Opinión: Horacio Barboza, Profesor de Ciencias Políticas – Nivel Secundario
Porque es demasiado fácil decirle al ciudadano: “Usted se endeudó porque no supo administrar su dinero”.
Esa explicación es cómoda. Pero es insuficiente.
Como profesor de Ciencias Políticas, les diría que cuando una situación se transforma en un fenómeno social masivo, deja de ser solamente un problema individual.
Si miles de familias se endeudan, tenemos que analizar también el sistema que produce y reproduce ese endeudamiento.
Y Concordia es un ejemplo doloroso.
LA RUEDA DEL ENDEUDAMIENTO
Primero aparece la tarjeta.
Después, el préstamo.
Luego, una refinanciación.
Después, otra financiera.
Y finalmente aparece el préstamo informal.
La deuda deja de ser una herramienta para alcanzar un objetivo y empieza a convertirse en el mecanismo utilizado para sobrevivir.
Se pide dinero para pagar la deuda anterior.
Y cuando eso ocurre, la familia ya no está utilizando el crédito para progresar.
Está atrapada en una rueda.
LA TRAMPA TIENE UNA TASA DE INTERÉS
El Banco Central informó que durante 2025 creció la cantidad de personas que accedieron a financiamiento y que 19,5 millones de personas tenían crédito en el sistema financiero ampliado a junio de ese año.
Pero hay un dato todavía más inquietante.
En febrero de 2026, los proveedores no financieros de crédito —un universo que incluye distintos tipos de empresas que otorgan financiamiento— registraron una irregularidad del 26,9 % de su cartera.
En los préstamos personales, la irregularidad llegó al 34,1 %.
Y las tasas nominales anuales alcanzaron hasta el 144 % para préstamos personales de esos proveedores.
Entonces, la pregunta deja de ser solamente cuánto pidió prestado un concordiense.
Tenemos que preguntar:
¿Cuánto termina devolviendo?
Porque ahí aparece el verdadero problema.
Una familia no compra solamente dinero.
Compra tiempo.
Compra unos días más hasta cobrar.
Compra la posibilidad de pagar una factura.
Compra la posibilidad de comprar medicamentos.
Compra la posibilidad de llevar comida a la mesa.
Pero ese tiempo tiene un precio.
Y para algunas familias, ese precio termina siendo impagable.
DEL BANCO A LA FINANCIERA, DE LA FINANCIERA AL PRESTAMISTA
El sistema formal tiene regulaciones.
El Banco Central registra y supervisa determinados proveedores no financieros de crédito, y existen normas de protección para los usuarios de servicios financieros.
Pero el problema no termina ahí.
Porque existe otra economía del crédito que es mucho más difícil de medir: la economía informal.
El préstamo entre particulares.
El prestamista del barrio.
El dinero que se devuelve diariamente.
El que presta sin contrato.
El que conoce el día de cobro.
El que sabe dónde trabaja el vecino.
Ese universo no aparece completamente reflejado en las estadísticas oficiales.
Y justamente por eso es necesario estudiarlo.
Porque cuando una familia llega al punto de recurrir a un prestamista informal, generalmente no lo hace porque haya descubierto una nueva oportunidad de inversión.
Lo hace porque el sistema financiero formal ya no le ofrece una salida.
Y ahí aparece la verdadera dimensión social del problema.
NO ES SOLAMENTE EDUCACIÓN FINANCIERA
Nos dicen que tenemos que enseñar educación financiera.
Por supuesto que sí.
Un ciudadano debe saber qué es una tasa nominal, qué es una tasa efectiva, qué significa el costo financiero total, cómo funciona una refinanciación y qué consecuencias tiene pagar solamente el mínimo de una tarjeta.
Pero hay algo que también debemos enseñar: educación política sobre las finanzas.
Porque no alcanza con enseñar a calcular el interés.
Hay que enseñar quién establece las reglas.
No alcanza con explicarle a una persona cómo evitar una deuda.
Hay que enseñarle también por qué millones de personas necesitan endeudarse para vivir.
No alcanza con decirle al trabajador que no tome un préstamo.
Hay que preguntarse:
¿Por qué su salario no alcanza?
Ahí comienza la verdadera educación ciudadana.
Porque detrás de una cuota existe una relación económica.
Y detrás de esa relación existe, también, una relación de poder.
LA DEMOCRACIA TODAVÍA TIENE UNA DEUDA
Volvamos entonces al origen histórico.
En 1977, durante la última dictadura militar, fue sancionada la Ley 21.526 de Entidades Financieras.
La dictadura terminó.
El Congreso volvió.
Los argentinos recuperamos el derecho a votar.
Pero aquella arquitectura financiera no fue reemplazada completamente.
Fue modificada, reformada y adaptada.
Sin embargo, la democracia nunca consiguió construir un nuevo consenso capaz de discutir de raíz qué sistema financiero necesita la Argentina.
Y esa es una de nuestras grandes deudas democráticas.
Porque mientras discutimos quién ocupa el poder político, pocas veces discutimos con la misma intensidad quién controla las herramientas económicas que condicionan nuestra vida cotidiana.
CONCORDIA NECESITA DISCUTIR SU PROPIA DEUDA
Por eso Concordia necesita algo más que diagnósticos.
Necesita un verdadero Mapa Local del Endeudamiento Familiar.
Necesitamos saber:
¿Cuántas familias tienen préstamos?
¿Cuántas tienen tarjetas refinanciadas?
¿Cuánto de los salarios está comprometido en cuotas?
¿Cuántos jubilados recurren al crédito para comprar medicamentos?
¿Cuántos trabajadores utilizan un préstamo para pagar otro?
¿Cuántas financieras operan formalmente?
¿Cuántos prestamistas informales existen?
¿Cuánto dinero sale mensualmente de los hogares de Concordia en concepto de intereses?
Y, fundamentalmente:
¿Cuánto de ese dinero podría estar destinado al consumo, la educación, la vivienda o la alimentación si las familias no estuvieran atrapadas en el endeudamiento?
Porque cada peso que se va en intereses es un peso que deja de circular en el almacén del barrio.
Es una compra menos.
Es una reparación que se posterga.
Es un medicamento que se compra con dificultad.
Es una familia que vuelve a hacer cuentas alrededor de la mesa.
LA PREGUNTA INCÓMODA
Tal vez haya llegado el momento de dejar de preguntarle exclusivamente al endeudado por qué debe.
Tal vez tengamos que empezar a preguntarle al sistema:
¿Por qué tanta gente necesita endeudarse para poder vivir?
Porque cuando el crédito sirve para producir, crecer o acceder a una vivienda, puede ser una herramienta de progreso.
Pero cuando sirve para comprar comida hasta el próximo sueldo, algo está profundamente mal.
Y cuando una persona pide un préstamo para pagar otro préstamo, ya no estamos hablando de libertad económica.
Estamos hablando de dependencia.
Por eso, la discusión sobre la Ley de Entidades Financieras no es una discusión vieja.
Está en la tarjeta que llega a nuestro bolsillo.
Está en la cuota que vence el viernes.
Está en el jubilado que pide dinero para comprar medicamentos.
Está en el trabajador que adelanta el sueldo.
Está en la familia que hace cuentas alrededor de la mesa.
Y está también en Concordia.
La dictadura dejó muchas deudas.
La democracia saldó algunas.
Pero hay una que todavía sigue pendiente: construir un sistema financiero al servicio de las personas y no personas condenadas a vivir al servicio de sus deudas.
Porque una sociedad donde casi tres de cada diez personas aparece atravesadas por algún nivel de mora no necesita solamente más financieras.
Necesita más Estado, más regulación, más educación y, sobre todo, más política.
Porque si la única respuesta que recibe una familia cuando el salario no alcanza es:
“Te prestamos”, entonces quizás el verdadero problema no sea que la gente no sabe administrar su dinero.
Quizás el problema sea que estamos administrando una sociedad donde cada vez cuesta más vivir sin pedirlo prestado.



1 comentario
ciudadano conciente
Muy buena nota! Muy entendible para el pueblo (la gente se dice ahora). Así se debe decir cómo son las cosas!