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Día del lector: leer para vivir, leer para cambiar el mundo, leer para no morir de realidad

Leer no es un acto inocente ni un entretenimiento inocuo: es entrar en conversación con los muertos, descubrir las heridas de la historia, imaginar otros mundos y, acaso, encontrar las palabras para transformarlo. En tiempos de barbarie, cuando se intenta vaciar de pensamiento y sensibilidad la vida común, la lectura sigue siendo una forma de resistencia, de memoria y de libertad.

Por: Sergio Brodsky

24 agosto, 2026

4:50 pm

Un hombre leyó tanto que se volvió loco, “se enfrascó tanto en su lectura, que se pasaba la noche leyendo de claro en claro y los días de turbio en turbio, y así del poco dormir y del mucho leer, se le secó el celebro de manera que vino a perder el juicio”, y “tanto llénesele la fantasía de todo aquello que leía en los libros que montó en su rocinante la loca aventura de despojar al mundo de injusticias, que quiso que la vida se pareciese a los libros”. Es una pena que haya curado, recuperando la triste cordura de los normales que solo ven molinos de viento en inhumanos y bárbaros gigantes.

Por fortuna, algunos siglos después, un incurable indómito que leyó con pasión al hombre que se había vuelto loco de tanto leer, se contagió de la misma enfermedad y se dio a la tarea de cambiar el mundo, recorrió las sendas del orbe con el mismo delirio de combatir con ternura y con fiereza la explotación del hombre por el hombre y concibió la estrafalaria idea, tan ajena a nuestros tiempos, en los que resulta tristemente irrisoria, de “ser capaces de sentir en lo más hondo cualquier injusticia cometida contra cualquiera en cualquier lugar”, siendo esa la cualidad más linda de un revolucionario.

Lo hizo como soldado, pero primero como médico, curando enfermedades y desigualdades, curando enfermos de injusticia, curando en poesía a la vieja María, agonizando de asma e injusticia. Le dijo: “Quiero hablarte en serio, tu vida fue un rosario, completo de agonías, no hubo hombre amado, ni salud ni dinero, apenas el hambre para ser compartida… escucha, abuela proletaria, cree en el hombre que llega, cree en el futuro que nunca verás, ni reces al dios inclemente, que toda una vida mintió tu esperanza, ni pidas clemencia a la muerte para ver crecer a tus caricias pardas; los cielos son sordos y en ti manda el oscuro, sobre todo tendrás una roja venganza, lo juro, por la exacta dimensión de tus ideales, muere en paz, vieja luchadora”, pero también como guerrillero, para convertirse en el símbolo del hombre nuevo, que llevaba fatal, hasta el fin, la ropa hecha jirones, los pies descalzos y una cartera llena de libros que devoraba en la selva, sobre los árboles en los que se aislaba para pausar la letra y la lucha, es decir, lo mismo, es decir, inescindibles cualidades, ambas, esenciales a un revolucionario.

¿Hubiera sido el Che sin leer al Quijote, sin leer a Vallejo? No en vano se despide de sus padres ante su última aventura con una carta en la que comienza diciendo: “Otra vez siento bajo mis talones el costillar del Rocinante, vuelvo al camino con mi adarga al brazo…”. No casualmente se despide de su amada, tan apenado como pleno de esperanzas, con Los heraldos negros: “Hay golpes en la vida, tan fuertes, yo no sé…”.

En otra ocasión, para confirmar la unidad indisociable entre letra y vida, un hombre tan triste de amor escribió una novela sobre un joven que, desesperado como él, ultimó su vida por un amor no correspondido, con tanto impacto que decenas de otros jóvenes lectores, desencantados de un mundo que los ignoraba, imitaron en lo real al personaje de la ficción en horroroso acto de maridaje con la realidad. La vida y las letras, descarnadas, urdieron la tragedia.

El Quijote, el Che y el joven Werther son unos pocos ejemplos en los que la lectura y la vida se entretejen tan estrecha y estremecedoramente que enjuiciar el leer como mero entretenimiento lo degrada a una banalidad. Porque está claro que leer nos modifica la vida, que leer cambia el mundo. La vida se lee para que tenga algún sentido y, en el mejor de los casos, se nos lee.

Un hombre llega a la casa con los ojos cansados y se sienta a la orilla de la cama de su pequeño hijo, donde toda la noche cumple con el rito de leerle un cuento. Esta vez deja la luz apagada que le lastima y no lee, sino que narra una historia. Se trata de la vida de un niño, de un pobre niño que recorre las calles vendiendo el diario. Sus pies se hinchan, encallecidos, cansados, pero no cesa su labor porque su mamá está enferma y no puede trabajar. Una de sus pocas distracciones es ir al circo a contarle al elefante sus pesares. El enorme animal se hace su amigo, lo sube a su lomo todos los días del reparto, casa por casa, para que sus pies descansen y todo el mundo se maraville del niño antes ignorado, de ese niño que puede ahora, gracias a su extravagante amigo, llevar los remedios y alimentos que su madre necesita.

Ese hombre era mi padre y aún recuerdo la espera ansiosa de su llegada nocturna, fatigada, para recrear el ritual y escuchar sus cuentos, e imaginar entre las sombras las siluetas de los extraordinarios personajes de fantasía que desplegaban sus actos más heroicos o miserables, que casi siempre imitaban la vida, o la creaban, o la recreaban.

Es probable que esa lectura tierna en el encuentro nocturno con mi padre, ese placer en la imaginación creadora, esas noches felices, hayan sido, pienso, una fuente motivadora de la vocación que ejerzo y profeso, pues no otra cosa que un acto de lectura que alivia el sufrimiento es el psicoanálisis, de leer entre líneas allí donde la palabra se quiebra y trastabilla, en los dichos en los que la verdad se confiesa como lapsus, sueños y síntomas, profundas verdades que así se revelan y sorprenden un yo perplejo, letras y palabras traídas del recuerdo inconsciente, reprimido, olvidado, encallado en el pozo de una angustia o una tristeza y que, de pronto, emerge, como lo hicieron unos libros, en mi adolescencia, a la luz de la democracia ya, libros también de mi padre, de su compromiso, carbonizados, desfallecientes, quemados, enterrados, descubriendo con ellos un humus, una historia, nuestra historia a medias sepultada, porque la verdad siempre puja por ver el sol, una noche de terror, desaparición y muerte.

Claro que leer cambia el mundo, ¿alguien lo duda?, lo llena de poesía, de pensamiento crítico, de humanidad sensible, frente a la brutalidad y el salvajismo. Vaya si leer es un acto político, cultural, determinante para combatir el retroceso atávico, para embestir a las bestias que se enseñorean por las calles de la violencia y el desatino. Claro que leer cambia el mundo.

Solo hace falta ver cómo desesperan los tiranos con la censura y la quema de libros para comprobarlo, para atacar y evitar el saber, la imaginación del pueblo con la que se decide su destino, el placer de entregarse a un diálogo genial con personajes que generosamente nos brindan su intimidad y sus conocimientos y con quienes lo imaginaron, lo concibieron como hijos de sus ensueños y fantasías y que siguen hablando con nosotros, generosísimos, como escribió Francisco de Quevedo: “Retirado en la paz de estos desiertos, con pocos pero doctos libros juntos, vivo en conversación con los difuntos y escucho con mis ojos a los muertos”, muertos con una vitalidad y una potencia infinitas, con una pasión transformadora.

Los tiranos censuran la lectura y queman los libros, porque leer es pensar y pensar es saber, saber que no hay un pensamiento único, un único orden ni natural ni social, y eso constituye un estupendo antídoto contra el engaño y la impostura de los que pretenden la repetición acrítica que esclaviza. Leer y pensar es emancipador para el pueblo, por eso el mejor de los revolucionarios de Mayo ordenaba a los curas, en las misas, en las iglesias, leer “la Gazeta” a los analfabetos, donde publicaba “El contrato social” por entregas, porque sabía que la libertad y la independencia se cuecen primero en las letras o no hay cocina.

La lectura promueve sensibilidad, imaginación creadora, pensamiento crítico, por eso hay que leer a los niños, hay que leerles en las noches encantadoras y las primaveras de ensueño y darles libros a los jóvenes y transmitirles que la lectura es la vida y que la vida, sin la profundidad de la lectura, carece de sentido, hay que invitarlos a moderar las pantallas que empobrecen el alma y marchitan la frescura natural de su vivacidad y proponerles la emoción de una poesía, el estremecimiento de un cuento conmovedor como la vida.

Hoy es el Día del Lector en homenaje al gran escritor Jorge Luis Borges, aquel que construyó una íntima y frondosa biblioteca y concibió a los libros como una cosa entre las cosas hasta que da con su lector, aquel destinado a sus símbolos, a su goce, a su dicha, a esa misteriosa belleza que sucede, como la rosa que existe sin porqué, una belleza de la que nadie merece ser privado.

Hoy vivimos tiempos difíciles y leer te hace pensar, hoy en que se incentiva la idiotez, el vaciamiento total de la inteligencia, leer te hace pensar y ser, y dejar de repetir estúpidamente los mandatos y prejuicios del Poder, hoy es la barbarie, ¿podrá contra ella la poesía, podrá poner el decir donde somos dichos?, ¿podrá la poesía o la policía, o vencerá la estulticia más destructiva que nunca? Es lo que me pregunto todo el tiempo, pero sobre todo cuando los viejos son golpeados, reprimidos, masacrados sin escándalo, es lo que me pregunto en mi poesía, llena de desasosiego.

DESASOSIEGO

Hoy es jueves y no pude dormir anoche
Una abuela había caído, nocturna y frágil
Bajo los palos y los gases
Y ya no creo que la poesía pueda,
Ni que Dios todos los miércoles
Ni siquiera que el hombre salve su dignidad del fuego
Y que explote en minúscula
Pero es miércoles y la abuela cae, y cae el hombre y Dios cae
Y la poesía nada
Se ahoga en los carros hidrantes, se aterra y estremece
Se asfixia, retrocede, tambalea
Sin bastón y sin dientes se abisma
Entre las sombras y el asfalto
Y las palabras nada pueden, parece
Y también caen y la poesía nada
Nada de nada

Sergio Brodsky

Ojalá que la poesía pueda, y que la cultura pueda y que el hombre pueda recuperar sensibilidad, inteligencia, pensamiento crítico y humanidad. La lectura es para ello fundamental. Feliz Día del Lector.

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