Es por eso que, en 1907, en un amplio salón de su biblioteca, John Pierpoint Morgan esperaba ansioso a sus invitados que, vestidos con sus negras levitas, traían una cara de desasosiego que se trasuntaba en ese espejo del alma que es el rostro. Es que habían sido convocados de urgencia porque el terror les había calado los huesos al enterarse de que largas columnas de ciudadanos de EE.UU. formaban extensas filas en las puertas de los distintos bancos de la City de Nueva York para retirar sus ahorros todos a la vez.
Las quiebras empresariales se produjeron en cascada durante tres semanas, en un pánico financiero que recordaba los momentos de la Gran Depresión. En este escenario, Morgan había convocado a sus primeras espadas del sector bancario y a los presidentes de las grandes compañías fiduciarias (los famosos trust), encerrándose bajo siete llaves para que ninguno tuviera la tentación de abandonar la sala antes de llegar a un acuerdo para salvar la situación financiera. Había que detener la «hemorragia» de cualquier manera.
El viejo John volvía a ser el capitán de las huestes de los ángeles caídos. Es que estaban a las puertas de un escándalo de pérdida de confianza en un sistema bancario muy roto y quebrado por la corrupción y el desfalco sistemático de un sector financiero edificado sobre el saqueo y la sustracción del poder adquisitivo de los ciudadanos.
La «chispa», en aquella ocasión, había sido encendida por dos hermanos, Otto y Augusto, de la familia Heinze, al mando de la United Copper Company, que realizaron una suicida operación bursátil sin disponer del capital necesario, cuyo fracaso estrepitoso prendió la mecha del sistema bancario.
El escándalo afectó al corrupto magnate Charles W. Morse, amigo de los Heinze, con quienes compartía intereses financieros, que terminó entre rejas, aunque salió a los cuatro años por supuestos problemas de salud y se convirtió en uno de los proveedores estrella del Gobierno Federal, sacando partido de la Primera Guerra Mundial.
Por su parte, Augusto Heinze, conocido como el «Rey del Cobre», fue exonerado de responsabilidad tras varios casos judiciales que, curiosamente, se empantanaron en los tribunales de Nueva York.
Precisamente, esta ciudad podría haber ido a la quiebra si nadie ponía remedio a un proceso de insolvencia que fue evitado porque el propio John P. Morgan recaudó más de U$S 30 millones para que los servicios públicos de Nueva York pudieran seguir funcionando.
De esta forma, el magnate elaboró una lista con las cantidades pecuniarias que cada banquero debería aportar para evitar el desastre y no permitió que nadie saliera del recinto hasta que todos firmaran su compromiso.
J. P. Morgan inyectó capital para salvar a múltiples instituciones, junto con John Rockefeller, que aportó U$S 10 millones, y el secretario del Tesoro, George Cortelyou, quien depositó U$S 25 millones de dinero público en diversos bancos de Nueva York.
De paso, como quien no quiere la cosa, acordó también con la Casa Blanca hacer más grande a la U.S. Steel, el imperio del acero de J. P. Morgan, mediante fusiones que aprovechaban los bajos precios del mercado.
El entonces presidente, Theodore Roosevelt, se oponía a esta operación corporativa, hasta que llegaron las corridas bancarias y el pánico social. Es inútil: donde hay capitán no manda marinero.
Ese aquelarre en el despacho de J. P. Morgan consiguió estabilizar la situación al introducir «combustible» en las cañerías del sistema financiero. Fue considerado un gran hito financiero, pero a la vez puso de manifiesto la fragilidad de un sistema que dependía de un solo individuo para navegar en aguas revueltas.
No faltaron las críticas al propio Morgan por haberse aprovechado de la crisis en su propio beneficio, aumentando aún más el insultante poder que poseía a la hora de mover los hilos de la política y de la economía.
¿Y qué esperaban que fuera, si venía de una descendencia de piratas al servicio del Imperio Británico?
De ahí que el propio magnate comenzara a sembrar la idea de que había que crear un banco central que actuara como prestamista de última instancia en un sistema estructurado y regulado. Un movimiento audaz que cristalizaría años después, en 1910, en un encuentro secreto que tuvo lugar en la isla de Jekyll para crear lo que hoy conocemos como el Sistema de la Reserva Federal (la FED), germen y modelo del sistema de bancos centrales actual que gobierna el mundo, aunque en su caso se trate de una entidad privada y no pública.
Esa propuesta no fue bien recibida por los legisladores. La reunión fue organizada por el senador republicano Wilmart Aldrich, cuya hija estaba casada nada menos que con el hijo de John Rockefeller.
El político había presentado un proyecto de ley para facultar a los bancos a emitir, en una situación de emergencia, una moneda respaldada por bonos federales y estatales, es decir, de carácter público, pero con factura privada.
Como es comprensible, esta propuesta no fue bien recibida porque la consideraban un atentado contra la libertad de mercado y los derechos de la propiedad privada.
En realidad, el senador trabajaba para los «señores del dinero», liderados por Morgan y Rockefeller, a quienes se denominaba los «barones ladrones», que luego usaron su poder para colocar en el Despacho Oval a William McKinley, cuya primera decisión fue abolir la regulación antimonopolio que limitaba el margen de actuación de estos grupos financieros.
Hecha la ley, hecha la trampa.
La «criatura» de la isla de Jekyll nació tres años después del contubernio, aunque J. P. Morgan no pudo asistir al «parto», pues pasó sus últimos días tejiendo la tela de araña de lo que posteriormente sería la Reserva Federal y expandiendo su imperio, inclusive como intermediario financiero para construir el Canal de Panamá.
Woodrow Wilson firmó en el Despacho Oval la Federal Reserve Act, la ley que otorgaba poderes a la nueva institución para emitir la moneda oficial de curso legal (los dólares) y fijar la tasa de descuento (tipos de interés de referencia).
Además, tendría la potestad de determinar las reservas bancarias y convertirse en prestamista de última instancia para evitar fugas masivas de depósitos (corridas bancarias).
El nombramiento de su presidente sería facultad de la Casa Blanca, requiriendo la conformidad del Senado para otorgar al proceso un «halo» de legitimidad que proporcionara la sensación de control político y público de una institución diseñada a la medida de la «gran banca».
El pánico de 1907 fue una de las razones para su creación, junto con la constatación de que sin el visto bueno de esa élite no se llega al Despacho Oval de la Casa Blanca.
Wilson no fue el único que se opuso, aunque finalmente firmó.
Los «padres de la criatura» fueron los Morgan, Rockefeller, Rothschild y la Casa Warburg. Estos clanes conspiraron, junto con el secretario del Tesoro, para crear el banco central más importante de Occidente al margen del control democrático y contra el criterio de otros gigantes corporativos, entre los cuales se destacaban Benjamín Guggenheim, empresario estadounidense dedicado a la minería y la metalurgia; Isidor Straus, político y gigante corporativo; y John Jacob Astor IV, el hombre más rico del mundo en aquellos momentos.
Todos ellos murieron en el hundimiento del Titanic, un barco al que no se subieron los conspiradores de la isla de Jekyll porque tuvieron que cancelar sus pasajes.
Morgan, oficialmente, tuvo que abandonar su viaje por un contratiempo en el envío de su colección de arte a Nueva York.
Fue así que los creadores de la Reserva Federal aprovecharon los grandes medios de comunicación para «vender» a la sociedad norteamericana las bondades del nuevo sistema bancario.
El poder mediático de los señores del dinero era una cuestión que había sido incorporada al debate parlamentario gracias a congresistas como Oscar Callaway, demócrata por Texas, quien denunció que intereses ligados a la Casa Morgan habían tomado el control total de la prensa de EE.UU., adquiriendo acciones de los más grandes medios y colocando editores y periodistas que favorecían sus intereses.
(Nada nuevo bajo el sol).
Continuará
Fuente: Historia jamás contada de EE.UU.

