Opinión: Sergio Tagle
Las signos y símbolos de la identidad cordobesa, culturales y folclóricos, son múltiples, diversos. Su huella digital histórica y política, además, es contradictoria. Aloja a la Reforma Universitaria y el Cordobazo; a la capital nacional de la Revolución Libertadora [1], el Navarrazo; a partir de 1983, el voto mayoritario que eligió la oferta electoral situada a la derecha del espectro partidario de cada momento. Y mareas de gente movilizadas por víctimas de femicidios; la universidad pública; memoria verdad y justicia cada 24 de marzo.
José Aricó, nacido en Villa María, fue el intelectual orgánico de la Córdoba insumisa quizá más destacado de la historia provincial. Su lucidez alumbró un concepto que logró aprehender la heterogeneidad idiosincrática local: “ciudad de fronteras”. [2]No refiere a geografía sino a cultura y política. Acá coexisten y colisionan matrices antropológicas en conflicto. La tensión principal es entre dos polos: uno, “la Córdoba de las campanas”, clerical, hija del orden colonial, elitista, conservadora. Es la que produjo y protagonizó los acontecimientos reaccionarios del siglo XX. Esta comparte territorio con el otro, progresivo, el de los alzamientos obreros y estudiantiles: “la Córdoba de las avenidas”[3], laica; donde transita la rebeldía, la valoración de los derechos humanos y cívicos, el pensamiento crítico, la transformación social.
Las fronteras que separan al tiempo que unen a la ciudad (agregamos, a la provincia), lejos del defecto, para Aricó son productivas. Su coexistencia conflictiva, en su tesis, dinamiza las potencialidades político-culturales de Córdoba. La lucha entre lo viejo y lo nuevo se desarrolla sobre un suelo inestable. Esta hibridez incubó conservación y cambio y la oposición se encuentra en estado de latencia. Mujeres y más hombres que en otras oportunidades, el miércoles, caminaron y ocuparon la avenida valorada por el pensador villamariense como la mejor.
La consciencia emergente
La provincia, vista desde arriba, muestra un océano mileísta, antes macrista. La comparación del presente con un pasado glorioso y combativo, desconcierta. Pero, como dice la vieja canción, “quién dijo que todo está perdido”. Cordobeses y cordobesas, en circunstancias políticas relevantes, demuestran poseer “núcleos de buen sentido”, como todas las clases populares. Estos son los componentes impugnadores de lo existente, situados en los pliegues del sentido común, que es contradictorio y con preeminencia de las formas de pensar que promueve la hegemonía política de cada coyuntura. Son destellos de conciencia crítica que intuye la desigualdad y rechaza de forma espontánea la opresión. [4] La Nueva Mañana escuchó y publicó testimonios de personas movilizadas. Gentes del común, como Nicole, la tía de Agostina, expresó su orgullo por participar, por primera vez en su vida en una marcha. Y convocó a las mujeres que todavía no lo hicieron a que se sumen a esa lucha, que también es por la aparición de Delicia Mamani y por todas las víctimas de violencia de género. «Siempre las veía, le daba like en las redes y las compartía, pero (nunca) realmente estar acá gritando y con la garganta a más no poder y toda mojada”. Este es solo un ejemplo de una consciencia que, sin dejar de señalar al femicida, despersonalizó el crimen para denunciar al poder político y judicial como responsable. Agostina despertó a la Córdoba que también existe, la que llora su asesinato y está dispuesta a pelear por la justicia y la igualdad.
Fuente: LM Diario


