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Portada / Opinión

Sobre indios y urracas

Una reflexión en el Día del Periodista sobre el papel de la prensa en la construcción democrática, reivindicando a Mariano Moreno, Rodolfo Walsh y otros grandes referentes del oficio, y contraponiendo el periodismo comprometido con la verdad a los medios que actúan como voceros del poder. El cierre de Radio Ciudadana en Concordia y los efectos sociales de las políticas de ajuste y la “planificación de la miseria”.

Por: Sergio Brodsky

7 junio, 2026

11:47 am

Un 7 de junio de 1810, Mariano Moreno funda la Gazeta de Buenos Ayres, el primer periódico de la Revolución, cuyos objetivos eran garantizar el derecho a conocer los actos de gobierno, las medidas políticas y la conducta de sus representantes, al tiempo que constituía un vehículo fundamental de difusión de las ideas revolucionarias, del pensamiento republicano y de la construcción de una identidad diferenciada de la Corona española. Así publicaba por entregas El contrato social, de Rousseau, que hacía leer en las misas dado el elevado analfabetismo de los sectores populares.

Moreno, cuyas ideas tienen una impresionante vigencia, fue el más radical de los revolucionarios y su compromiso con la causa le costó la vida en alta mar, lo que a todas luces constituyó un escandaloso crimen político. El poder mata y no se priva de la crueldad: la calle Mariano Moreno finaliza en el río, como lo recuerda Felipe Pigna, traduciendo el mapa en el que las calles —que parecen ingenuas e inertes arterias— disputan la historia y su interpretación, como lo percibió rápidamente otro gran periodista, Osvaldo Bayer.

La palabra italiana gazeta proviene de gazza, que designa a la urraca, esa ave parlanchina que reparte chismes y noticias que recoge con curiosidad. Aunque de la misma familia, los loros imitan la voz y se limitan a repetir lo que dicen los humanos, sin pensar ni entender, más parecidos a los periodistas de los medios de (in)comunicación concentrados, que reproducen maquinalmente lo que los poderosos les mandan a decir.

Este año, la imagen de un (in)comunicador fue reveladora cuando se filtró la escena en la que se disculpaba con el Presidente y uno de sus colaboradores por haber hecho una pregunta que podría comprometerlo, nada más y nada menos que en el escándalo que lo involucra con una estafa virtual. Esa es la imagen del periodismo que parió la derrota de la Ley de Medios, aquel que, con la potencia abrumadora de su poder oligopólico, marca las agendas y coloniza las subjetividades anémicas de pensamiento crítico que repiten, como loros otra vez, por ejemplo: “Las universidades no se dejan auditar”, “las personas con discapacidad se abusan de las pensiones”, “los jubilados marchan con barras bravas”, por poner algunos ejemplos actuales, y borran del temario los escándalos de corrupción que los comprometen.

Ese periodismo es el que se contrapone con quienes sintieron la satisfacción moral de un acto de libertad al comprometerse con la verdad, aun a riesgo de la propia vida. Particularmente fascinantes son los que produjeron un fructífero maridaje entre la literatura y el periodismo. Hay decenas de ejemplos, desde Martí a Rubén Darío, hasta Hemingway, pasando por Osvaldo Bayer. Periodismo y verdad, narrativa y poesía encontraban fronteras tan débiles como de una enorme potencia estética.

Entre mis preferencias están las aguafuertes y reportes de Roberto Arlt, sobre todo la crónica del fusilamiento de Severino Di Giovanni, un relato de elevada calidad literaria que describe la estremecedora escena de la muerte como espectáculo de la crueldad, que trasciende la noticia y ahonda el clima cultural de insensibilidad que inaugura la década del 30, al destacar a aquellos que salían del baile para concurrir al teatro del crimen, y a los que reían frente a la tragedia:

“…Yo estoy como borracho. Pienso en los que se reían. Pienso que en la entrada de la Penitenciaría debería ponerse un cartel que rezara: ‘Está prohibido reírse. Está prohibido concurrir con zapatos de baile’”.

García Márquez transitó ambos territorios con fronteras porosas, en Relato de un náufrago, por ejemplo, que comenzó siendo una entrevista periodística al héroe del naufragio del destructor Caldas de la Marina de Guerra de Colombia, en la que el sobreviviente deschaba que el hundimiento se debió al peso excesivo de las mercaderías de contrabando de la nave oficial, revelación que bajó del pedestal al protagonista, mandó al exilio al periodista y parió una obra maravillosa.

Pero, sin dudas, el periodista y escritor que navegó en las desembocaduras del periodismo y la literatura, el más extraordinario del siglo XX, fue Rodolfo Walsh. La noticia de que hay “un fusilado que vive” de la masacre de los basurales de José León Suárez, donde son asesinados militantes peronistas por la Revolución Libertadora (desde allí llamada “La Fusiladora”), lo despierta de la modorra apolítica que se entretenía en el juego banal del ajedrez y la escritura de novelas policiales.

La noticia impulsa una investigación que culmina con una obra majestuosa que inaugura un género: la no ficción. Se trata de Operación Masacre. Desde allí, literatura, periodismo y militancia, para Walsh, son prácticas indisociables, cosa que profundiza con su compromiso con la Revolución Cubana, cuando se suma, invitado por Ricardo Masetti, a Prensa Latina, órgano periodístico que intentaba contrarrestar las operaciones mediáticas del imperio norteamericano, y desde la que descifra los cables que informaban sobre la invasión a Playa Girón, hecho fundamental para el desbaratamiento de la conspiración.

Una investigación periodística, esta vez sobre el destino del cuerpo de Eva Perón, motiva una entrevista con Moori Koenig, que finalmente trasunta en el mejor cuento del siglo XX, que titula Esa mujer.

Pero es, sin duda, en la Carta abierta de un escritor a la Junta Militar el trabajo en el que periodista, escritor y militante comprometido se mezclan en un texto de escalofriante actualidad, y por la que, finalmente, es acribillado, secuestrado y desaparecido. Es un documento de denuncia que ya en marzo de 1977, a un año del golpe cívico-militar, revela sus causas y sus métodos. Es a través del terrorismo de Estado que se busca imponer un objetivo trascendente: el empobrecimiento de los trabajadores en favor del capital:

“En la política económica de ese gobierno debe buscarse no solo la explicación de sus crímenes sino una atrocidad mayor que castiga a millones de seres humanos con la miseria planificada”.

Idea de una estremecedora actualidad, que ha dado golpes que la profundizaron en los llamados gobiernos neoliberales. Para lograr la planificación de la miseria necesitan sostener un periodismo cómplice, que responda como loro a sus demandas, vaciado de inteligencia, independencia y pensamiento crítico.

Para eso necesitan acallar y censurar voces críticas, como lo han hecho en Concordia con el cierre escandaloso y antidemocrático de “Radio Ciudadana”, despidiendo, qué duda cabe, a algunos de los mejores periodistas de Concordia, limitando gravemente el acceso a la información pública.

Es la misma lógica con la que reniegan de la verdad poética, el sentimiento y la pasión popular con la que millones reaccionaron a la muerte física, claro, del Indio Solari, quien también dejó claro, en su “carta abierta”, que de lo que se trata aún es de resistir la planificación de la miseria:

Hay un ruido de platos vacíos en la Argentina.

Un sonido áspero.

Como ascensores cayendo dentro de hospitales apagados.

Como tizas partidas sobre pizarrones gastados en escuelas que ya no llegan a fin de mes.

Y mientras desde arriba venden épica financiera con sonrisa televisiva,

abajo la realidad mastica gente.

Los jubilados cuentan monedas.

Como si fueran las últimas balas de una guerra perdida.

Les licuaron la vida despacito.

Primero los remedios.

Después la comida.

Después la dignidad.

La de tener que elegir entre una estufa encendida

o un paquete de arroz.

Y todavía aparecen predicadores del ajuste

diciendo que el sufrimiento era necesario.

Como si el hambre fuese una materia obligatoria.

Como si la angustia pudiera aprobarse con examen final.

Como si ver ancianos buscando ofertas

fuera una variable del equilibrio fiscal.

Los laburantes tampoco llegan.

Corren.

Calculan.

Recortan.

Pero tampoco llegan.

El sueldo dura menos que una luz verde.

Menos que una promesa de campaña.

Menos que un discurso televisado.

Ya no se compra.

Se sobrevive.

La heladera parece una habitación desalojada.

Un escenario después del saqueo.

Un teatro sin actores.

Sin aplausos.

Sin comida.

Y en las calles hay persianas bajas.

Como párpados rendidos.

Hay esqueletos de construcciones detenidas.

Hay fábricas respirando con dificultad.

Hay comercios vacíos.

Donde antes había conversaciones.

Monedas.

Y olor a pan caliente.

La recesión avanza.

Lenta.

Espesa.

Como humo que se mete por debajo de las puertas.

Como hollín pegado en las paredes.

Como humedad que nadie ve

hasta que ya es demasiado tarde.

Y mientras tanto,

los sacerdotes del mercado celebran porcentajes.

Aplauden gráficos.

Brindan por numeritos verdes.

Como si la economía fuera una planilla.

Como si detrás de cada cifra

no hubiera una familia.

Un despedido.

Un comerciante.

Un jubilado.

También le pasaron la motosierra a la educación.

Y a la salud.

Universidades asfixiadas.

Laboratorios vaciados.

Hospitales contando insumos.

Docentes agotados.

Médicos exhaustos.

Trabajadores sosteniendo con alambre

lo que antes sostenía el Estado.

Pero en las pantallas hablan de libertad.

Siempre libertad.

Libertad repetida como una estampita.

Como una contraseña.

Como una palabra mágica.

Aunque millones estén cada vez más presos.

Presos de las deudas.

Del miedo.

De la incertidumbre.

De la desesperación de perder el trabajo.

Y entonces aparece el gran truco.

El más viejo.

El más eficaz.

Hacerte creer que la crueldad es coraje.

Que insultar es gobernar.

Que destruir es sinceridad.

Que humillar es eficiencia.

Que ajustar sobre los cuerpos cansados del pueblo

es una forma superior de verdad.

Hay fanáticos aplaudiendo el incendio.

Mientras el humo les entra por debajo de la puerta.

Hay gente defendiendo verdugos.

Defendiendo cadenas.

Defendiendo golpes.

Porque aprendieron a odiar más

de lo que les enseñaron a pensar.

Y lo más oscuro

no es el hombre que grita desde el escenario.

No es el personaje.

No es el espectáculo.

Lo verdaderamente oscuro

es una sociedad cansada.

Partida.

Enojada.

Lastimada.

Que empieza a acostumbrarse al dolor ajeno.

Que mira hacia otro lado.

Que llama cambio al derrumbe.

Y esperanza a la resignación.

La Argentina no se está quedando sin plata solamente.

Se está quedando sin paciencia.

Sin abrazos.

Sin certezas.

Sin futuro.

Y cuidado.

Porque cuando un pueblo deja de sentir el dolor del otro,

el monstruo ya no necesita gobernar desde arriba.

Ya no necesita uniformes.

Ya no necesita discursos.

Empieza a vivir adentro.

En silencio.

En cada uno de nosotros.

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