Ayer se conmemoró el Día del Psicólogo/a víctima del terrorismo de Estado, en recordación del secuestro y desaparición de Beatriz Perosio, licenciada en Psicología, presidenta de la Asociación de Psicólogos de la Provincia de Buenos Aires y de la Federación de Psicólogos de la República Argentina.
Fue secuestrada en el jardín de infantes donde trabajaba, un 8 de agosto de 1978.
Desde su compromiso político, gremial y profesional (en realidad, como trabajadora de la salud mental, que era la nominación de la época), contra el reduccionismo que busca rebajar los problemas psicológicos a causas individuales, los entendía desde el contexto social del sistema capitalista que producía profundas desigualdades.
Intervino en su tarea concreta en el campo de la educación, desde una perspectiva liberadora, que cuestionaba las estructuras autoritarias; bregó para integrar a la Psicología a la cultura como instrumento de transformación de la comunidad y entendió siempre a la salud mental como un derecho humano, tal como la concibe la actual ley nacional: una salud mental solo posible de ser pensada en relación a la concreción de los derechos humanos y sociales (artículo 3, Ley 26.657).
Beatriz Perosio tenía una mirada integral de la salud mental, entendiendo que no es un fenómeno aislado que depende de la mera conciencia subjetiva individual, sino que implica vivienda digna, condiciones de trabajo humanas, alimentación adecuada, descanso suficiente, entre otras dimensiones de la vida imprescindibles para esa búsqueda, siempre dinámica, del bienestar humano que llamamos salud mental.
Son esas concepciones, que Beatriz defendió con sus convicciones revolucionarias, las que la dictadura genocida y quienes la reivindican intentan borrar desapareciendo a la persona.
Y por eso el homenaje a Beatriz representa una necesidad ética, pues las injusticias contra las que luchó y las banderas que enarboló siguen absolutamente vigentes.
Para Beatriz Perosio, el trabajo era una dimensión fundamental de la salud mental.
El viernes, una multitud pidió a San Cayetano por pan y trabajo, una condición básica para la supervivencia humana.
Hizo muy bien el arzobispo García Cuerva en aunar la fe con la política al declarar inadmisibles los trabajos de explotación, el pluriempleo y el endeudamiento para poder comer, más aún quienes deben caer en la humillación de revolver la basura para envenenar sus tripas y saciar el dolor del hambre.
Acuerdo esa integración entre las dimensiones de la fe, inherente al ser humano, con la realidad social, material, injusta, que depende de las políticas de gobiernos fascistas que arrasan la vida de los trabajadores.
García Cuerva, verdadero cristiano, ni alienación ni opio de los pueblos, como Monseñor Angelelli concibe la religión, como Jesús, al servicio del pueblo que sufre.
El trabajo creativo y digno es fundante de la salud mental.
Allí el hombre adquiere lo necesario para la subsistencia, elabora su identidad y desarrolla su pertenencia colectiva y su vida social.
Freud dijo que la salud mental es la posibilidad de amar y trabajar, es decir que una cultura sin pan y sin trabajo es una cultura del malestar social, del padecimiento subjetivo y colectivo.
Eso es Concordia hoy.
Eso es nuestra provincia hoy.
Eso es el país hoy.
La ciudad más empobrecida, desigual, con dramáticas situaciones de pobreza en la que, además de los puestos privados de trabajo perdidos, el Municipio agregó 400 trabajadores a la calle.
Una provincia que va desde la atención de delicadas consultas por riesgo de suicidio a través de la inteligencia artificial, pasando a una declaración de urgencia en salud mental tan espectáculo como el show con que aborda un drama tan grave como el de las adicciones.
El gobierno que venga, luego de esta pesadilla, debe resolver de veras las calamidades de la pobreza, la desocupación y la salud mental.
Mientras, solo nos queda acompañar con la resistencia y la oración a los que sufren por no tener trabajo ni pan, pidiendo, como Juan Gelman, que el Señor se acerque un poco más.
ORACIÓN DE UN DESOCUPADO
Juan Gelman
Padre,
Desde los cielos bájate, he olvidado las oraciones que me enseñó la abuela.
Pobrecita, ella reposa ahora, no tiene que lavar, limpiar, no tiene que preocuparse andando el día por la ropa.
No tiene que velar la noche pena y pena, rezar, pedirte cosas, rezongarte dulcemente.
Desde los cielos, bájate, si estás, bájate entonces.
Que me muero de hambre en esta esquina.
Que no sé de qué sirve haber nacido.
Que me miro las manos rechazadas.
Que no hay trabajo, no hay.
Bájate un poco, contempla.
Esto que soy, este zapato roto.
Esta angustia, este estómago vacío.
Esta ciudad sin pan para mis dientes, la fiebre
cavándome la carne.
Este dormir así,
bajo la lluvia, castigado por el frío, perseguido.
Te digo que no entiendo, Padre, bájate.
Tócame el alma, mírame
el corazón.
Yo no robé, no asesiné, fui niño
y, en cambio, me golpean y golpean.
Te digo que no entiendo, Padre, bájate.
Si estás, ¿qué busco?
Resignación en mí y no tengo y voy
a agarrarme la rabia y afilarla
para pegar y voy a gritar a sangre en cuello
porque no puedo más, tengo riñones
y soy un hombre, bájate.
¿Qué han hecho de tu criatura, Padre?
¿Un animal furioso que mastica la piedra de la calle?
Y baja cada tanto, en la Palabra del arzobispo García Cuerva, en los palos que recibe Paco Oliveira y en el martirio de Angelelli y de Beatriz, ¡presentes, ahora y siempre!
Sergio Brodsky

