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¿Quién le pone freno a la ultraderecha de Israel?

En una civilización tan conectada es imposible para cualquier nación ocultar acciones bélicas tan extremas durante tanto tiempo. El Estado de Israel, desde su fundación, se constituyó como un Estado expansionista sin reparar en los medios utilizados. De tal manera actuó como una Nación fundamentalista, tanto en lo religioso como en lo ideológico.

Por: Ricardo Monetta

31 agosto, 2026

4:58 pm

Es tan así que desde 1948, fecha de su iniciación, hasta los tiempos actuales hizo gala de una impunidad total por parte del Occidente consciente y por las demás regiones del planeta que no tenían acceso a la información.

Los medios occidentales fomentan el consenso en favor del genocidio en Gaza y Cisjordania. Tienden a normalizar la ocupación ilegal y el apartheid que Israel lleva practicando desde hace décadas. Ocultan las flagrantes violaciones del Derecho Internacional por parte del sionismo israelí.

Esos mismos medios perpetúan la falacia de que Israel es la «víctima», desacreditan y demonizan el trabajo de los periodistas y profesionales de los medios de comunicación en Palestina, de los cuales ya han sido asesinados 220 por las Fuerzas de Defensa de Israel entre el 7 de octubre de 2023 y agosto de 2025, y aceptan pasivamente la draconiana censura israelí. Ya no permiten la entrada de periodistas extranjeros en Gaza como enmascarar sus crímenes de guerra, y amplifican las mentiras acerca de la agresión de Hamás el 7 de octubre, desde bebés decapitados hasta agresiones sexuales contra mujeres israelíes para ocultar la verdad.

Es por eso que cuando se escribe sobre Gaza, los verbos están en voz pasiva. No hay sujeto. Nadie rinde cuentas. El genocidio, al parecer, se naturaliza como un acto de Dios. No es diferente a un terremoto o un tsunami. Los clichés y los objetivos opacos, como el «ciclo de violencia» o los «enfrentamientos», distorsionan y falsifican la realidad.

Recordemos que Orwell nos advertía: «Si el pensamiento corrompe el lenguaje, el lenguaje también corrompe el pensamiento». Es curioso cómo términos como «genocidio», «atrocidad», «limpieza étnica» y «territorios ocupados» desaparecen de los medios de comunicación sobre los palestinos, cuya resistencia se describe como «salvaje» y «bárbara». Los editores dan instrucciones a los periodistas del New York Times para que eviten términos como Palestina, genocidio, «carnicería», «campo de refugiados» y «masacre».

Los medios de comunicación repiten servilmente lo que Israel les proporciona. Los bombardeos masivos se convierten en «ataques aéreos quirúrgicos». El uso de la «hambruna» como arma por parte de Israel se convierte en una escasez de alimentos. El asesinato de civiles desarmados, incluidos niños, se convierte en «enfrentamientos».

Los recintos de los colonos judíos situados en lo alto de las colinas y con aspecto de fortalezas se convierten en barrios privados, desde donde observan en reposeras cómo los aviones atacan a los palestinos.

Por eso, el genocidio, al que se hace referencia en el mundo como la guerra entre Israel y Hamás, se justifica como parte del «mantra» del «derecho de Israel a defenderse». (El 28 de febrero de 2026, ¿quién atacó y quién se defendió?)

Cuando se destruyen hospitales, escuelas, clínicas, ambulancias, mezquitas, iglesias y otros objetivos civiles, se los tilda de «centros de mando de Hamás» o se los ataca porque Hamás ha utilizado civiles como «escudos humanos», algo que Israel hace habitualmente, cuando su ejército ataca a los palestinos detenidos y se los obliga a entrar en los edificios y túneles que podrían contener trampas explosivas. Cuando los israelíes son retenidos por Hamás son «rehenes», incluso si prestan servicio en el ejército. Cuando los palestinos, incluso niños, son retenidos sin cargo alguno, ni hablemos de juicios, y desaparecen en centros de detención, son «prisioneros».

Las instituciones civiles de Gaza se califican como dirigidas por Hamás para poner en duda la veracidad de sus informaciones. Cuando los periodistas de Middle East Eye Mohamed Salama y Ahmed Abu Aziz, junto con la fotoperiodista de Reuters Hussam al-Masri y los independientes Moaz Abu Taha y Marian Dagga de Associated Press fueron asesinados en un ataque de doble golpe, diseñado para acabar con los equipos de primera intervención que acudían a atender a las víctimas en el Complejo Médico Nasser.

Cuando el corresponsal de Al Jazeera Anas Al-Sharif y otros tres periodistas fueron asesinados el 10 de agosto en su tienda de prensa cerca del Hospital Al-Shifa, ¿cómo se informó de ello en la prensa occidental?: «Israel mata a un periodista de Al Jazeera del que afirman que era un líder de Hamás». Luego se supo que Al-Sharif formaba parte de un equipo de Reuters que ganó un premio Pulitzer nada menos que en 2024. Pero la farsa continuó cuando el periódico alemán Bild publicó en portada una nota diciendo: «Matan en Gaza a un terrorista disfrazado de periodista».

Las palabras importan. Las palabras justifican las acciones. La corrupción del lenguaje está diseñada para defender lo indefendible: cosas como la perpetuación del dominio británico en la India, el lanzamiento de bombas atómicas en Japón, hasta el Holocausto mismo pueden defenderse sin duda, pero solo con argumentos brutales como para que la mayoría de la gente los afronte, y que no concuerdan con los objetivos declarados por los partidos políticos. Por eso el lenguaje político tiene que consistir en gran medida en eufemismos, argumentos circulares y una vaguedad totalmente confusa. Se bombardea desde el aire poblaciones indefensas, se expulsa a la gente de sus campos, se incendian sus casas con balas incendiarias; a esto le llaman «pacificación». Se expulsa a pobladores actualmente en Cisjordania de sus casas; a esto se les llama «traslado de población» o «rectificación de fronteras».

Los periodistas de CNN que informan sobre Israel y Palestina deben enviar sus trabajos para su «revisión» a la oficina de la cadena en Jerusalén antes de su emisión. La oficina de CNN, al igual que las demás sobre noticias sobre Israel, ya que están obligadas a acatar las restricciones impuestas por los censores militares israelíes.

En la TV, a los invitados que expresan siquiera una crítica moderada hacia Israel se les pregunta «si Israel tiene derecho a existir». A nadie, ni siquiera en CNN, se les pregunta si condenan el apartheid, o al sionismo o a la limpieza étnica, el genocidio o la «Guerra de cien años de Israel contra Palestina». Tampoco se les pregunta si los palestinos tienen derecho a defenderse», lo cual, según el Derecho Internacional, sí tienen, incluso con armas.

Los periodistas y medios de comunicación, «prisioneros del lenguaje del poder». Repiten obedientemente el léxico oficial. Esto los convierte no solo en propagandistas, sino en cómplices del genocidio.

La fuga masiva de lectores y espectadores de los medios de comunicación oficialistas hacia las plataformas de redes sociales que no filtran las noticias del lobby israelí, del gobierno de EEUU o las grandes empresas, es un claro indicio de la «bancarrota periodística», ya que no se puede mentir tanto, durante tanto tiempo. La respuesta a esta fuga de lectores consumidores de mentiras ha sido el llamado «plataformicidio», el uso de algoritmos, el Shadow «banking», cierre de cuentas por parte de gigantes de las redes sociales como Facebook, Instagram y TikTok para reducir drásticamente el alcance de la información sobre Palestina.

Esta censura forma parte de un esfuerzo coordinado para ocultar al público el horror del genocidio. Al hacer referencia constante al 7 de octubre, los medios occidentales sacan de contexto el genocidio. Ignoran el asedio de Gaza por parte de Israel que dura ya 19 años. En los medios occidentales, el 7 de octubre se presenta como un acto sin provocación previa. Pero se ignoran las masacres perpetradas por Israel contra palestinos desarmados en Gaza durante los inviernos de 2008 y 2009, así como los ataques contra Gaza en 2012 y 2014 y durante la Gran Marcha por el Retorno en 2018 y 2019.

Rara vez se menciona la Nakba de 1948, cuando los sionistas europeos se apoderaron del 78 % de la Palestina histórica, expulsando violentamente a 750 mil palestinos, destruyeron más de 530 pueblos palestinos y mataron a 15.000 pobladores. El 70 % de los expulsados fueron a refugiarse en la Franja de Gaza, pero aun así el infierno los alcanzó. Por eso el proyecto sionista de dominación se basa en fomentar la amnesia histórica. Esta negación del genocidio ha caracterizado la cobertura informativa desde sus inicios. Enmascara no solo los crímenes de Israel y de EEUU, socio cómplice, sino la intención declarada de llevar a cabo una «limpieza» étnica de todos los palestinos.

Pero no se crea usted que este resumen es una descabellada ocurrencia periodística.

Está garantizada por el estudio del New York Times, The Washington Post, CNN.com, Axios, The Associated Press, además de 5000 segmentos televisivos emitidos en CNN y la MSNBC. Esta circunstancia investigativa es una acusación contundente contra la justificación del genocidio por parte de los medios de comunicación de Occidente neoliberal. Como se dice en Derecho, lo que no está en el expediente, no existe.

Ergo, lo que no está en los medios, tampoco «existe» en el ciudadano común.

«El código moral del fin del milenio y principio del actual, no condena la injusticia, sino el fracaso de la condición humana».

Fuente: Prensa Alternativa y Opinión

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