“El presente libro, cuyo autor es Haroldo Conti, presenta un elevado nivel técnico y literario, donde el mencionado autor luce una imaginación compleja y sumamente simbólica”. Hasta aquí uno podría coincidir, extrañamente, con la apreciación de contenido de publicaciones realizadas por la asesoría literaria del Departamento de Coordinación de Antecedentes de la SIDE de la Triple A de López Rega, en el año 1975. Pero la coincidencia con estos seres despreciables termina cuando agregan que esta bellísima obra “propicia la difusión de ideologías, doctrinas o sistemas políticos, económicos o sociales marxistas, tendientes a derogar los principios sustentados por nuestra Constitución Nacional”, en el legajo 2516L, por lo cual estos verdugos de la imaginación, la belleza y la inteligencia concluyen que, si bien no existe una definición terminológica hacia el marxismo, la simbología utilizada y la concepción de la novela demuestra su ideología marxista sin temor a errores. Con tal motivo, la obra analizada atenta contra los principios sustentados por la Constitución Nacional y, por ende, la Ley 20840, por lo que se propone la clasificación del punto “A”, es decir, se declara el carácter subversivo y peligroso del autor y su obra.
Estos esbirros de la Triple A, más repulsivos en cuanto admiran una obra que señalan para su persecución, son los que contribuyeron con esa infamia al secuestro, la tortura y, finalmente, la desaparición de Conti, un 5 de mayo de 1976, ya en plena dictadura cívico-militar. A los 15 días se reunieron en un almuerzo Videla con Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato, Horacio Ratti (de la SADE, Sociedad Argentina de Escritores) y el padre Leonardo Castellani, bochornoso encuentro en el que Sábato declaró que con “el Presidente hablamos de cultura en general. Hubo un altísimo grado de respeto mutuo… Videla es excelente. Se trata de un hombre culto, modesto e inteligente. Me impresionó su cultura”. Horacio Ratti le entregó una lista de diez escritores que se encontraban a disposición del Poder Ejecutivo y declaró que Videla era un hombre muy comprensivo e inteligente. Castellani, profesor de Conti en el seminario, consiguió la autorización para visitarlo en el campo de concentración donde se encontraba, ya destruido el extraordinario escritor.
Haroldo Conti nació en Chacabuco un 25 de mayo de 1925. Su madre fue Petronila Lombardi; su padre, Pedro Conti, tendero ambulante que en sus recorridos de ventas no dejaba de narrar cuentos e historias a sus clientes, ante los extasiados ojos de su hijo. La vida de Haroldo Conti parece una obra en la que se despliegan todos los personajes: escritor, seminarista, profesor de Filosofía, capitán de barcos, navegante, pescador, piloto de avión con el que sobrevoló el delta, escenario de la creación de muchos de sus personajes, paisaje que lo cautivó y del que ya no se alejaría, y donde vivió y escribió su primera novela, Sudeste, en la que recrea el mundo y los habitantes del Delta.
Escribió cuentos maravillosos y enternecedores, profundos, fantásticos, como “La balada del álamo carolina”, relato poético narrado desde la perspectiva de un álamo que reflexiona metafóricamente sobre la identidad, las raíces, la vida, la comunicación y el valor de la solidaridad en la existencia. Es un cuento bellísimo. En el año 71, su novela “En vida” obtuvo el premio Barral, otorgado por un jurado integrado por García Márquez y Mario Vargas Llosa. En 1975 fue por primera vez jurado en Cuba de “Casa de las Américas”. Rechazó la codiciada beca Guggenheim alegando motivos de coherencia ideológica: “…deseo dejar claro que mis convicciones ideológicas me impiden postularme para un beneficio que —con o sin intención expresa— resulta, cuanto más no sea, una de las formas más sutiles de penetración cultural del imperialismo norteamericano en América Latina…”, respondió a sus “bienhechores” para rechazar la beca.
Mascaró, novela que narra con un notable trabajo del lenguaje, con alegoría y lirismo extraordinario, el viaje del circo del arca que va llevando sueños y tirando ilusiones, despertando conciencias e insurrecciones por diversos pueblos, insurreccionando injusticias, perseguidos sus increíbles personajes por la policía rural, una obra de notable factura literaria, bellísima, fue la pieza que disparó su macabro secuestro. Además, Haroldo, con su militancia revolucionaria, se sabía vigilado y aun así prefirió quedarse en el país. Poco antes de su secuestro, colocó un cartel en su escritorio con una frase en latín que resumía su posición: Hic meus locus pugnare est, hinc non me removebunt (Este es mi lugar de combate, y de aquí no me moveré).
Emocionado por las lecturas de las bellas obras que nos regaló y agradecido por una vida de hombre íntegro, solidario y talentoso, escribí estas palabras que pretenden ser un homenaje para el extraordinario escritor Haroldo Conti:
Palabras para Haroldo
Tu vocación de contar nace de la semilla
fértil
de un tendero que contaba historias
entre las voces profundas de los campos
amarillos de Chacabuco
y los trascendentes títeres del seminario.
Entre árboles y curas te hiciste dueño de las palabras.
La vida es un borrador y la escritura un cuerpo
palabras padre, palabras títeres,
palabras
como monte cerrado,
como río que devuelve nombres.
Con ellas traés a los que faltan
y volvés a pasar por el corazón —recordar es eso—:
juntar otra vez a los amigos,
para dedicarle historias a la tía Haydee,
para que nunca se muera
y para que siempre viva en algún libro de una biblioteca.
Esa idea tuya, bien tuya, que los que están en las páginas
y en la memoria nunca se mueren,
para encarnar, en tu compromiso con ellos,
personajes profundos, sencillos,
del puerto sufrido y de las embarcaciones,
y escribir sus vidas, sus ríos, sus vientos, sus raíces,
y plasmar los signos de tu metejón con el delta,
para revolucionar injusticias con circos
insurgentes y libres,
para rechazar las becas del imperio
y bufarlos de frente
con un desprecio digno, dignísimo, indignado,
para amar tanto Latinoamérica libre y quedarte,
sabiéndote treintamil, endureciéndote, che,
sin perder la ternura, clavado en la cruz
por desprendimiento, por amor al prójimo,
en tu puesto de combate,
del que no te ibas a mover, del que no te moviste,
armado hasta los dientes de teclas,
papeles, palabras, sueños de justicia.
Hasta la victoria siempre.
Ese es el lugar de lucha en el que estás, en el que,
aun,
dicen que muerto,
seguirás en la memoria, vivo, eterno,
porque el que está en un libro, en una biblioteca,
Haroldo,
como la tía Haydee, nunca se muere.
Existe para siempre.

