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Portada / La Memoria

A 50 años de la Noche de los Lápices, Pablo Díaz: “Tengo la necesidad de saber dónde están”

A medio siglo de su secuestro, Pablo Díaz recorrió con Página/12 el Pozo de Banfield, el último lugar donde fueron vistos con vida sus compañeros de los colegios secundarios de La Plata.

13 septiembre, 2026

4:26 pm

Pablo Díaz se aferra a una reja del Pozo de Banfield. Es el mismo hierro del cual se agarró hace casi medio siglo para despedirse de sus compañeros que quedaban en ese centro clandestino. No imaginaba que no volvería a verlos nunca más. Todos ellos, estudiantes secundarios, habían sido secuestrados en septiembre de 1976 en un operativo que se conoce como la Noche de los Lápices.

A 50 años de su secuestro, Pablo recorrió con Página/12 el Pozo de Banfield, el último lugar en el que fueron vistos con vida María Claudia Falcone, María Clara Ciocchini, Horacio Ungaro, Daniel Racero, Claudio de Acha y Francisco López Muntaner.

“Creo que salí de aquí no siendo el que había entrado. Desde entonces tuve la necesidad de hablar e investigar”, cuenta mientras se acomoda para la entrevista.

–¿Qué fue para vos el Pozo de Banfield?

–Un campo de concentración. Adelante funcionaba la comisaría o la brigada; en el fondo estaba el campo. Fue parte de mi historia y de la historia de los chicos que se referencian en La Noche de los Lápices. Era también una maternidad. Un juez, Ricardo Basílico, me dijo que no debería decirle maternidad porque, en realidad, era una cocina. No hay que sacarle la crueldad a la cocina. Estamos en un lugar de encierro, exterminio, violación. Un lugar de horror.

–¿Cómo era la vida acá?

–No veíamos. No teníamos luz. No sabíamos cuándo era de día ni cuándo era de noche. Era una cuestión de tiempo. Me sorprendí cuando me vinieron a decir que me habían dado el salvoconducto y que era el 28 de diciembre de 1976. Había entrado en septiembre. No sabía que habían pasado meses.

–¿Cómo te enteraste de que estaban siendo secuestrados otros chicos?

–El 17 de septiembre de 1976, cuando voy a la escuela a la que le decían la Legión Extranjera porque éramos repetidores y expulsados, unos amigos me dicen que había ido la policía a preguntar por mí. Me asusto. Intento no llegar a mi casa. Voy a la casa de un amigo que trabajaba de sereno en una estación de servicio en la ciudad de La Plata. Paso unos días y mi madre me dice que hablara con mi padre. Me encuentro con él en Parque Saavedra y me pregunta qué había hecho. Le dije que estaba en el centro de estudiantes, que había hecho pintadas o tirado volantes que decían “fuera la dictadura militar”. Me dice que volviera a casa. Me convenció. Creo que de cansancio o porque pensé que eso podía aclararse en una comisaría. Cuando llego a casa el 20 de septiembre, me preparo el bolso para el picnic del día del estudiante. A la madrugada me vienen a buscar.

–El primer lugar al que te llevan es Arana…

–En base a la tortura y al conocimiento que tenían tuyo, ahí decidían si ibas a vivir o morir. A mí me sacan y me traen al Pozo de Banfield con la decisión de la desaparición eterna. Acá nos ponían a cuidar a las embarazadas.

–¿Cuándo supiste que estaban los otros chicos de la Noche de los Lápices?

–No supe hasta que me trajeron acá. Cuando me ponen en una celda, los que estaban preguntaban quién llegó, quién está. Al principio, no hablé por miedo. Los que me trajeron me amenazaron con que no hablara. En un momento dado, digo: “Soy Pablo Díaz”. Y ahí me entero de quiénes estaban. En la práctica, no podíamos hablar. Hablábamos con quienes teníamos espalda con espalda. Yo hablaba con Claudia: de anécdotas, de qué haríamos si volvíamos a casa. Hacíamos ejercicio, pero después de un mes ya no podíamos levantarnos.

–¿A vos te dan una versión sobre el destino final de ellos cuando estabas preso en la Unidad 9?

–Hay un teniente coronel del Ejército (Carlos Sánchez Toranzo) que me interrogaba en la cárcel, y me dice: “Pablo, quedate tranquilo. No sufrieron. Les pegamos un tiro en la nuca”. No sufrieron, me dijo (sonríe con amargura). En el sótano de este campo de concentración. Yo tuve resentimiento por años con el ser humano por lo que es capaz de hacer. Yo sé que algún día la naturaleza me va a llevar y los voy a volver a ver. Y voy a rendir examen de haber sido el que sobrevivió y habló. Y la voy a volver a ver a Claudia, con sus 16 años.

–¿Qué implica sostener tantos años la búsqueda para saber dónde están?

–Para mí es una necesidad saber dónde están. En charlas, les pregunto a los chicos si yo no tendría derecho de saber dónde están sus restos para poder ir a leerles los poemas que les hice. Yo no tuve un adiós; les dije hasta luego. La desaparición es una de las torturas más terribles: hay un correlato también en la familia. Esto debería haber significado la prohibición del arresto domiciliario porque ellos saben la verdad y no la dicen. Yo sé qué es la memoria: es hablar 50 años sobre lo que pasó, sobre lo que vi. Para la justicia, tuve que ser yo, siendo víctima, quien tuvo que buscar pruebas.

–¿Te preguntabas acá cómo eran capaces de hacerles esto a ustedes siendo tan jovencitos?

–Me he preguntado si nos escuchaban hablar. Se los pregunté a los represores. Quería saber si escuchaban que decíamos que queríamos volver a casa. En Tokio, Akira Kurosawa me escuchó decir que los represores eran bestias o monstruos, pero me pidió que nunca le saque responsabilidad al ser humano por lo que es capaz de hacer. Creo que, después de haber hablado con sobrevivientes de otros genocidios, solo podemos lograr una sociedad mejor con testimonios de vida.

–¿Qué les decís a los pibes con los que hablás en las escuelas?

–Hoy los centros de estudiantes tienen que ser para dentro de las escuelas. Tienen que ser la instancia para identificar a aquellos que tienen un conflicto social para que no abandonen la escuela o no abandonen la vida. Hay que referenciarlos, identificarlos y pedirles a las autoridades comprensión, acompañamiento. La soledad se fue agrandando. A veces, voy a las escuelas y tienen un altar con fotos de Claudia a las que les prenden velas. Las chicas te dicen: “Tengo sueños, tengo expectativas de sobrevivir, quizá ella me ayuda”. Tenemos que decirles que nadie está solo, que la felicidad es colectiva.

Fuente: Luciana Bertoia para Página 12

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