Más de cinco décadas nos separan de la noche dictatorial, de ese tiempo dominado por los heraldos de la muerte, en un país que fue preparando las condiciones para la realización de una barbarie inédita que dejó, en el cuerpo y en la memoria social, una herida que todavía no ha cicatrizado.
Pero en aquellos años opresivos y oscuros también se tejió un manto que cubrió gran parte de la sociedad, un manto cuyos hilos principales fueron la indiferencia, la complicidad, las nuevas prácticas de una inmoralidad entramada con el crecimiento de la desconfianza en el «otro» y de la impunidad de los poderosos.
Mientras los «perros de la noche» hacían su trabajo asesino desplegando una lógica del terror que dejó sus marcas indelebles entre los argentinos, una gran parte de esa sociedad se lanzó a la «histeria banal del deme dos», de esa «plata dulce» que sirvió para ocultar los rostros de la violencia, la absoluta brutalidad del poder que supo, con astucia, comprar el alma de una mayoría que, de diversos modos, se convirtió en cómplice de un sistemático proyecto de aniquilación de cuerpos e ideas. De un proyecto que dibujó el destino del país en las siguientes décadas y del que aún no hemos podido salir, en especial cuando vemos que reaparecen ciertas expresiones que nos devuelven a lo «reprimido» de ese pasado, en un tiempo argentino aún débil, el actual, que intenta recuperar la idea de la política como núcleo indispensable para la reinvención democrática y la reapropiación de antiguas tradiciones emancipatorias.
Tampoco debemos olvidar que la dictadura no era solo militar, sino también civil, económica y eclesiástica, que sin ese soporte hubiese sido imposible «administrar» esa deleznable empresa.
La memoria, aunque intentemos silenciarla o reprimirla, hace su trabajo y, cada tanto, nos recuerda lo que nos aconteció, los olvidos que intentan esconder, en las cavernas más profundas de nuestras conciencias, las heridas traumáticas, aquellas que siguen allí señalando las deudas impagas, las tachaduras infames, los fantasmas que nos siguen habitando. Los desaparecidos, «la plata dulce», la fiesta trasnochada encabezada por un general alcohólico que convirtió en gesta nacional la aventura malvinera, la burla de la Semana Santa, las leyes de la impunidad, el delirio hiperinflacionario que se tragó al gobierno devaluado de Alfonsín, hasta llegar a los noventa menemistas en los que se terminó de perforar el alma de los argentinos fascinados ante la apertura de las nuevas orgías consumistas, aquellas que surgieron de la convertibilidad y de los aperturistas neoliberales. La del endeudamiento carnavalesco entramado con la sistemática destrucción de los restos de un país industrial. La de la proliferación de un gigantesco ejército de desocupados, que volvió a multiplicarse como daño profundo en el tejido social y de los imaginarios culturales a través de la Alianza, que aportó el desprestigio de la clase política, afianzó los rasgos nunca disueltos del antipoliticismo de vastos sectores medios, que culminaron en las jornadas de diciembre de 2001 y en la consigna de “¡que se vayan todos!”. Todo eso nos legó la dictadura.
De la brutalidad militar a la banalidad de una clase política dispuesta, en muchos de sus referentes, a culminar el trabajo destructivo de la dictadura, a multiplicar las formas de la impunidad y de la corrupción, a realizar aquello que desde siempre habitó el imaginario popular: que la política y los políticos tienen su «hogar» en los tribunales, que sus prácticas fueron, son y serán propias de delincuentes de guante blanco. Aquello que estuvo en el núcleo del discurso militar —la despolitización de la sociedad, la homologación de política y criminalidad— terminó por volverse parte de la escena nacional, con su máxima expresión durante el menemismo. Un antiguo hilo, a veces delgado e invisible y otro grueso y evidente, viene recorriendo el tejido argentino desde la lejanía del primer Centenario, un hilo que fue dibujando en la conciencia de la sociedad la imagen de la política como lo espurio y contaminado, como el centro a disolver de los males nacionales. Quienes principalmente se dejaron seducir por ese discurso fueron y son las clases medias, tan fascinadas por el poder real (el que hoy representan las corporaciones económicas) y los empresarios como estrellas de la época, y tan inclinadas a la autoconmiseración virtuosa.
Casi sin darnos cuenta fuimos testigos del trabajo sistemático que, comenzando con el terror y la violencia que se cebó en los cuerpos durante la dictadura, y que luego buscó otras formas del miedo y la brutalización —la hiperinflación, el chantaje de la convertibilidad, la pobreza que se iba «comiendo» franjas cada vez más amplias de la población, las infames formas de una neobarbarie más mediática—, logró, a través de la complicidad de gran parte de los medios de comunicación, multiplicar hasta el hartazgo los lenguajes de la apoliticidad, unidos al rechazo de lo político, que fue confinado en sede judicial, convertido —en tanto práctica como lenguaje del bien común y de ideales democráticos— en vanguardia del enriquecimiento ilícito y en adalid de la corrupción. El sentido común encontró en las escrituras antipolíticas —escrituras que venían de lejos— el núcleo de su visión del mundo y de su decisiva inclinación hacia aquellas prácticas que se mostraban antagónicas a la política.
Se inauguró el ciclo de los empresarios exitosos como representantes de los deseos virtuosos de las clases medias: parábola ideológica a través de la cual el sistema económico logró invisibilizar su responsabilidad en la reproducción de las injusticias criminales y las desigualdades, transfiriéndose enteramente al mundo de la política. De ahí que los Macri y los Milei aparecieran como expresión de lo nuevo e incontaminado. Identificada, primero desde el lenguaje dictatorial, con la subversión y la violencia homicida, luego homologada a impunidad y corrupción, la política acabó por representar, a los ojos del ciudadano común, el envilecimiento de una clase depredadora que supo hacer de su práctica un gigantesco mecanismo de enriquecimiento y dilapidación.
Nuestra tragedia como sociedad es que esa visión, sustentada en circunstancias reales pero amparada en las usinas del lenguaje represivo y en el velamiento del papel de una burguesía depredadora, antinacional y sin inclinaciones a la democracia, terminó por ser funcional a la lógica del poder, destituyendo la importancia decisiva de la política como núcleo insustituible a la hora de construir una sociedad mejor para todos. Sabemos que la dictadura no hubiera sido posible sin la «contribución» de una parte de la sociedad civil, representada por algunos partidos que, a partir de gobernador para abajo, ocuparon importantes funciones administrativas y ejecutivas.
Ni hablemos de un periodismo venal que aprovechó para cobrar algunas facturas que le impusieron gobiernos democráticos, sumado al servilismo gorila que, desde las pantallas y desde los periódicos de doctrina, como La Nación y La Prensa, «oraban» en el altar de la Patria la restauración de la derecha apátrida. Y tampoco me puedo olvidar de la complicidad manifiesta de la Santa Iglesia Católica que, a través de la Doctrina Social de la Iglesia, le permitió transitar sin culpas con todo tipo de dictaduras, incluso con el régimen de Hitler, en tanto el involucramiento que la propia «doctrina del exterminio» fue inculcada a los militares por la misma Iglesia. Los sucesivos presidentes de la Conferencia Episcopal, Antonio Caggiano y Adolfo Tortolo, fueron al mismo tiempo titulares del Vicariato Castrense, que luego se convirtió en obispado. En las dos décadas previas al golpe, ambos invitaron a la organización integrista Ciudad Católica a predicar a los cuadros de las tres armas en las propias unidades, ya que todo estaba permitido en el combate por Dios y por la Patria.
Ya Mariano Grondona, en su programación de TV, había expresado que Argentina «será militar y católica».
El fundador de la organización juvenil de derecha Tacuara, el tardío sacerdote Alberto Ezcurra Uriburu, sistematizó, a pedido de Tortolo, los conceptos que el vicario castrense había utilizado para defender la tortura ante el Episcopado:
«El Estado no debía fijarse en límites morales ni legales a quienes reclamaban por los desaparecidos». El arzobispo de Córdoba, presidente de la Comisión Episcopal, cardenal Raúl Antonio Primatesta, anticipó que el «remedio sería duro», porque la mano izquierda de Dios es paternal, pero puede ser pesada. Al mismo cardenal Primatesta yo lo veía recibir, porque vivía en Córdoba en esa época, al comandante del 3.er Cuerpo de Ejército, Luciano Benjamín «Cachorro» Menéndez, para desayunar con el clero y luego ir, más tranquilo, a eliminar y enterrar ciudadanos en el campo La Perla, Córdoba.
Hoy volvemos a asistir al esfuerzo (ampliamente potenciado por los grupos corporativos) iniciado por la dictadura, que se traga de un bocado lo mejor de la política, sus tradiciones indispensables a la hora de forjar un destino compartido y de reconocernos en el interior de biografías políticas que, lejos de los lenguajes más mediáticos de esta época, nos recuerdan que hubo otros sueños y otros modos, que lo mejor de nosotros se guarda en esos intentos, aunque fallidos, por intentar realizar un país afirmado en la verdad, la justicia y, sobre todo, en la igualdad.
No se trata, obviamente, de callar las responsabilidades, de sortear la evidente complicidad de amplios sectores de la clase política a la hora de profundizar los males argentinos. También hay que indagar qué es lo que nos pasó como sociedad, lo que hemos sabido construir y destruir, las hondas complicidades con lo peor de nosotros mismos. Tampoco sirve la tendencia de poner las responsabilidades de nuestras acciones u omisiones fuera de nosotros para borrar nuestras miserias por acción u omisión. Tenemos la obligación, como sociedad, de interrogarnos por el papel hegemónico de lenguajes mediáticos que han contribuido a nuestra desmovilización como sociedad reactiva.
Hay que volver a luchar para restituir la posibilidad de hacer de nuestro país un lugar capaz de suturar sus heridas sin traicionar la memoria y sin olvidar ni las responsabilidades ni a los responsables de tanta miseria. Pensar en el futuro como el escenario de una sociedad que recupere la confianza en la política como el único ámbito para una construcción genuinamente democrática. Un espacio de debate para procesar nuestros conflictos como sociedad y reinventar una gramática que incluya la igualdad y la libertad de expresión como condición inapelable. Destituir esa dimensión de la política, reduciéndola simplemente al engranaje judicial de la mano de su transformación en espectáculo mediático, es alejarnos como sociedad de un futuro en el que se puedan comenzar a saldar algunas deudas que todavía tenemos con esa «madre» tan injuriada llamada PATRIA.
Terminemos con el tiempo en que nuestra política es como el violín: «se toma con la izquierda y se ejecuta con la derecha». Por todo eso: ¡NUNCA MÁS!
Nota: El beso que abrió las puertas del infierno
Fue la señal, como la traición contada en los evangelios.
«A la que yo dé un beso, esa es».
A fines de 1977, en Buenos Aires, el Ángel Rubio besó, una tras otra, a Esther Balestrino, María Ponce y Azucena Villaflor, fundadoras de las Madres de Plaza de Mayo, y a las monjas Alice Dumon y Léonie Duquet.
Y se las tragó la tierra. El ministro del Interior de la dictadura negó que las madres estuviesen presas y dijo que las monjas se habían ido a México «a ejercer la prostitución» (?). Después se supo que las madres y las monjas habían sido torturadas y arrojadas vivas al mar desde un avión. Y el «ángel rubio» fue reconocido cuando los diarios publicaron la foto del capitán Alfredo Astiz, firmando cabizbajo, miserablemente, la rendición ante los ingleses. Era el fin de la guerra de Malvinas, y él no había disparado un solo tiro.
Es que estaba especializado en «otro tipo de heroísmos».

