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La tormenta perfecta en la aldea global

Trato de ubicar a la Argentina en este mundo agónico y sádico, con líderes corruptos e ineptos que nos arrastran a conflictos absurdos, ya sea por ideologías mesiánicas o por querer mantener un poder hegemónico, en un marco de total crisis económica y política y, sobre todo, social, cuyo único ámbito de discusión es un belicismo explícito contaminado de un odio ancestral que clausura todo tipo de raciocinio que les permita ver esta "coreografía" política. Parece totalmente inútil.

Por: Ricardo Monetta

10 septiembre, 2026

4:53 pm

Parece que, en la puja por la hegemonía global, el inconsciente colectivo reventó. Y el que reventó fue el occidental. Ya que los demás gigantes esperan. En cambio, los chinos, por ejemplo, esperan. Los occidentales enloquecen, se suicidan, aceptan ser esclavos de otros que no solo comen comida, sino vidas ajenas. Es que son los estertores de un último recurso de un sistema que ha fracasado. Ahora les toca el turno a los caníbales de sociedades.

A nosotros nos toca un rol trágico en un mundo donde el despojo de países es naturalizado como si fuese una Cruzada Santa de ideologías preformadas por la IA y la colonización de la subjetividad. Es muy difícil, con este gobierno, pensar en que está acorralado por las circunstancias; es lógico pensar que ni el tiro del final le va a salir. Somos el execrable ejemplo de un anfitrión del fascismo en la región y, a la vez, una grotesca mascota de Donald Trump. Somos un experimento que da vergüenza, revulsión y hasta convulsiones morales.

Nos estamos inmolando en un infierno de indignación lacerante al comprobar un saqueo a la vista, a una justicia corrompida hasta el tuétano, designando jueces para convalidar una impunidad insoportable, que hace de los tribunales, como Comodoro Py, sea declarado un recinto donde se consuma, en medio de un hedor pestilente, la absolución de delincuentes políticos, no solo de este gobierno sino de anteriores, sobre todo el de Macri, que vampiriza el Poder Judicial. A pesar de tener decenas de causas judiciales pisadas, y ahora con absolución total con los insufribles jueces Bertuzzi y Yadarola, pasa a ser un ciudadano «ficha limpia». Vergüenza total. Impunidad al palo.

Si hasta Michael Foucault decía que la verdad suele ser un error que tiene el poder de no poder ser refutada, ya que el tiempo y algunas circunstancias la habían vuelto cuestionable. Estamos en una época de guerra no solo metálica, sino racial, donde el supremacismo blanco emerge como el fondo del cuadro que vemos todos los días.

Mientras tanto, no tenemos una oposición política que sea capaz de poner en marcha el ánimo, porque el «litio» del alma argentina se está consumiendo a pasos agigantados, y nuestra gente está «herida» por tantas frustraciones, engaños y promesas no cumplidas. Estamos enfermos de una agonía silenciosa por una falta de representatividad de la política que se sienta en sus cómodas bancas opositoras para que, sin sonrojarse, le votaron todas las leyes, salvo excepción, que nos llevaron a este escenario de horror que está viviendo el pueblo argentino. Y los gobernadores amanuenses que presionan a sus legisladores en contra de la ideología con la cual llegaron al poder y, si pueden, atornillarse en él.

Estamos ante un gobierno que expresa un cinismo cruel cuando «el flautista de Hamelín», Toto Caputo, pide con voz de párroco avergonzado a los ciudadanos que saquen del colchón los dólares, para que siga funcionando la «timba financiera» de la cual él participó en el gobierno de Macri, donde se «fumó» US$ 15.000 millones de dólares en esa época, pasando a ser el mejor ministro de Economía de la historia, según Milei, por haber aplicado el ajuste criminal que hace de nuestro país una postal con una pobreza que ya forma parte del paisaje urbano.

Hemos llegado a una instancia en que el artificio no puede negar la verdad. Ya se escucha el estruendo que provoca la fascinación imbécil de las mentiras chocando contra ella.

«El código moral del fin del mundo no condena la injusticia, sino el fracaso».

Eduardo Galeano

Fuente: Opinión

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