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De un insulto a una guerra: las cicatrices que la historia no borró

Argentina y Brasil construyeron durante décadas una relación de integración, cooperación y buena vecindad. Hoy, una sucesión de insultos y provocaciones amenaza con abrir una grieta diplomática que nadie sabe hasta dónde puede llegar. La historia de la Guerra de la Triple Alianza, y particularmente la batalla de Yatay, recuerda que los conflictos que comienzan como una afrenta pueden terminar arrastrando a pueblos enteros hacia tragedias que después tardan generaciones en cicatrizar.

Por: Veronica Lopez

9 agosto, 2026

9:53 am

“La crisis más grave en décadas”, titularon los medios de comunicación en Brasil a la situación diplomática que atraviesa la Argentina con el vecino país de Brasil.

El hecho político comienza cuando el actual presidente de Argentina, Javier Milei, asume el Poder Ejecutivo, mostrando amplias y antagónicas diferencias con los posicionamientos político-económicos y sociales del gobierno de Brasil. Pero no fue hasta que, el 25 de julio de este año, Milei visitó, de forma no oficial y en abierto apoyo al candidato opositor a la presidencia del vecino país, Flávio Bolsonaro, en el estado de San Pablo, cuando el conflicto toma ribetes diplomáticos. En esa oportunidad, en un discurso exaltado y tribunero, como le gusta realizar a Milei, calificó a Lula de “ladrón, presidiario, basura socialista” y, sobre su política económica, refirió: “…acá en Brasil tienen el riesgo Lula”. El presidente Lula no confrontó directamente y trató de bajar el precio de los insultos, lo que muchos leyeron como un ninguneo. Pero sí, todo el arco político gubernamental salió a expresarse sobre tamaña falta de respeto institucional.

Al día siguiente, el gobierno de Lula llama al embajador de Brasil en Argentina a consulta. Lo que, en lenguaje diplomático, es un llamado de atención o, en lenguaje futbolístico, una tarjeta amarilla para el gobierno argentino.

Increíblemente, pocos días después, el gobierno argentino emitió el DNU 681/2026, en el cual modifica la Ley de Migraciones, que posibilita impedir o cancelar el ingreso o residencia y ordenar la expulsión a extranjeros que realicen expresiones de odio, que inciten a la violencia o ultrajen símbolos patrios. No soy especialista y no pretendo entrar en un terreno que desconozco… pero qué panzada se harían en el área de la psiquiatría y la psicología.

Ante los requerimientos de la prensa, Lula respondió: “Es una payasada”, entrando en el campo interpretativo. Tal vez la respuesta no fue del tenor esperado por Milei, así que redobló la apuesta, en esa actitud tan propia de los provocadores sin objetivos; en el programa de Luis Majul, en La Nación+, expresó: “Es ladrón, es corrupto. Fue condenado. Estuvo preso, con lo cual es cierto lo de presidiario. Lo liberaron por una falla administrativa…”

Una vez pasa, dos se actúa, como lo hace un país soberano y respetuoso de la institucionalidad. Lula ordena al embajador Julio Bitelli no regresar a la Argentina y rebaja las relaciones diplomáticas solo a “encargado de negocios”. El ministro de Relaciones Exteriores de Brasil, Mauro Vieira, solicitó el retiro del embajador argentino en Brasilia.

La seriedad de este conflicto no ha sido, todavía, dimensionada. La historia argentina ha tenido escasos conflictos con países limítrofes: con Paraguay en la Guerra de la Triple Alianza, con Bolivia por la frontera norte y, más recientemente, con Chile por el Beagle. Conflictos puntuales que, sin embargo, dejaron una herida, cicatrizada, pero, como toda cicatriz, cada tanto recuerda su origen. Se contraponen a estos conflictos puntuales la histórica relación de buena vecindad, integración regional y colaboración mutua de la mayor parte de los gobiernos (aún en dictaduras), desde el sueño de la Patria Grande de San Martín, Belgrano y Bolívar hasta el Mercosur en su mejor momento de Lula, Correa, Mujica, Evo y los Kirchner.

De esos escasos momentos de conflictos, tal vez el de mayor envergadura es, sin duda, la Guerra de la Triple Alianza. Que no solo diezmó un naciente país como Paraguay, sino que cambió el mapa de fuerzas políticas en el Cono Sur de forma definitiva.

“La primera sangre”, así le llamó el historiador Dante Giorgio a la batalla de Yatay; fue el primer enfrentamiento que da inicio a la Guerra de la Triple Alianza. Se pensó que, terminada esta batalla, el problema estaba resuelto, pero solo fue el inicio de una larga y sangrienta confrontación que marcó para siempre la historia de Sudamérica y dejó una cicatriz que nos recuerda que muchas veces, de una afrenta que parece pasajera, se puede desembocar en una gran tragedia.

Francisco Solano López gobernaba el Paraguay, con mano férrea y convicciones más férreas aún; el Imperio del Brasil (con Inglaterra detrás) lo veía como un real y verdadero enemigo. Los planteos sociopolíticos y económicos de Solano López eran no solo revolucionarios, sino disruptivos totalmente con el proyecto de división internacional del trabajo de Inglaterra.

Solano López había declarado la guerra al Brasil, invadiendo el Mato Grosso, en razón de que estos habían intervenido en el conflicto interno entre blancos y colorados en la Banda Oriental. Hasta ese momento, Argentina estaba al margen del conflicto. Mitre gobernaba el país y Urquiza, Entre Ríos; corría el mes de abril de 1865.

El 1° de mayo, Brasil, Argentina y Uruguay firman el Tratado de la Triple Alianza. Mientras Paraguay comienza una marcha con 25.000 hombres, al mando de Wenceslao Robles, siguiendo el curso del río Paraná, pide permiso a Mitre para atravesar territorio argentino. Mitre estratégicamente demora la respuesta, que será negativa finalmente. Solano López confía en el apoyo de Urquiza, quien coqueteaba tanto con Mitre como con López, sabiendo que para ambos era necesario el apoyo de este. Mitre también lo sabe, dispone la formación del Ejército Aliado de Vanguardia y pone a Urquiza a cargo del mismo.

El ejército paraguayo ocupa la localidad de Santo Tomé en junio de 1865, mientras el ejército aliado estaba organizándose. El campamento se hallaba establecido a orillas del arroyo Basualdo (al norte del actual departamento de Feliciano, en Entre Ríos). Los primeros días de julio, Urquiza se ausenta del campamento con destino a Concordia, donde se reuniría con Mitre. Muchos soldados entrerrianos lo entendieron como una señal y abandonaron el campamento, a los que el general Ricardo López Jordán no puso ningún esfuerzo en detener. Al regreso de Urquiza, la mitad del ejército no estaba; esto lo obligó a licenciar al resto. La historia no registra mucho interés en investigar la razón de la actitud de los soldados entrerrianos. ¿Fue una reacción ante una guerra que se vislumbraba como inútil e injusta? ¿O fue un mirar para otro lado de Urquiza, quien no estaba convencido de embarcarse en esta aventura, con final impredecible?

Mientras, en ese mes de julio, se acercaban a Concordia tropas provenientes de Brasil y de la Banda Oriental con destino al campamento del Ayuí. Así se iba completando el Ejército de Vanguardia, iniciando la marcha hacia el norte. En agosto arriban a Paso de los Libres, mientras una avanzada del ejército paraguayo venía bajando por la costa del río Uruguay. A la altura del arroyo Yatay, un brazo del río Uruguay, en un recodo fangoso e inundado, se va a desarrollar la batalla entre las fuerzas paraguayas y aliadas.

El ejército paraguayo se encontraba dividido en dos flancos: uno costeaba el río Uruguay y otro el río Paraná. Las tropas del lado del Paraná no llegaron en ayuda de las del Uruguay, que fue encerrada, atacada desde cuatro frentes: uno frontal, dos laterales y uno que cerraba la retaguardia. El combate se realizó en pleno bañado, que alcanzaba en algunos lugares hasta la cintura de los soldados.

El resultado fue desbastador: 1.500 muertos, 300 heridos y 1.300 prisioneros para el ejército paraguayo. Dos días después, Mitre informaba: “Un triunfo completo ha coronado la vanguardia de las armas aliadas (…) la columna paraguaya que invadía nuestro territorio ha sido completamente destruida”. El parte oficial del general Flores (aliado) expresaba: “…los enemigos han combatido como bárbaros. Tal es el fanatismo y barbarie que les ha imprimido el déspota López y sus antecesores tiranos…”. Otro general aliado, Palleja, expresaba de forma muy despectiva: “El ejército paraguayo es estúpido y animal (…) en las fisonomías se ve pintada la indolencia y estupidez que los caracteriza: están sucios y desnudos casi de medio cuerpo para abajo: apestan sus personas como los indios pampas”. (Cualquier parecido con la actualidad no es pura coincidencia).

Pasa el tiempo y, cada tanto, el irrespetuoso insulto sobre el oponente deviene en posicionamientos que arrastran a toda una población; la batalla de Yatay parecía ser nada más que un “problemita” resuelto rápidamente; sin embargo, fue el inicio de la guerra fratricida más indigna para el pueblo argentino. Los conflictos empiezan, a veces, con actos aparentemente poco significativos, pero nunca se sabe cómo terminan y cuáles son sus consecuencias.

La otra historia nos habla de largos y profundos encuentros, en hermandad, de los pueblos del sur de América. No nos dejemos arrastrar como sociedad a conflictos que no nos representan, no nos pertenecen y mucho menos forman parte de nuestro ser nacional.

Verónica López
Lic. en Cs. de la Educación

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