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Opinión

27 octubre, 2026

Una remontada histórica que puso a las mujeres y las diversidades en el centro del proyecto: los desafíos en Argentina

Las mujeres, las diversidades y la militancia popular fueron protagonistas de una remontada electoral que parecía imposible. Frente al avance de las derechas, Brasil demuestra que los pueblos organizados pueden torcer el rumbo de la historia a su favor. En Argentina, tenemos esta tarea por delante.

Ludmila Fernández Castellano. Referente de Patria Grande

4:55 pm h
lula diversidades

Hay victorias electorales que trascienden las fronteras de un país, y la de Lula en Brasil es una de ellas. No solo porque logró revertir un resultado adverso en la primera vuelta y derrotar a Flavio Bolsonaro, sino porque volvió a demostrar que el avance de las derechas no es un destino inevitable, como pretenden hacernos creer.

La primera vuelta había dejado a Lula por detrás de su adversario, pero tres semanas después consiguió el 51,79 % de los votos válidos y conquistó una victoria histórica, sumando 10 millones de nuevos votos. Por primera vez en la democracia brasileña, quien había quedado segundo en la primera vuelta logró ganar el balotaje presidencial. Este resultado no fue magia: fue política, organización y movilización popular, junto con la decisión colectiva de dar vuelta el resultado.

Pero hay una dimensión de esa remontada que merece una reflexión particular, sobre todo desde Argentina, y es el protagonismo de las mujeres, las diversidades y las juventudes en la construcción de una respuesta colectiva frente a la avanzada conservadora.

En Brasil, la disputa no se limitó a los acuerdos entre dirigentes ni a las estrategias de campaña. También se jugó en las calles, en las redes sociales, en los barrios y en cada conversación capaz de transformar el desánimo en esperanza. La militancia volvió a demostrar que, cuando se organiza, puede disputar el sentido común, recuperar a quienes se alejaron de las urnas y reconstruir una mayoría política.

El rol de las mujeres en la disputa contra las derechas en América Latina y el mundo

Las mujeres tuvieron un lugar central en esta disputa. No solo como electoras, sino también como protagonistas de las redes comunitarias, las organizaciones populares y la defensa de los derechos conquistados. Las demandas vinculadas con la violencia de género, la protección social y las condiciones materiales de vida formaron parte de una campaña que decidió hablarle a una sociedad atravesada por profundas desigualdades.

Las diversidades, por su parte, tienen mucho que perder cuando los proyectos reaccionarios convierten sus derechos y su propia existencia en objeto de persecución política. Frente a ese riesgo, se organizaron para que el país entero comprendiera lo que estaba en juego. Pero su participación no fue solo defensiva: hubo proyecciones y avances en materia de representación política, y Erika Hilton se consolidó como la mujer trans electa diputada más votada de la historia de Brasil.

Durante los últimos años, en Argentina y, principalmente, dentro del campo nacional y popular, una parte del análisis político buscó explicar el crecimiento de la derecha y el triunfo de Javier Milei culpando al feminismo, a las agendas de derechos y a las luchas de las diversidades. Como si ampliar derechos fuera un lujo que los sectores populares no pudieran permitirse. Incluso se llegó al extremo de plantear que esas «agendas de minorías» nos alejaban de los sectores que históricamente habíamos representado.

Como si la igualdad y la dignidad de una parte del pueblo fueran incompatibles con las necesidades del conjunto. Como si no fuera ese mismo sujeto político, transformado, quien estuviera reclamando el reconocimiento de esos derechos. Como si las madres que perdieron a sus hijas a manos de hombres en los últimos años fueran parte de alguna élite minoritaria. Como si el 68 % de las madres que reclaman el cumplimiento de las cuotas alimentarias no votaran en las elecciones.

El argumento del feminismo como piantavotos ofrece una explicación sencilla para un problema mucho más complejo. Pero, sobre todo, puede convertirse en una trampa política: en lugar de preguntarnos por qué perdimos la capacidad de representar las necesidades, los deseos y las frustraciones de las mayorías, terminamos señalando como responsables a quienes también son parte de nuestro pueblo.

Brasil no demuestra que una agenda feminista, por sí sola, garantice una victoria electoral. Resalta algo más importante: que no existe una contradicción inevitable entre construir mayorías populares y defender los derechos de las mujeres y las diversidades. Que las demandas de igualdad pueden formar parte de un proyecto capaz de hablar de salarios, trabajo, vivienda, salud, seguridad y futuro. Y que una fuerza política no tiene que elegir entre las necesidades materiales del pueblo y su derecho a vivir con dignidad.

El desafío del campo popular para 2027

El desafío no consiste en retroceder en derechos para recuperar votos. Consiste en reconstruir una representación política que vuelva a conectar las luchas por la igualdad con las preocupaciones concretas de la vida cotidiana. Una representación que entienda que una trabajadora que no llega a fin de mes, una mujer que sostiene sola su hogar y cuya única opción hoy parece ser endeudarse, una persona trans expulsada del mercado laboral y un trabajador precarizado pueden compartir una misma necesidad de transformación, aunque sus experiencias sean distintas.

La derecha avanza cuando consigue convencernos de que estamos solos, de que el otro es nuestro enemigo y de que no existe una alternativa posible por fuera de la narrativa neoliberal que nos propone. Avanza cuando transforma el malestar social en enfrentamiento entre quienes deberían poder reconocerse como parte de un mismo pueblo, con necesidades que pueden articularse en un proyecto común.

La respuesta no puede ser solamente electoral. Necesitamos organización, presencia territorial, escucha y capacidad de construir una esperanza concreta. Necesitamos volver a encontrarnos en los sindicatos, los clubes, las universidades, las cooperativas, los barrios y cada espacio donde la comunidad todavía pueda reconocerse como una fuerza colectiva.

Eso es lo que vuelve tan importante la experiencia brasileña. No porque podamos trasladar mecánicamente su estrategia a la Argentina, sino porque nos recuerda que ninguna derrota es definitiva mientras exista un pueblo dispuesto a organizarse y disputar su futuro.

En Argentina tenemos por delante el desafío de reconstruir una alternativa capaz de derrotar electoralmente a Milei y, al mismo tiempo, volver a ofrecerles un horizonte a las mayorías trabajadoras. No alcanza con la nostalgia ni con esperar que el desgaste del Gobierno haga el trabajo por nosotros. Hace falta construir una propuesta, ampliar la unidad, recuperar la iniciativa y volver a poner en el centro un proyecto de país con trabajo, producción, justicia social y soberanía.

Desde el lugar que nos toque ocupar, tenemos la responsabilidad de aportar a esa construcción, con nuestras diferencias, nuestras experiencias y nuestras convicciones. Sin abandonar las banderas de la igualdad ni renunciar a la tarea de representar a quienes hoy sienten que la política dejó de hablarles.

Unir las luchas en un proyecto de país que discuta las prioridades para garantizar el buen vivir, que les devuelva a las juventudes la capacidad de planificar su propio futuro y que se organice en torno a las necesidades estratégicas vinculadas con la soberanía nacional es la tarea que tenemos por delante.

Necesitamos un proyecto que discuta cómo alcanzar la justicia social, la independencia económica y la soberanía política para garantizar la felicidad del pueblo y la grandeza de la nación. Cuenten con Patria Grande para eso.

Ludmila Fernández Castellano

Referente de Patria Grande

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