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¡La feminidad al palo!

En esta parte de la historia de la civilización occidental, el abuso del poder dominante de lo masculino sobre lo femenino se sabía que existía, pero se ocultaba con suma hipocresía, ya sea por miedo al conocimiento social, o a la pérdida de algunas conquistas laborales, o por la cultura del "falso machismo" que se había instalado en nuestro medio y se naturalizaba porque el "hombre" ocupaba los principales estamentos de la sociedad. No hay que olvidar que el prejuicio social era, hasta hace poco tiempo, muy acentuado. Y las digresiones en cuanto, solo en base a presunciones, eran de diversas modalidades de acuerdo a la pertenencia social de la "víctima".

Por: Ricardo Monetta

4 junio, 2026

5:11 pm

Es así que las «negras» se embarazan por un plan, y las rubias por un viaje a Punta del Este. Las casadas son engañadas y las amantes pasan a ser «gatos». También, para la «sociedad», las solteras o independientes son frustradas por falta de marido. Y las amas de casa, engañadoras, desguazadoras de billeteras ajenas.

Las que se operan pasan a ser artificiales sin esperanza, y las que tienen hijos con maridos ajenos son asaltantes de cuota alimentaria. Y así hasta el infinito: los prejuicios siempre las persiguen. Hasta dejan de trabajar para no mediatizar la violencia de género, y las que siguen trabajando usan la violencia de género para hacer «caja». Los dardos envenenados se han disparado contra la mayoría de las mujeres. Y no solo eso: los que dicen que un insulto y un empujón malintencionado son feminazis, y las que se quedan calladas después de una «tormenta» son unas sumisas. Y así podríamos seguir hasta el infinito.

Pero con el tiempo la resiliencia se transformó en resistencia, con la fuerza de un tsunami de guerra, y la visibilidad por los medios comenzó a acorralar al «macho alfa», que empezó a tomar previsiones del riesgo que corría y que empezaba a terminar la impunidad absoluta. Y lo que disminuyó fueron los abusos o intenciones menores, pero aumentó la violencia, ya sea física, sexual y criminal.

¡Fue por eso que esta rebelión, para decir «basta» de tanto atropello, se convirtió en un clamor casi furioso, cansadas de tantas blasfemias modernas contadas al pájaro de Twitter o a las «cloacas sociales» de Facebook!

Las sociedades sin tensiones (también entre mujeres) serían imposibles, inviables, y con los «medios» agarrados con uñas y dientes por «cúpulas masculinas» que no se enteraron de la revolución de las mujeres, que rechazan que manden a todas al «barro mediático», donde se enseña que la peor enemiga de una mujer es «otra» mujer, que pelea por ser la única y no para abrirle la puerta a otras.

El feminismo verdadero, cuando salió de la sumisión y del «machismo» violento, con sus denuncias destapó el velo de las violencias enclaustradas y logró mostrar que la intimidad no es pública y que la violencia en las parejas no es un hecho privado. El amor no es violencia. La pasión tampoco. Pero ni el amor, ni la pasión, ni el sexo son pasiones frías fácilmente manejables.

Todas las formas de amorosidad se construyen, hasta el poliamor, donde la infidelidad deja de ser un puñal y pasa a ser un intercambio sin propiedad privada. Pero toda opción, por más libre que sea, no está libre de angustias, miedos, rencores, celos, dolores, alegrías, anhelos y expectativas.

Las mujeres, en su lucha desigual en esta sociedad machista para escapar del acoso, deben salir de la frivolidad que nos muestra la TV. Los abusadores tienen el privilegio de utilizar el sistema de Justicia para disciplinar a las mujeres, ya sea con denuncias de falso testimonio o por daños y perjuicios a su buen nombre y honor (?), mientras que las víctimas sufren las prescripciones, dilaciones y malos tratos del aparato burocrático judicial.

La violencia de género afecta a todas las clases sociales, pero los violentos de las clases altas, con poder y dinero, son más poderosos para el fuero judicial.

El lenguaje de la vigilancia perimetral y el castigo penal tampoco alcanza en el contexto que plantean los conflictos en términos de víctimas y victimarios; solo se reduce a una acción individual y oculta una matriz opresiva e hipócrita a la que deja intacta.

Por último, para tratar de entender las instancias más profundas de este drama social, no puedo dejar de mencionar al gran sociólogo y pensador Zygmunt Bauman, que decía: «Una sociedad que pierde la noción de responsabilidad moral del individuo por cada uno de sus actos está preparada para justificar desde el más pequeño hasta el mayor de los crímenes»…

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