarios y federales.
Que se entienda: para Buenos Aires, Mayo significa separación de España y predominio sobre las provincias (el “coloniaje porteño”), sustituyendo al “coloniaje español”. Para las provincias significó una reforma del coloniaje, no su abolición. De ahí que se diga que la Revolución de Mayo ha creado el “Estado metrópolis”: Buenos Aires y el “país vasallo”. El uno gobierna, el otro obedece; el uno goza del tesoro, el otro lo produce; el uno tiene su renta y su gasto garantizado, el otro no tiene seguro su pan.
Recordemos que el poder real de la sociedad, el económico, se hallaba en manos de las oligarquías terratenientes y comerciales hispano-criollas. La jerarquía burocrática de virreyes, gobernadores, capitanes generales, etc., tenía la misión de proteger los intereses de España, es decir, de la Corona y del comercio de Cádiz. Esa burocracia importadora fue el único grupo social dominante en la Colonia a quien la Independencia vino a liquidar. O sea que la Revolución de Mayo fue política y administrativa: removió del gobierno a la burocracia española e instauró en él a la burocracia criolla.
Pero había protagonistas que querían arruinar los planes a la burguesía porteña. Eran, quiénes sino, los jefes de la Junta de Gobierno de Mayo, que no amaban precisamente los buenos modales y estaban decididos a todo. A matar, si era necesario. Y Santiago de Liniers fue su primera víctima. Tanto Moreno, Paso como Castelli pensaban en Robespierre. Eran de la idea de que una revolución no se hace sin sangre.
El gran pensante de la Junta, Mariano Moreno, escribió su magnífico Plan de Operaciones, destinado a regir los pasos a seguir por la Junta. Moreno era un jacobino. Los jacobinos representaron el ala extrema de la Revolución Francesa. El “jacobinismo” es la aplicación del derecho divino a la soberanía popular; procede voluntariamente, por medios violentos, a resolver los problemas de urgencia política, con ejecuciones sumarias. La revolución es para ellos acciones rápidas, razzias, empréstitos forzosos, depuraciones. Para muchos, Moreno era un jacobino sin burguesía. No podía ejecutar su plan porque no existía una burguesía revolucionaria que lo acompañara, sino una clase mercantil intermediaria y no productora.
Según cuenta la historia, Castelli expresó que la historia de los jacobinos de Mayo no es la carencia de una historia, sino la historia de una carencia. Moreno y los suyos tenían las ideas, tenían la pasión, pero no tenían en su base una clase social revolucionaria (como nosotros en la actualidad). Moreno y los suyos se asumieron como una minoría ilustrada —y lo eran— cuyo pulso no debía temblar a la hora de las decisiones, porque estaban seguros no solo de tener razón, sino de ser la razón misma.
Mariano Moreno era un místico que, a la hora de doctorarse, había cambiado la teología por la democracia, a Santo Tomás de Aquino por Rousseau y el púlpito por la prensa. Al asumirse como jefe de una minoría ilustrada con derecho a conducir el proceso revolucionario, Moreno desconfiaba de esa “carencia” de acompañamiento en el proceso: el pueblo. Decía Moreno: “Los pueblos nunca saben ni ven sino lo que se les enseña y muestra, ni oyen más de lo que les dicen”. Otro signo de la “violencia política revolucionaria” fue el fusilamiento de Liniers.
El héroe de las invasiones inglesas de 1808, que era francés, se opone desde Córdoba al poder de la Junta en Buenos Aires. Se siente fiel a la Corona de España. Pensaba que, como había recuperado a Buenos Aires para la Corona, ¿por qué habría de combatirla ahora? Porque la situación era confusa. España estaba en manos de los Bonaparte. Fernando VII había sido destituido. La Junta de Buenos Aires no decía enfrentar a Fernando VII, sino que afirmaba que gobernaría en su nombre en tanto el rey estuviese fuera del trono por la dominación francesa.
Esta situación complicó a Liniers, que prefería que Fernando VII volviera al trono. A pesar de eso, decidió oponerse y eso lo condenó. Lo que definía a la Junta de Mayo era la idea de separarse de la vieja y perimida globalización española para entrar en la modernidad de Francia e Inglaterra.
De una cosa estamos seguros: que los hombres de Mayo, en esa circunstancia histórica, hicieron lo que su pasión revolucionaria y sus convicciones de moral patriótica les indicaban como destino.
Otra hubiera sido la historia si a Moreno no lo hubiesen asesinado en altamar, ni a Belgrano mandado al Norte siendo abogado con grado militar, y Castelli no hubiese muerto por un cáncer de lengua. No obstante, le alcanzó a decir a su secretario antes de expirar: “Si lo ves al futuro, decile que no venga…”.
¡¡Cuánta razón tenía!!
¡Viva la Patria!

