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Racista tú, racista él, ¿racista yo? ¡Racistas ustedes!

Las acusaciones de racismo lanzadas desde sectores de la prensa y del poder internacional contra la Argentina después del Mundial 2026 abren una discusión que trasciende el fútbol y sirven como punto de partida para preguntar quién define qué es el racismo, cómo se construyó históricamente la idea de la "normalidad" desde el eurocentrismo y por qué la identidad mestiza argentina sigue siendo un desafío para las lógicas de dominación cultural y política cuando un pueblo reivindica su identidad y su soberanía.

Por: Veronica Lopez

26 julio, 2026

10:57 am

«El odio es un sentimiento de malestar mezclado con la idea de una causa exterior.»
Spinoza

El Mundial acaba, el equipo argentino pierde el juego final (no es la primera vez), pero extrañamente el pueblo festeja, abraza a sus jugadores, los recibe en cada pueblo donde nacieron con amor y alegría… ¡Alegría! Igual que en el ’90, la final se perdió, pero aquellos jugadores fueron recibidos como campeones. Hace poco decía «el Goyco», arquero de aquella selección de 1990: «Muchas veces me piden fotos, y los padres les dicen a sus hijos: ‘Él fue campeón del mundo’; y yo me río; no fui campeón del mundo». Pero para la memoria histórica de aquella generación lo fue; ¿qué importa el título?, lo que importa es el honor. Y el honor, esta selección de fútbol de 2026 lo ganó en la semifinal, cuando levantó y vitoreó la bandera que reza: «Las Malvinas son argentinas». ¡Qué irreverencia la de un país del fin del mundo!

Una bandera, un grito y miles festejan. El poder imperial no lo entiende (o sí) y se llena de miedos. El poder, que ha logrado que este pueblo se entregue, baje sus brazos y se convenza de que «somos un país de mierda», justo cuando está adobado como asado para tirar a la parrilla, ve venir a un grupo de irreverentes que nos recuerda quiénes somos. Entonces reacciona con virulencia y, sobre todo, apela al odio, tira con toda la munición mediática posible y nos llama «racistas». El país más racista del mundo, dicen.

La población argentina es mestiza. Mestiza de todo mestizaje; no hay país más mestizo que este. Las olas inmigratorias tienen, todas, identidad propia: siglos XVI al XVIII, las de la conquista y colonización; siglo XIX, las de la «tierra prometida»; siglo XX (las dos guerras mundiales), las de las huidas del hambre y la muerte. Siempre se habló del dolor de los inmigrantes al dejar atrás sus tierras, sus familias y su historia, pero poco se habla de ese sentimiento lastimoso de los hijos de aquellos, que no eran ni de aquí ni de allá, o, contrariamente, de ese sentimiento de orgullo de ser de aquí y de allá, también. Los grandes patriotas de nuestra historia son hijos de inmigrantes; las grandes mujeres (muchas veces olvidadas) no solo son hijas de inmigrantes, sino que parieron aquí, como quien fecunda la tierra y la hace florecer. Los hijos e hijas de nativos y nativas (sobre todo nativas), que desde tiempos ancestrales vivían por estos lejanos lugares geográficos, mestizados con gringos, dieron a luz a los compadritos y el lunfardo, al tango y al folclore, al rock nacional y a la cumbia villera.

El concepto de «otredad» es una idea que proviene del campo de la antropología, que tiene como objeto de estudio al «otro», el diferente, el que no es igual a un modelo establecido. ¿Qué modelo? El modelo étnico europeo. Cuando Europa descubre que no son los únicos y que otros mundos habitan la Tierra, instala el parámetro de lo normal. ¿Qué es lo normal? Ser blanco. Pero esto además abarca otros campos infinitamente más complejos. Lo «normal» también es ser monoteísta, cristiano, propietario de la tierra, burgués, monógamo y patriarcal; es considerar a la ciencia como única verdad posible; es ser liberal político y económico; es considerar que la única forma de organización social y económica es el Estado nacional. Ese modelo de «normalidad» lo impusieron los europeos y tiene un nombre: eurocentrismo. ¿Racista yo?

Así, Europa diseñó los parámetros de lo que es «nosotros» y lo que son «los otros». Entonces, los otros —los negros, amarillos, marrones, aborígenes, con organizaciones sociales comunitarias, con ciencias no racionalistas, con sistemas económicos colaborativos, politeístas, poligámicos— quedaron afuera del nosotros y, por lo tanto, se transformaron en peligrosos; y como eran peligrosos, había que dominarlos. Pero los «otros» osaron defenderse y entonces los transformaron en agresivos; por lo tanto, había que masacrarlos, castigarlos, encarcelarlos.

Europa no solo categorizó, sino que se autodesignó convertidora del mundo al «nosotros», con la loca idea de que esos «otros» querían ser convertidos. Lo llamó civilización. Fue así hasta que Europa se dio cuenta de que, siendo «otros», le otorgaban un beneficio económico y que colonizar esos territorios (manteniendo la otredad) les sería de mucha utilidad. ¿Racista tú?

A partir de allí comenzó el largo peregrinar de los «otros» en pos de sostener sus raíces, su cultura, su ideología, su organización social, su independencia económica y su soberanía política. Paulatinamente, los «otros», que en un principio eran mayoría, se transformaron en «las minorías»: los negros, los sudacas, los gays, las mujeres, los pobres, los obreros y cientos de diferentes que nunca colmaban las expectativas de los normales; no eran lo suficientemente capaces para gobernarse y pronto Europa, y su mejor alumno, Estados Unidos, se transformaron en imperialistas. ¡Racista él!

Argentina recibió a los negros africanos, esclavizados por inmigrantes europeos, y les otorgó la libertad de vientres, incorporó la música, los bailes y los mestizó con todos los otros provenientes de diversos lugares del mundo. Por eso los músicos, los escritores, los actores y actrices, la cultura misma, son ricos en expresiones que deslumbran al mundo. Hasta nuestra biología es rica en ADN, otorga físico y destreza en todos los deportes. Pero lo más rico de todo es nuestro sentimiento de argentinidad, ese que desde el imperio no se puede comprender, común y único entre tanta diversidad.

Oportunas son las palabras del historiador Rodolfo Alonso:

«…la verdadera patria de cada hombre está en su infancia. Y eso coincide exactamente con mi propia idea de patria abierta, solidaria y fraternal, dispuesta frente al mundo en actitud cordial, y que se opone, por lo tanto, al concepto de patria encerrada en sí misma, a la defensiva cuando no belicosa, y que contempla al planeta como guarida de potenciales enemigos cuando no como ajeno dominio o presa a conquistar. (…) La identidad de los argentinos, lo que llamamos identidad cultural, social, la identidad humana concreta, completa, a la vez individual y social (…) está inexorablemente entretejida, por acción o colisión, con este asunto. (…) Yo no creo en absoluto que el amor a la patria, el tan mentado nacionalismo, sea fuerte cuando un conquistador se impone, cuando es xenófobo (…) Una identidad cultural, social, nacional, comunitaria, es fuerte cuando es capaz de convivir libremente con otras sin perder la propia y enriqueciéndose con ello.»

Las comunidades en nuestra cultura. Revista Todo es Historia, N.º 344.

En la actualidad estamos ante una nueva embestida colonizadora, no ya de Estados nacionales fuertes (como lo fueran otrora España, Portugal, Francia e Inglaterra), sino de poderes supranacionales, ultrafinancieros, que tienen el sueño húmedo de dominar la totalidad de la población mundial para explotar los recursos de la naturaleza, al extremo de exprimirla hasta que estalle en mil pedazos y puedan habitar sus búnkeres en algún lugar del espacio exterior.

Las herramientas tecnológicas y comunicacionales son las más efectivas; la IA y los algoritmos que estimulan la confrontación son el equivalente al caballo y las armas de fuego con las que dominaron América, África y gran parte de Asia. Los pueblos fueron sorprendidos con armas que desconocían, pero pronto aprendieron a dominarlas, a fabricarlas, las incorporaron a su vida cotidiana, las resignificaron (como al caballo, tan amigo y tan amado por el gaucho) y con ellas aprendieron a resistir. Es tiempo de amigarnos con las nuevas herramientas, es tiempo de conocerlas, resignificarlas, usarlas a nuestro favor, mostrarles que toda arma es tan solo una herramienta, que puede destruir, pero también construir.

Lo que pasó en el mítico partido de 1986, cuando un simple mestizo del sur más sur, acompañado de diez mestizos más, mostró al mundo que hay belleza y justicia en la trampa y también en la destreza, llevó a poblaciones enteras (como Bangladesh), en otro lugar del planeta, a pensarse dignas de tal respeto.

Este 15 de julio de 2026 también pasará a ser mítico, cuando otros mestizos del sur más sur levantaron el irreverente trapo «Las Malvinas son argentinas», manto blanco que se extendió hasta las más inexplicables regiones que ningún algoritmo pudo detectar y abrazó a todos y todas. ¿Racista yo? ¡Racistas ustedes! No por soberbia, sino por miedo.

Verónica López
Lic. en Cs. de la Educación.

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