
El uso de estimulantes puros -basados en drogas como cafeína y cocaína- se remontan al nacimiento de los tiempos. El arbusto de coca es originario de los Andes, el árbol de la yerba mate también es oriundo de América del Sur. Aunque la cocaína es hija del frío y el mate del calor. Las hojas de ambos ya eran consumidas por los pueblos originarios cuando los españoles “se chocaron” con una tierra que consideraron la India.
Pero resultó ser un Nuevo Mundo “redescubierto” por Américo Vespucio, que, en sus expediciones y viajes por estas regiones, consideró que esta “India” no era la imaginada por Colón y otros europeos colonialistas, extraccioncitas y esclavistas. Era un continente contundente no explorado por culturas no autóctonas hasta que, en el siglo XV, llegaron ellos, los blancos.
En honor del aventurero y suspicaz Vespucio se bautizó a este fértil continente con el nombre de América. La insólita cruzada de Colón, subsidiada por los Reyes Católicos, no solo extendió los límites del poderío y las costumbres de España, sino de Europa en general.
¿Podríamos concebir las pizzas y las pastas italianas si no existiera el tomate, un vegetal originario de América del Sur? ¿O las papas fritas (french fries), aparente producto francés o belga, pero cuya materia prima surgió en los Andes? ¿O la polenta dorada italiana sin el maíz, que es originariamente de las regiones mexicanas? América por todas partes.
No solo encontraron las especies que buscaban, encontraron sustancias. La farmacopea se enriqueció con casi tres mil nuevas drogas provenientes del continente americano. También encontraron costumbres, comidas y bebidas diferentes. El pueblo guaraní les transmitió a los ocupas -entre otras cosas- la cultura del mate. Se bebía como infusión (mate cocido) o absorbiendo agua con yerba. Cuando el consumo se expandió se utilizaron calabaza y bombilla y ¡a chupar, mi amor!
La yerba mate (llex paraguarienses) o hierba de los jesuitas es originaria de Paraguay, de Argentina, y del sur de Brasil. También se sembró con éxito en sierras boscosas de Uruguay. La yerba mate contiene cafeína. El efecto de esta droga es una inyección de energía que posibilita comer menos y rendir más. No produce trances ni alteraciones sensibles, es un fármaco profano que los sectores medios y altos consumen por gusto, y quienes “no llegan a fin de mes” por gusto y necesidad (cuando pueden). Energiza, pero se cree que no nutre. Sin embargo, en este mismo periódico, acaba de aparecer un texto que enaltece las propiedades -constatadas empíricamente- del mate para frenar o demorar la aparición del Párkinson.
Pero regresemos a los conquistadores hispánicos que empezaron a mirar con desconfianza ese brebaje nativo que hasta los brujos bebían. Esa extraña infusión podía competir con los “remedios” de la religión o los yuyos del boticario. ¡Además!, ¡la consumían también los pobres!
No faltaron soplones que vituperaron a la yerba mate ante las autoridades eclesiásticas españolas. Lograron que el mate sea considerado una droga peligrosa. La prohibieron en 1620, incautaban y castigaban a quienes trasgredían. Casi cien años duró la persecución.
En la naturaleza del efecto de tomar mate está también la regularidad. Quienes toman lo hacen varias veces al día y, en general, todos los días. En la Argentina, existe al menos un mate y una bombilla en el noventa por ciento de los hogares, y lo bebe un ochenta y cinco por ciento de la población, entre quienes lo consumen diariamente o por lo menos una vez al mes.
La Argentina, Paraguay y Uruguay se destacan por tener al mate como emblema identificatorio y, en relación con la cantidad de habitantes, contienen el mayor número de materas y materos. Si bien el mayor consumo de mate total, en el mundo, se registra en el sur de Brasil. Solo el veinte por ciento de la sociedad brasileña lo consume. También en Siria se toma mate, introducido por inmigrantes sirios que, enamorados de la estimulante bebida sudamericana, regresaban con ese “oro verde” a sus hogares.
Las mujeres toman más mate que los hombres, los superan en un diez por ciento. Ocurre que tomar mate va mucho más allá de beber una infusión. Se trata de un ritual de sociabilidad, amistad y encuentros que trasciende edades, géneros y clases sociales. Por otra parte, gracias a las propiedades antioxidantes y energizantes produce cierto bienestar corporal y, según las circunstancias, espiritual.
Es una ceremonia comunitaria, aunque también gratifica tomar mate en soledad. Estimula el pensar. El filósofo Rodolfo Kusch (1922-1979) observando a una persona tomando mate en modo contemplativo la compara con una pequeña Sócrates reflexionando en soledad. Todavía hay seguidores de este pensador del tango porteño y de las creencias del noroeste argentino, que se juntan en rondas materas recordando las clases de pensamiento nacional presididas por el filósofo que parecía adelantarse a su tiempo. Sostenía que la categoría básica de nuestra “buena ciudadanía” (gente de bien, diría Milei) consiste en pensar que lo que no es ciudad, ni prócer, ni pulcritud no es más que un simple hedor que solo merece ser exterminado.
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El mate le ganó a la epidemia. Cuando el covid nos había acorralado y en el país y en el mundo todo era dolor, aparecieron los neoliberales (la mayoría hoy ultraderecha libertaria) celebrabando-según ellos- el fin del mate cebado, “esa costumbre asquerosa de los argentinos”, decían los anti pueblo. Pero el mate supo cuidarse del peligro. En la Argentina nadie dejó de tomarlo, simplemente se individualizó durante la pandemia. Desde mi balcón he visto pequeños grupos distanciados en terrazas y jardines. Rondas comunitarias e higiénicas. Por lo general dos o tres mujeres, cada una con su termo y su mate. Pequeñas Sócrates compartiendo temores y haciendo comunidad.
En el año 2013 el Congreso de la Nación declaró al mate Infusión Nacional. La Ley 27.117 dispone que el 30 de noviembre de cada año se celebre el Día Nacional del Mate. La ceremonia del mate es una de las tradiciones argentinas que se mantiene inalterada a través del tiempo. La industria yerbatera y sus ramificaciones, en la actualidad, están conmocionadas por la desregulación libertaria. A pesar de todo, en la Argentina, se consume alrededor de cien litros anuales por personas por año. Contra viento y marea se le rinde culto a la camaradería, mientras se chupa -de la misma bombilla- un sabor amargo que sabe a ambrosía.


