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Portada / Opinión

Sin historias no hay Historia: la lección de Galasso en tiempos de IA y fake news

A pocos días de la muerte de Norberto Galasso, recuperamos una de sus enseñanzas centrales: ningún relato histórico es completamente inocente porque detrás de los hechos, de las palabras elegidas y hasta de los silencios, aparece siempre la mirada de quien cuenta. En tiempos de sobreinformación, IA y fake news, aprender a reconocer esos “anteojos” se vuelve también una forma de ejercer ciudadanía.

Por: Veronica Lopez

13 septiembre, 2026

9:02 am

“La historia es el relato de los sucesos,
así como de su encadenamiento,
ocurridos en el pasado”.

Norberto Galasso

Este 7 de septiembre le dijimos adiós a uno de los más grandes historiadores argentinos, Norberto Galasso. Se fue silenciosamente, a los 90 años (pocos medios se hicieron eco de su partida), dejando un grandioso legado: seriedad en la investigación, honestidad intelectual, humildad académica, escritura accesible, palabras certeras y, por sobre todas las cosas, amor incondicional por la patria.

Norberto Galasso vivió la historia, porque la Historia es ciencia y también es disciplina; es ciencia porque tiene un objeto de estudio claro, delimitado, tiene un método y porque contribuye a construir un cuerpo de conocimiento ordenado y sistemático; todo lo que Norberto hizo en su vida como historiador, con rigurosidad científica, colaboró en el desarrollo de un conocimiento sistemático y ordenado de la Historia Argentina y Latinoamericana, oculta. La Historia también es disciplina porque, además, asiste a todas las demás ciencias; es imposible pensar un desarrollo científico sin recurrir a la historia, en ella se recopilan metódicamente todos los procesos que permitieron llegar al estado desde donde se pretende partir en cualquier investigación científica. Norberto también fue eso, una persona que “asistió” con su conocimiento a periodistas, economistas, literatos, profesores, políticos, sindicalistas y tantos más.

Galasso fue y será lectura obligada para cualquier estudiante de Historia, porque sus trabajos no solo recuperan nuestro pasado, sino que su claridad y honestidad intelectual lo llevaron a iluminar, desde la historiografía, qué se dice y qué se lee cuando de la Historia se trata.

Quienes recorremos este camino tenemos una parada obligada en uno de sus libros más emblemáticos: “La larga lucha de los argentinos”. En esa obra, Galasso define claramente qué leemos cuando estamos frente a un texto histórico que, en tiempos de IA y fake news, bien debería ser un mantra antes de iniciar cualquier lectura. Dice Norberto, en relación a los relatos históricos:

“Esa reconstrucción se sostiene en el conjunto de testimonios que prueban la veracidad de los hechos que se relatan, tanto se trate de documentos –públicos o privados–, datos, objetos, memorias de testigos, etc. La acumulación y ordenamiento de estos materiales constituye la Heurística, una de las columnas de la Historia. La interpretación de ese cúmulo informativo, estableciendo el cómo se articulan los sucesos entre sí, constituye la Hermenéutica y es la otra columna que sustenta la Historia.

Respecto a la Heurística pueden señalarse dos tipos de desviaciones. La primera se verifica cuando el historiador omite lisa y llanamente determinados hechos, como si no hubieran sucedido. (…) La segunda, cuando se relatan acontecimientos cuya veracidad resulta discutible y no se los apoya con la fuente documental que los certifica.

Pero más graves aún son los equívocos y confusiones producidos en el campo de la Hermenéutica. Aquí ya no se trata de desviaciones ocasionales, sino que toda la interpretación que desarrolla naturalmente cada historiador se encuentra teñida por su particular cosmovisión ideológica.

El pasado ocurrió de una sola manera, pero el juicio acerca de lo sucedido, favorable o desfavorable, varía según la escala de valores del relator. (…) Detrás del relato –y aun descartando toda intención engañosa por parte del historiador– está presente su ideología, la cual colorea a su modo los sucesos relatados, otorgando mayor o menor importancia a cada uno, reconociéndoles perfiles positivos o negativos, ofreciendo unas y otras explicaciones, según su particular óptica”.

En pocos párrafos, Norberto Galasso nos da una clase magistral, no solo de los anteojos que usa para ver quien relata cualquier historia, sino que también nos advierte que debemos desarrollar la capacidad de descubrir esos anteojos. Hoy esta lección cobra mayor sentido y amplifica su alcance dado el mundo de sobreinformación en el que naufragamos, porque navegar por redes o medios de comunicación tradicionales y alternativos nos expone constantemente a un inminente naufragio.

Continúa Norberto en la Introducción del libro:

“El historiador no puede contar el pasado sin someter los hechos a su propio lente ideológico. ‘La Historia –se ha dicho– es la Política pasada, así como la Política es la Historia presente’. Ayer y hoy, las luchas sociales y políticas cubren el escenario y evidencian proyectos antagónicos que promueven disgusto o ganan simpatías”.

Aquí, Galasso, deja al desnudo que Historia y Política son primas hermanas, que no pueden contarse una sin la otra, porque tienen la misma raíz… el tiempo y el espacio. Escribir, leer, fotografiar, ver o escuchar las noticias de hoy serán las narrativas de esos sucesos del mañana. Quien vive el hoy desde una perspectiva contará la historia desde esa óptica, y lo que hoy son escritos, audios, fotografías o videos de la vida y los hechos cotidianos serán documentos que sustentarán las investigaciones históricas de futuras generaciones. Serán estos documentos los que les expliquen, a quienes nos sucedan en el tiempo, su propio presente.

Por eso es indispensable la honestidad intelectual y la humildad de aclarar, cada vez que sea posible, la perspectiva desde la que se relata la vida social (y también la privada) cuando se construye una versión de la realidad. Así lo advierte Galasso:

“Podrá, por supuesto, moderar al máximo la adjetivación, pero al concluir su relato dejará inevitablemente un sabor dulce o amargo en relación a los temas considerados”.

Reconocer esa emoción es fundamental a la hora de acercarnos a cualquier relato sobre la realidad, y también sobre la Historia. Preguntarnos: ¿Qué busca reflejar el mensajero al enviarnos “ese” mensaje? ¿Qué genera en mí lo que leo, escucho o veo? ¿Eso que genera en mí es auténtico o solo responde a la respuesta esperada por el mensajero? ¿Cómo logro descifrarlo? Norberto nos ayuda, aseverando:

“Podrá apelar a un lenguaje aséptico, desapasionado, neutro –supuestamente científico o académico–, pero en las entrelíneas, en los tonos, en la mayor o menor extensión dedicada a ciertos acontecimientos, en el modo particular de redacción, se filtra su ideología”.

La obra de Norberto Galasso es inmensa: ensayos, biografías, historia general, obras colectivas, pensamiento nacional, notas periodísticas, charlas en cuanto lugar fue invitado. Tan solo en escritos, su publicación es de más de 70 obras. Pero ante todo fue un enseñante, un gran educador político, profesor y rector del Instituto Superior de Periodismo José Hernández; recorrió el país dando charlas abiertas y gratuitas en sindicatos, centros culturales, institutos de formación docente, teatros y universidades. La generosidad con el conocimiento fue su marca de agua.

No lo hizo fingiendo una seudoobjetividad, se paró claro sobre su perspectiva revisionista federal-provinciana, socialista y latinoamericana, donde “los sectores populares resultan los protagonistas del progreso histórico de los argentinos, en permanente lucha contra poderosos intereses nativos aliados al capital extranjero (…) Como expresión de estas fuerzas sociales históricamente progresivas, esta corriente reivindica al morenismo, el artiguismo, al dorreguismo, a los caudillos federales, al roquismo (…antimitrista), al irigoyenismo y al peronismo. Desde esa perspectiva exalta a figuras claves de la lucha por la emancipación nacional y social (…) convertidos en ‘malditos’ por el aparato de ‘colonización pedagógica’ instrumentado por la clase dominante”.

Se fue un imprescindible: para la educación, para la política, para el sindicalismo, para cualquier persona que ame esta tierra y esté dispuesta a hacer lo que es la mayor obligación de la ciudadanía toda: conocer, informarse, dudar y tener sentido de pertenencia.

Verónica López

Lic. en Ciencias de la Educación

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