Este momento particular y único tiene, sin embargo, ecos históricos de la realidad vivida en la década del 30, la Década Infame, que buscó también en el fascismo la herramienta política para descargar sobre los trabajadores la crisis del capitalismo. En nuestro país, el crack del 29, la crisis financiera mundial, definida de manera llamativa y significativamente en términos derivados del campo de la salud mental como la “Gran Depresión”, que inauguró el primer golpe de Estado, un Estado social ausente, un Estado represor híper presente y una década de degradación política, miseria económica y deterioro ético fue, en el terreno subjetivo, el contexto decisivo de un sufrimiento paroxístico que expresó las mayores estadísticas de suicidio de la historia argentina.
Al hambre y la desocupación escandalosos de los trabajadores, que en el caso de las mujeres predestinaban la condena a la prostitución y la miseria moral, se sumaba una destrucción de los lazos amorosos que convertían a los hombres, como lo dijo el gran Discepolín, en fieras salvajes los unos para los otros; devastación de las relaciones humanas que confluyeron, obviamente, en la desesperanza y la desesperación, tan bien plasmadas por el poeta popular en tangos tales como “Qué vachaché”, “Tres esperanzas” o “Yira Yira”, en los que la crueldad, la indiferencia y la decepción empujan a la humanidad a su propio abismo.
Hoy, con sus nuevos disfraces, el fascismo destruye la salud mental doblemente y con mayor complejidad, como lo advierte Luis Ignacio García en su interesante libro, que precisamente se llama Fascismo cosplay: crónica del desconcierto en el laboratorio argentino (Editorial Caja Negra), en el que reflexiona, en el apartado dedicado a la “salud mental en crisis”, que:
“Decir salud mental en crisis moviliza un doble sentido que instala nuestro presente freak en el terreno del humor negro. Este gobierno no solo ataca el financiamiento de la salud mental, ataca la propia salud mental de la población. No solo se mete con nuestros hospitales, se mete con nuestra psiquis. Salud mental enuncia una verdad sobre políticas públicas y a la vez sobre el estado mental de la nación. El desamparo social que genera el cierre de hospitales apuntala el desamparo psíquico al que todxs estamos expuestos de cara a las políticas de deep motosierra. Crisis en salud mental expone la convergencia entre políticas de shock económico y políticas de shock psíquico. Ambas se requieren y se potencian la una a la otra.
Como ciencia en crisis, o educación en crisis, no solo se las desfinancia, sino que se ataca su propia sustancia y valor. Un ajuste neoliberal clásico desfinancia las actividades, pero no tiene nada contra las actividades mismas (es aún liberal). Ahora no solo importa desmantelar los marcos institucionales que desde el Estado garantizan esas políticas, sino que se busca destruir el sentido y el valor de esas prácticas como tales. Cerrar un hospital de salud mental no es solo por el déficit, es también para enloquecernos. Desfinanciar la ciencia no tiene casi relevancia financiera; busca deslegitimar la conexión entre la palabra y la verdad. Desfinanciar la educación tampoco (es solo el 0,14 % del PBI); la meta es disciplinarnos como zombies posdemocráticos.
‘Destruir el Estado desde dentro del Estado’ no era solo un objetivo institucional sino también subjetivo: la destrucción de cada uno de nosotrxs desde dentro de nosotrxs. Cuando el ministro de Desregulación (todo un ministerio abocado a la descomposición) habla de ‘deep motosierra’, no solo usa una imagen extensiva, sino también intensiva. Deep refiere a lo profundo de las subjetividades. Hasta ahí debe llegar la motosierra. La crisis de la salud mental refleja la temporalidad del ajuste en cuanto estado de la mente. La deep motosierra es la que recorta, no solo presupuestos, sino también los resortes psíquicos de la resistencia. Es el saqueo psíquico que allana la profundidad y posteridad del saqueo económico.” (1)
Recuperar el Estado de bienestar como reinstauración de los derechos sociales, el sentimiento de solidaridad y de lo común, y el sentido real de la justicia social, es sin dudas una necesidad simultánea a la recuperación del estado de bienestar bio-psíquico-social como sinónimo de salud mental y como camino de salida de esta crisis dramática.
(1) Luis Ignacio García: Fascismo cosplay: crónicas del desconcierto en el laboratorio argentino.

