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Un día como hoy: Esa mujer (1) , esos hombres y nosotros

En la coincidencia de tres fechas del 26 de julio —la muerte de Eva Perón, la de Roberto Arlt y el nacimiento político de Fidel Castro con el asalto al Cuartel Moncada— se entrecruzan la memoria, la literatura y la lucha por la justicia social. Un recorrido por figuras que, desde distintos lugares, desafiaron al poder y cuyo legado continúa interpelando el presente.

Por: Sergio Brodsky

26 julio, 2026

11:27 am

Hay fechas, como la de hoy, 26 de julio, que congregan y evocan acontecimientos significativos de la historia. En 1952 muere Eva Perón, una mujer excepcional que luchó con su cuerpo, su alma y su vida por los pobres y los trabajadores argentinos, sus cabecitas negras, por los vulnerables, los ancianos, los niños y las mujeres. Una mujer que concitó un enorme amor de su pueblo y un odio semejante por parte de una oligarquía racista (2), clasista y discriminatoria que, aún hoy, intenta borrarla de la memoria, ocultando sus cuadros y su legado, como si una pasión tan descomunal por la justicia social pudiera esconderse y no viviera siempre palpitante en el corazón de quienes la amaron y la aman.

Es que la práctica del ocultamiento, de la prohibición, ha sido la táctica fallida del poder que atraviesa nuestra historia, desde el exterminio de indígenas y afrodescendientes hasta las desapariciones de la última dictadura militar, pasando por masacres y fusilamientos de obreros. Desde la censura del Himno Nacional por Julio Argentino Roca, en las estrofas que celebran el triunfo de la independencia sobre el Imperio español y en las que reconocen la participación de los pueblos originarios en las luchas revolucionarias; pasando por la supresión del lunfardo y las letras de tango, hasta la incineración de los libros y la cultura durante la dictadura genocida; desde el veto actual del trapo que reivindica la soberanía sobre las Islas Malvinas durante el Mundial de fútbol, en el preciso momento en que la foránea explotación de petróleo las convierte definitivamente en un enclave colonial y en el que el Congreso se apresta a vender la Patria bajo la ley de extranjerización de la tierra, la prohibición que apuntó a la Abanderada de los Humildes, mediante decreto de la autodenominada “Revolución Libertadora”, de nombrar a Perón, a Eva y a los símbolos peronistas, se agregaría simplemente a la larga lista si no incluyera el secuestro, la vejación y el ocultamiento de su cuerpo, máxima expresión de la saña y del odio hacia aquello que intentaron, y aún intentan, desaparecer, bajando cuadros e imágenes que solo agigantan su figura y su legado.

Sucede que Eva Perón, en un momento en que el ajuste, la desigualdad, la destrucción de los derechos de los trabajadores y de la justicia social, la miseria de los niños y de los jubilados son, para los poderosos, una imagen indigerible, es además una bandera siempre presente para los que luchan contra la opresión y la ignominia, por lo que nunca desfallecerá en el olvido: vivirá siempre en la carne y en el espíritu de los que luchan y de los que aman.

Un 26 de julio, pero de 1942, se recuerda también, para los que amamos la literatura, la muerte de Roberto Arlt, un escritor demasiado tiempo maldito e ignorado por la academia argentina. Es que, si Eva rescató desde la política y la justicia social a los pobres y marginados, Arlt los trajo a la luz en un contexto en que la élite literaria los excluía de sus temas y textos. No solo rescató su realidad social, su mundo y los incluyó en la literatura, sino que también lo hizo con su lenguaje, con el lunfardo, con el idioma de los argentinos.

Arlt no solo fue un genial novelista (3), cuentista y dramaturgo, sino que además, como periodista, brilló en un género muy particular con el que descolló en las columnas del diario El Mundo: un particular cuadro de costumbres conocido como Aguafuertes porteñas. Una descripción cruda y realista de la realidad social y política que algún distraído puede creer escrita en la actualidad cuando describe, por ejemplo, «La tragedia del hombre que busca empleo» o «Las condiciones para ser diputado» (4), aguafuerte en la que, sin vueltas, expresa:

“Aspiro a ser diputado, porque aspiro a robar en grande y acomodarme mejor. Mi finalidad no es salvar al país de la ruina… sino que deseo contribuir al trabajo de saqueo con que se vacían las arcas del Estado. Robar no es fácil, señores; se necesita ser un cínico perfecto… y un traidor, y yo lo soy, señores… saber venderse oportunamente… en estos tiempos, que vender al país al mejor postor es un trabajo arduo e ímprobo…”.

La descripción sería una simple ironía si no reflejara, como en los años 30, las actuales sospechas que pesan sobre los legisladores con su voto desvergonzado de leyes antipopulares, como la Ley Bases, la reforma laboral o la que se prepara en el Congreso de la Nación para legitimar la extranjerización de las tierras o, en nuestra provincia, la reforma previsional que destruirá definitivamente a los trabajadores activos y pasivos, golpeando nuevamente sobre los sectores más vulnerables de la sociedad.

Por último, en esta fecha tan particular, un 26 de julio nace un hombre destinado a cambiar la historia del siglo XX. Nace, en realidad, como acto político en el ataque al Cuartel Moncada contra la dictadura de Fulgencio Batista en Cuba. Un 26 de julio de 1953 nace políticamente un hombre llamado Fidel Castro, primer acto fundacional de un movimiento que culmina en una revolución. Una revolución socialista, una revolución humanista que luchó por una sociedad igualitaria, justa, una nueva humanidad en la que la solidaridad, la vida y el amor sean valores tan fundamentales que, aún hoy, resultan inasimilables para el Imperio que la asfixia, la bloquea, porque le muestra, le exhibe a pocas millas de sus fauces, que la guerra y la destrucción, la violencia y el odio del capitalismo no representan al Hombre, a lo más elevado del ser humano, y que otro hombre, el hombre nuevo, lo han llamado, es posible.

(1) Esa mujer es un cuento en el que Rodolfo Walsh describe la entrevista de un periodista a Moore Koenig, el coronel que secuestró el cuerpo de Eva Perón. Desesperado, pregunta al siniestro militar el destino y el paradero del mismo. En ningún momento del relato se nombra a Eva, elipsis que, además de constituir un recurso literario, evoca la prohibición que de su nombre hizo decreto la autodenominada “Revolución Libertadora”.

(2) Hoy que se debate el “racismo argentino”, habría que aclarar que, amén de la paradoja de que quienes lo proclaman representan países que han construido sus riquezas con el sometimiento a la esclavitud de los africanos, en una sociedad heterogénea como la nuestra hay quienes tienen claras actitudes discriminatorias y de odio de clase y quienes, como en el caso de Eva, han estado del lado de los “cabecitas negras”. El racismo es un tema demasiado complejo para tratarlo aquí, pero en ambos casos es una teoría que intenta siempre justificar la explotación inhumana y la expoliación de los pueblos al definirlos como inferiores.

(3) Este año, precisamente, se cumple el centenario de El juguete rabioso, la primera novela urbana escrita en nuestro país, maravillosa novela iniciática que describe la vida y las frustraciones de un joven que no encuentra oportunidades en una sociedad que lo margina. Asimismo, su obra consagratoria, Los siete locos, parece, en la conspiración con la que aspiran a gobernar, en el contexto del nacimiento del fascismo, un grupo de fisurados financiados por una cadena de prostíbulos gerenciada por el Rufián Melancólico, una descripción ficcional del momento estrafalario que configura el contexto político y social actual.

(4) Aguafuertes porteñas. Roberto Arlt. Editorial Reysa.

Sergio Brodsky

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