En abril de este año, la lideresa mbya, Keila Zaya, denunció en la ONU el avance territorial y la falta de agua en comunidades indígenas del noreste argentino.
No fue noticia, no apareció en las portadas de los diarios, ni en los informativos porteños, ni en los canales de cable. El algoritmo de las redes llevó la noticia a un nicho segmentado, pequeño y controlado; un simulacro informativo.
La joven lideresa Keila Zaya, con 18 años, es referente de la comunidad Tekoá Arandú, en Pozo Azul, Misiones. Zaya expuso el estado de situación y la vulneración de derechos de las comunidades nativas, especialmente la de Puente Quemado II, de la provincia de Misiones, a la que representa, visibilizando el conflicto que mantiene la comunidad, desde hace años, con la empresa forestal Arauco. Su exposición, en la 25.ª sesión del Foro Permanente para las Cuestiones Indígenas de las Naciones Unidas, fue contundente, expresando que los pueblos indígenas son “preexistentes al Estado argentino”.
La gran región del Chaco corresponde a un amplio territorio situado entre las sierras preandinas del oeste y las llanuras semiáridas de Argentina, Bolivia y Paraguay, hasta los ríos Paraguay y Paraná. Sus primeros habitantes, de los que se tiene conocimiento, eran nómades y se asentaban cerca de arroyos y ríos; consideraban como propios los territorios con recursos hídricos y con posibilidad de pesca, que era parte importante de su economía.
Según el historiador Enrique Gandía, los aborígenes solían tomar el nombre de sus jefes o caciques y de allí el nombre de las diferentes etnias. Los abipones eran uno de los grupos más aguerridos; dominaron toda la costa del Paraná, desde el río Salado al Bermejo, extendiéndose hasta las actuales provincias de Córdoba y Santiago del Estero. Según la Dirección Provincial del Aborigen de Chaco (2013), cuando los españoles llegaron a sus tierras, las habitaban dos grandes grupos que hablaban lenguas diferentes: los guaycurúes, que integraban las familias tobas, mocovíes, abipones, pilagás, payaguás, mbayaes y caduveos; y el otro grupo, el de los matacos-mataguayos, que integraban los matacos, mataguayos, chorotis, chulupíes, macaes y ashluslay.
Los abipones tenían una contextura física fortalecida. Como grandes guerreros, mostraban con orgullo las marcas en el cuerpo y, a veces, se las autoproducían como símbolo de valor; también usaban tatuajes, los que transformaban su cuerpo sustancialmente. Tenían una organización social, política, familiar y militar muy ordenada. Eran una nación numerosa que se desplazaba por todo el territorio. Con la llegada de los españoles, poco a poco fueron internándose cada vez más en la espesura del bosque. Su territorio fue de los últimos incorporados a la geografía argentina cuando el gobierno de Sarmiento, en 1872, los constituyó en territorio nacional, pero sin acceso efectivo, en lo que ya se conocía como el “Impenetrable”.
El otro grupo tenía una contextura física más robusta y morena. Tendían a alimentarse de los productos del bosque: el mistol, el chañar, el algarrobo, que comían o fermentaban como aloja, su bebida sagrada; tunas y raíces como la achira, el cotagué y el isipó.
Keila Zaya denunció el avance sobre los territorios y la falta de acceso a aguas seguras, afirmando que el territorio no es un recurso económico, sino la base de la identidad, la espiritualidad y la forma de vida del pueblo mbya, cosmovisión que en su lengua se expresa como “Ñande Reko”.
Hacia 1526 se produjo la primera incursión de la conquista, comandada por Alejo García; años después llegaron a la zona Ayolas e Irala, alentados por el mito de la Sierra de la Plata; en 1568, Juan Gregorio Bazán, y en 1574, Juan de Garay, penetran en el Gran Chaco. Así avanza la conquista y colonización que va lentamente poniendo pie en el territorio de los pueblos originarios. A pesar de ello, la resistencia de los abipones, tobas y mocovíes, principalmente, cuya estrategia fue unir familias, a lo que se sumó el rápido dominio del caballo, hizo que la conquista española no pudiera dominar el territorio. Transcurrieron los siglos XVII y XVIII y seguían defendiendo aguerridamente su espacio vital.
Fue el poder colonial y republicano después quienes los incorporaron de forma violenta al nuevo orden sociopolítico, mediante encomiendas, reducciones y, posteriormente, trabajo asalariado a bajo costo. Aun así, a los españoles les seguía costando dominar el Gran Chaco; miles de habitantes originarios desconocían a los gobernantes y no se sometían a sus leyes. Registra la historia una larga marcha que Gerónimo Matorras, gobernador de Tucumán, realizó durante 30 días desde Tucumán para encontrarse con el cacique Paykín, jefe de los mocovíes, en el paraje Lacangayé, donde firmaron un tratado de paz.
Como presidente de la Nación, el general Bartolomé Mitre se ocupó especialmente del Gran Chaco, enviando expediciones hacia 1863. Además de enviar milicias, inició las obras de construcción de un camino desde la margen derecha del río Paraná, en Corrientes, atravesando Chaco hasta el río Salado, con la intención de entablar relaciones “amistosas” con los pueblos nativos para “mejorarlos y llevarles la civilización”. El plan militar era debilitar el poderío de las familias: les capturaban el ganado vacuno, lanar, caballar, mulas, chivos y ovejas. Esto les impedía no solo organizarse militarmente, sino también alimentarse adecuadamente; además, cortaban las aguadas y de esta forma dividían y obstaculizaban las comunicaciones entre los jefes de tribus. Vieja estrategia de dominación que, con otras herramientas, aún se continúa usando.
Hacia la primera mitad del siglo XX, aborígenes, criollos y europeos comenzaron a mestizarse en la región. A partir de la Ley Avellaneda y otros instrumentos legales, se fueron entregando propiedades a colonos (nunca a originarios) y también se fomentó el proceso latifundista para la explotación forestal, ganadera y especialmente el cultivo del algodón para la industria textil inglesa. El ferrocarril fue el medio de transporte donde se atestaban indígenas camino a la zafra azucarera. El empleo de la mano de obra nativa en los ingenios fue fundamental para la industria del azúcar; otros trabajaban en las mismas condiciones en el algodón. Trabajo arduo y duro, pagado con salarios muy bajos que apenas alcanzaban para el alimento y en nada producían una vida de bienestar social.
La lideresa Zaya remarcó en Naciones Unidas que los niños y niñas originarios ya no pueden encontrar agua segura en ríos, arroyos y vertientes debido a la alta contaminación extractivista, lo que deriva en enfermedades y afecta su desarrollo cognitivo, mental y físico. “La supervivencia física y cultural de los pueblos indígenas depende de la garantía efectiva de sus derechos sobre el territorio, los recursos naturales y el acceso al agua limpia”, sostuvo, recurriendo a lo señalado en la Recomendación General N.º 39 del CEDAW. Sintetizándolo en una frase: “Sin territorio no hay vida. Sin agua limpia no hay salud. Sin salud no hay futuro”.
No es un territorio sin vida; son pueblos que desarrollan su cotidianeidad desde tiempos ancestrales. Viven, trabajan, se alimentan, forman familias, festejan sus fiestas y siguen tratando de ser visibles. El pasado 2 de mayo se abrió la muestra “Arte Joven Emergente Mbya Guaraní”, en Posadas. Allí se pudieron ver obras pictóricas constituidas por identidad, emociones, memoria y escenas de la vida cotidiana en las comunidades mbya. Para casi todos estos artistas jóvenes fue la primera vez que pudieron mostrar su arte fuera de su comunidad.
Simultáneamente, el 6 de mayo se producía la detención del mburuvicha Santiago Ramos en medio de la disputa entre derechos territoriales ancestrales, propiedad privada y el avance del modelo forestal en zonas ocupadas históricamente por comunidades mbya. El procedimiento terminó con ocho hombres detenidos, mujeres trasladadas y niños y niñas como mudos espectadores de una lucha que continúa. María Josefa “Kiki” Ramírez, integrante del Equipo Misiones de Pastoral Aborigen (EMIPA), expresó en una entrevista a una radio local: “Lo que correspondía era iniciar un juicio de desalojo, con derecho a defensa y debido proceso. Pero en lugar de eso los sacaron del lugar y después les prohibieron volver. Fue un desalojo encubierto”.
Esto desnuda lo que se sabe, se oculta y se calla desde hace más de 500 años: los verdaderos dueños de la tierra siguen siendo desplazados, ignorados y explotados, fuera de todo derecho.
La historia está sucediendo, no es un pasado muerto; es una realidad que nos interpela y que mayoritariamente elegimos mirar hacia otro lado. ¿Cuánto tiempo más seguiremos pensando que ellos no son nosotros? Estamos atravesando la segunda incursión de conquista y extranjerización de nuestro territorio. ¡Somos ellos! ¿Podremos comprenderlo?
Verónica López
Lic. en Cs. de la Educación

