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Fútbol, racismo y colonialismo

A medida que se va disipando el eco rumoroso del último Mundial de Fútbol, el más taquillero y el más envilecido, también se dio la ocasión para la controversia sobre manifestaciones de índole racista, porque quedó evidenciado que los jugadores negros de los seleccionados europeos no representan a unas naciones abiertas e incluyentes que protegen y promueven la diversidad. Esos jugadores son la imagen tanto de una historia de colonialismo como de las desigualdades sociales y la marginalidad.

Por: Ricardo Monetta

10 agosto, 2026

7:11 pm

El fútbol, ya se sabe, es una de las poquísimas vías de escape de los cinturones de miseria que rodean a las grandes ciudades.

Por supuesto que esto es una obviedad, pero que parece olvidarse en medio de la celebración frívola de la diversidad que tanto le conviene a los grandes poderes económicos que apoyan todo lo que no ponga el ojo en la desigualdad.

La gran mayoría de los jugadores vienen de la pobreza.

Y ya sabemos quiénes suelen ser los pobres en el capitalismo racial.

Ya está bien de lavarle la cara a los Estados colonialistas que edificaron la gran arquitectura del despojo valiéndose del racismo.

Bajo la imagen de esas selecciones «diversas», está el pozo putrefacto de la violencia colonial y la exclusión sistemática.

La propaganda hipócrita que se ha desplegado durante el Mundial ha tomado un mito bastante arraigado para construir un enemigo perfecto: «La Argentina blanca».

El «golazo» que le metieron al antirracismo colonizado y a los celebradores profesionales de la diversidad es el siguiente: «Argentina es racista porque en su selección no hay ningún jugador «negro»».

Cuando dicen «negro», se refieren, por supuesto, a la víctima absoluta del racismo; los africanos y los afrodescendientes.

En la lectura maniquea del racismo, los jugadores argentinos, como no son «negros», son «blancos» o blancos mestizos, esa categoría necia que inventaron para escamotear las complejidades y contradicciones del sistema racial en América Latina.

Quienes ven a Lautaro Martínez, Otamendi, incluso Messi y demás jugadores como blancos terminan estableciendo una complicidad con el supremacismo que ha apostado por construir una imagen de Argentina como último bastión de defensa de la blanquitud en Occidente invadido y habitado por gente indeseable.

Muchos intelectuales y activistas argentinos han hecho un gran esfuerzo por desmontar el relato de la Argentina «blanca», no tanto para reconocer una diversidad, sino por exponer una gran estafa que está dando grandes réditos en el contexto actual de saqueo por parte del sionismo/americano y el lacayo de la motosierra.

La Argentina «blanca» opera a varios niveles.

Desde la misma Constitución Nacional, en el art. 25 establece que el Gobierno Federal debe fomentar la «inmigración europea», para «labrar la tierra, mejorar industrias» (a pesar del infame de Caputo), o enseñar ciencias y artes (esto para los libertarios, es incompatible con sus intelectos), más allá del principio jurídico de no discriminación en el que todo derecho o beneficio se extiende a TODOS los extranjeros.

El proyecto ideológico de la blanquitud funciona como una máquina de alienación en la que no pocos trasnochados de las clases trabajadoras se entretienen con un carnet trucho de entrada al club de la «blancura», repitiendo expresiones racistas o cánticos humillantes que emanan de las alucinaciones raciales, mientras nos están quitando bienes y derechos.

¿Acaso la eliminación de los límites de la extranjerización de la tierra no es poner afuera de sus propias fronteras al pueblo argentino, así como lo ha venido haciendo el Estado sionista de Israel en la propia Palestina?

Quitarle la tierra o el acceso al agua a un pueblo, así no estén mediados por drones y bombardeos, es exterminarlos.

Porque en medio de este debate de la negritud en Argentina las mafias de Miami con Marcos Rubi y el sionismo están poniendo sus garras en la Argentina, aprovechando el relato de la Argentina blanca para encubrir su proyecto racista y colonial, mientras que otros pueblos del sur «digieren» el cuento de la «blanquitud argentina» y empiezan a odiar a este pueblo del sur.

En última instancia, el sentimiento antiargentino europeo originado en el Mundial es un sentimiento peligrosamente racista: la Historia nos enseña que todo racismo lleva a políticas de exterminio y está precedido de deshumanización y el odio racial.

Por último: la selección argentina es un equipo de descendientes de italianos, españoles, polacos y otras etnias europeas.

No esconden su origen étnico.

Pero, sobre todo, la selección es un equipo formado en este crisol de razas, incluso muchos vienen de muy abajo, de clases humildes.

Pero no como los de las selecciones europeas que sufren el racismo en carne propia.

Como, por ejemplo, lo que sucedió con Lamine Yamal, criticado por ondear una bandera de Palestina.

Así como los europeos criticaron a Licha Martínez, Lo Celso y De Felipe con un trapo que se convirtió en el «manto sagrado» de un anhelo patriótico de terminar con el despojo de los supremacistas blancos, cuya única bandera, negra, con dos tibias cruzadas.

No existen razas, existe una enfermedad llamada racismo.

Fuente: Opinión

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