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El poder detrás del poder: Los arquitectos del nuevo orden financiero (Parte IV)

A lo largo de los otros tres artículos precedentes sobre el poder oculto y visible de la banca internacional, ha quedado claro el gran poder de unas dinastías de élites que, actuando en grupos asociados, han moldeado hasta el presente la operatoria financiera internacional, de tal manera que, más allá de la institucionalidad democrática que puedan exhibir los gobiernos, estos quedan siempre sujetos al disciplinamiento y al orden económico-financiero de ese poder oculto de la banca internacional.

Por: Ricardo Monetta

29 junio, 2026

4:38 pm

Una muestra de este tipo de operaciones fue la caída de la premier británica Elizabeth (Liz) Truss, que antaño fue la musa adorada de la plutocracia globalizada y que hoy es un «juguete roto» debido al ataque que sufrió su gobierno de la mano de la «gran banca» y las gestoras de inversión, en un momento especulativo que estuvo a punto de llevarse por delante el sistema de pensiones del país, en manos, precisamente, de estos directores de orquesta financiera. Truss trabajó para la petrolera Shell y otras empresas antes de llegar a la política, área en la que fue escalando posiciones.

Fue secretaria del Tesoro, de Justicia, de Comercio Internacional y de Relaciones Exteriores, para finalmente ser nombrada ministra del Gobierno de Boris Johnson y la primera mujer que llegaba a ese cargo. Desde ese puesto, a su turno, participó del acoso a Irán, apoyó al gobierno de Israel, defendió a Arabia Saudita y se enfrentó a Moscú, antes y después de la intervención rusa en Ucrania. Con este currículum se presentó en 2022 en las elecciones y ganó por el descrédito de Boris Johnson, con una agenda orientada a facilitar las ganancias de las empresas, diseñada por un equipo que proclamaba a los cuatro vientos que sus referencias eran Margaret Thatcher y Ronald Reagan.

El nombramiento como premier británica fue el último gran acto que hizo la reina Isabel II, que falleció dos días después de entregar a Truss el mando político del país. Tenía todo a favor para quedarse en el cargo muchos años, aprovechando el mal momento del Partido Laborista. Nada hacía pensar en el desastre político que vendría luego de apenas 45 días de permanencia en el cargo.

La dimisión sorpresiva llegó tras la presentación de un avance de presupuesto elaborado por el canciller de Hacienda, Kwasi Kwarteng, que reducía el impuesto a la renta a los que más ganaban (igual que en Argentina), cancelaba el impuesto de sociedades y aprobaba nuevas emisiones de deuda pública para financiar el gasto. (Cualquier similitud con Argentina es pura coincidencia… o no). En un programa que años después aplicaría Donald Trump en su vuelta a la Casa Blanca.

El estilo de Liz Truss no suponía una novedad en el sistema de deuda global. Como consecuencia, la libra esterlina se desplomó respecto del dólar y los intereses de los bonos británicos se dispararon, poniendo en peligro el frágil equilibrio financiero, especialmente de aquellas gestoras de inversión que tenían en sus manos los ahorros de los ciudadanos bajo la forma de deuda pública. El Banco de Inglaterra se vio obligado a una intervención de emergencia y los medios de comunicación la comparaban con una lechuga, por lo que se hacían apuestas sobre cuánto podría durar sin pudrirse fuera de un frigorífico.

Este es un ejemplo porque es un caso de manual. Y así fue como medios de comunicación como The Economist se sumaban al escarnio y, con la inestimable colaboración de medios de Estados Unidos como The Atlantic, acabaron con la primera ministra, forzando su dimisión. Los amos del mundo (los bancos) habían ganado el pulso utilizando el escarnio público y la mentira, agravando la situación.

Pero, si el desajuste entre ingresos públicos y gasto fuera la justificación de ese «golpe financiero» de Estado, ¿por qué no sucedió lo mismo con Macron en Francia o Pedro Sánchez en España, políticos que durante años han sido protegidos por el gran poder al que le sirven sumisamente cuando se los convoca?

Dentro de los personajes siniestros de las finanzas le toca el turno a George Soros (94 años) y a su hijo. George es el especulador que juega a ser Dios.

Este financista de origen húngaro, multimillonario, fue el cerebro de la operación en suelo británico cuando, el 16 de septiembre de 1992, provocó el «Miércoles Negro» al apostar masivamente contra la libra, ejecutando uno de los golpes más reveladores a la hora de comprobar el poder que tienen los fondos de inversión.

Durante varias semanas, el magnate fue construyendo una estrategia destinada a apostar contra la divisa británica, de tal forma que con su caída obtendría fabulosas ganancias. Es uno de los casos de una autoprofecía cumplida, porque la divisa británica estaba sobrevalorada. El multimillonario vendió U$S 10.000 millones en libras esterlinas para lanzar la «bola de nieve» y el resto de los fondos de inversión completaron el trabajo. Uno selecciona el objetivo y los demás lo ejecutan, como en un pelotón de fusilamiento.

El Banco de Inglaterra fue incapaz de contrarrestar el golpe, aunque elevó las tasas de interés hasta el 15 % y utilizó sus reservas para comprar libras. Como resultado, el Tesoro británico hizo crecer aún más su agujero de déficit y el impacto puso fin al gobierno de John Major. Como consecuencia de la derrota política, situaron a Tony Blair al frente del gobierno, político que aún continúa como uno de los promotores de la agenda globalista y que fue quien encabezó, junto a Israel, la guerra contra Irak.

Soros nunca ocultó su satisfacción por esta operación, que fue dirigida por el director de la oficina de su firma de inversión en Londres. ¿Saben quién era? Scott Bessent, actual secretario del Tesoro de Donald Trump, y quien salvó a Milei con un préstamo que le permitió ganar las legislativas de octubre del año pasado.

El millonario tecnológico Elon Musk le echó en cara el «golpe» en Inglaterra durante una discusión en el Ala Oeste de la Casa Blanca, donde ambos estuvieron a punto de irse «a las manos». Trump se puso del lado de Bessent y apartó al empresario tecnológico de su puesto como auditor de políticas gubernamentales.

Actualmente, George Soros está en retirada y ha dejado a su hijo Alexander el mando de su imperio. El padrino de los fondos especulativos de alto riesgo se jacta de no tener ideología. Pero, cuando era adolescente, se convirtió en colaborador de las huestes de Hitler tras la toma del gobierno por los nazis y, a través de un funcionario del Ministerio de Agricultura, eran encargados de hacer redadas y confiscar las propiedades de los judíos húngaros.

En la posguerra huyó a Londres, donde estudió en la London School of Economics, para luego fundar la Open Society, grupo conformado por una red de organizaciones que utiliza para influir en la política internacional.

No podemos dejar de mencionar, en este «viaje» por los dueños de las finanzas, al Foro de Davos, fundado por Klaus Schwab, otro de los personajes que se ha convertido en villano, sobre todo desde la llegada de la pandemia y la publicación de su libro COVID-19: The Great Reset, cuyo título sirvió para dar una nueva vuelta de tuerca a la agenda globalista gracias a la emergencia sanitaria y los confinamientos masivos, en un contexto de terror promovido desde las élites, sin ningún tipo de pudor ni límites para los negociados.

En las cumbres anuales, su cúpula es especialista en «normalizar» la anormalidad, lo cual es una aberración que nos quieren hacer creer moviendo la ventana de Overton, ese mecanismo de teoría política que impulsó Joseph Overton desde el Centro Mackinac, en Estados Unidos, y que establece cómo se puede modificar el marco de creencias de una sociedad.

O sea que la estrategia consiste en aplicar técnicas de ingeniería social para modificar los patrones de comportamiento mientras se trata de convencer a las masas de que es lo mejor para todos. Con ese motivo trabaja el Foro Económico Mundial.

El lema más famoso de esta organización es: «No tendrás nada, pero serás feliz», como en el caso de sus socios del Club de Roma y la Comisión Trilateral en los años setenta del siglo pasado. Esta comisión nacería de las entrañas de la CIA.

Este grupo, dirigido por Henry Kissinger e impulsado por dos grandes figuras como el economista y matemático John Galbraith y el «halcón» de la RAND Corporation y fundador del Instituto Hudson, Herman Kahn.

«Denme el control de la moneda y no me importará quién haga sus leyes».
Mayer Rothschild

Fuente: Historia Secreta de Estados Unidos.

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