Y los mismos que promueven el «emprendedurismo» o le cantan alabanzas a las pymes, o incluso aplauden la evasión y el no pago de impuestos, no solo destruyen la economía interna del país —la que permite que tales emprendimientos sobrevivan—, sino que les escamotean a los ciudadanos una jubilación digna, pagada con años de trabajo y de impuestos por la vía del consumo.
Mi vieja terminó en el Hospital Larcade de San Miguel, donde médicos y enfermeros hicieron lo que pudieron, que no era mucho ante el vaciamiento presupuestario que sufre un hospital que parece emplazado en una zona de catástrofe. Muy lindos los corredores aeróbicos, el asfalto y los Ojos en Alerta que pone la Municipalidad para apuntalar los negocios inmobiliarios, pero es en el hospital donde falta guita, donde falta personal, donde faltan insumos.
Porque mi vieja fue víctima de la burocracia del PAMI, vaciado y mil veces vaciado por motosierras actuales o pasadas. Porque ni siquiera logramos conseguirle los estudios que necesitaba para saber qué tenía hasta que fue demasiado tarde. Porque mi vieja podría haber vivido varios años más, ver a mi hijo terminar la secundaria, disfrutar de su vejez, pero fue víctima del saqueo cada vez más grave que viene sufriendo el país. Y lo peor es que millones de argentinas y argentinos están corriendo o correrán la misma suerte.
Por todo eso, la voy a extrañar a mi vieja, honrando su memoria en la lucha contra este vaciamiento. Hasta que nadie más tenga que pasar por lo que pasó ella. Hasta que nadie más tenga que pasar por lo que pasamos con mis hermanas. Como lo hago desde hace 27 años, y lo haré todo el tiempo que sea necesario.”
Es en estas microhistorias donde se puede leer la historia completa. La historia de vida y muerte de la mamá de Luis describe toda una realidad social y económica del país actual. Pero también una concepción cultural del lugar que se le otorga a la mujer trabajadora.
La “vieja” de Luis no es una mujer más; es el prototipo de mujer mayor de 70 años de un país donde los derechos de las mujeres se conquistaron mucho después que los de los varones; trabajadora y ama de casa, cumpliendo siempre con sus deberes ciudadanos, pero ninguneada a la hora de recibir el vuelto de su aporte a la sociedad.
La historia argentina nos muestra, en estas microhistorias, infinidad de ejemplos donde las mujeres que hacen grandes aportes al desarrollo y al orden social son empequeñecidas, desdibujadas y ocultadas para negar su rol en la organización de la comunidad.
Imaginemos la Buenos Aires de principios del siglo XIX sin las lavanderas negras y mulatas. Una Buenos Aires que, de por sí, era chata y poco higiénica; más lo hubiera sido sin ese ejército de mujeres que día a día se encolumnaban a orillas del río a lavar la ropa de las señoras y señoritos de la sociedad porteña.
El escritor Guillermo Hudson las describía así:
“…a todo lo largo de la costa, las mujeres, en su mayoría negras, se arrodillaban al lado de los charcos, fregando y batiendo enérgicamente las piezas de vestir confiadas a ellas. Las negras, excesivamente chillonas, me recordaban con su parloteo mezclado con gritos y carcajadas, al revuelo que promovían, sobre las lagunas (…) ruidosas aves acuáticas. Aquella admirable e invariable escena animada me hizo ir allí una y otra vez. Encontraba, no obstante, que era necesario andar con prudencia entre esas mujeres (…) Poco a poco descubrí que sus mayores enojos y peor lenguaje lo empleaban cuando ciertos jóvenes de la alta sociedad visitaban el lugar para divertirse provocando a las lavanderas. Los jóvenes se paseaban a su alrededor de modo displicente. De pronto iban hacia un camisón bordado o alguna prenda delicada (…) se detenían junto a ella y, con inaudita calma, procedían a sacar y encender su cigarrillo. Instantáneamente, una hombruna y nada ceremoniosa negra se ponía de pie y enfrentaba al audaz, desparramando un sinfín de las más sucias y mortales maldiciones. El joven, con pretendida cólera, replicaba en lenguaje aún peor, lo que daba a ella más bríos (…) hasta que los combatientes quedaban exhaustos e incapacitados para inventar nuevas y más terribles expresiones con que insultarse. El ofendido joven terminaba por patear briosamente las ropas y luego, tirando el inconcluso cigarrillo a la cara de su adversaria, se retiraba arrogante.”
Otra microhistoria denota que cambian las épocas, pero no cambian las concepciones que tienen ciertos sectores sociales sobre otros. Mujeres que trabajan, pero que son totalmente ninguneadas, abandonadas a defenderse solas; lo fue en el siglo XIX y lo sigue siendo ahora, porque morir en un hospital sin insumos es la representación simbólica del cigarrillo tirado a la cara de la lavandera.
El imaginario social sobre las mujeres trabajadoras, que no merecen más que ser consideradas despojo cuando dejan de servir, se construyó desde los albores de nuestra historia.
Hacia 1830, Buenos Aires tenía más de 60 mil habitantes; más de un cuarto de esa población era negra o mulata. Son los reales y verdaderos antepasados de quienes continúan, mayoritariamente, habitando los suburbios o el llamado Gran Buenos Aires. El escritor José Wilde ofrece otras microhistorias que, con tono pintoresco, comienzan a construir el pensamiento social sobre las mujeres negras y mulatas, en su libro Buenos Aires, desde 70 años atrás (1880), cuando las describe de la siguiente forma:
“Las negras, tan bien cuidadas, tratadas con tanto cariño por sus amos, y más tarde por sus patrones, y que habían sabido generalmente corresponder con tanta lealtad y afecto a los bienes que se les prodigaba, llegaron también a tener su página negra… vino el tiempo de Rosas, que todo lo desquició, que todo lo desmoralizó y corrompió, y muchas negras se rebelaron contra sus protectores y mejores amigos. (…) Se hicieron altaneras e insolentes y las señoras llegaron a temerles tanto como a la Sociedad de la Mazorca.”
Podemos observar cómo se construye el concepto social sobre las que luego serían las empleadas domésticas del siglo XX. Quienes eran bien conceptuadas en tanto sumisas y explotadas, pero apenas encontraban quien les diera voz, como lo fue en su época Evita o, más recientemente, Cristina Fernández, crecían los epítetos de desprecio.
Adjetivaciones que no nacieron a mediados del siglo XX ni durante el kirchnerismo, cuando se les reconoció el derecho a jubilarse a millones de mujeres trabajadoras que nunca habían entrado en el sistema de la seguridad social. No, no fue allí donde nacen los calificativos sobre “las negras”, como suelen llamarse a las mujeres de barrios urbano-marginales que trabajan como empleadas domésticas, de comercio o en servicios de limpieza en empresas y bancos. No es casualidad que se les llame “negras”, a las que se les agregó el “mierda” más recientemente.
El historiador Paul Groussac, hacia la primera década del siglo XX, cuando el Estado nacional y la construcción cultural estaban bajo el dominio de la más rancia clase oligárquica agroexportadora, escribía:
“…entre tantos factores circunstanciales y adventicios como ambición, envidia, temor, codicia, vanidad, etc., el más vivaz e irreductible era el añejo rencor de la plebe por toda la aristocracia, la sed de represalias contra el patrón, que ardía en el esclavo y el liberto: la sorda reacción de la sangre negra en presencia de la sangre azul. Hizo de esta pasión vindicativa el eje central…”
Como se puede ver, no solo subyacen en el linaje originario de quienes fueron la porción servicial al momento de nacer las oligarquías el sentido de responsabilidad y cumplimiento de su laborioso trabajo, sino también la fortaleza para resistir y defenderse. Las negras, antepasados de las “negras” de hoy, que, con el tiempo, se fueron confundiendo con la inmigración latina o la misma migración interna, cuando las grandes ciudades atraían a trabajadores con el crecimiento industrial y muchas de sus esposas eran empleadas domésticas de la clase media ascendente y la clase alta, estas —originarias en su mayoría— también cayeron bajo el calificativo de “negras”.
Pero también subyace en el inconsciente del otro linaje, el sector medio progre o medio alto y alto, la idea de “envidia, rencor, codicia y sed de represalias contra el patrón”. Esto justifica el ninguneo y el maltrato a la mujer trabajadora.
El desprecio por las mujeres trabajadoras nació casi con la misma nación argentina. Las microhistorias son una foto que pone en escena todos los aspectos relevantes de la historia general y muestra el lugar que ocupa cada uno. No es un recorte del momento, ni son las redes sociales que circulan hoy; son los hilos que construyeron el tejido cultural y social de la argentinidad.
Morir en un hospital sin recursos, con una jubilación mínima, es apenas una expresión más de cómo concibe la sociedad a las mujeres “negras” (ayer, marrones hoy), pilar significativo para el crecimiento de la nación.
Verónica López
Lic. en Ciencias de la Educación


1 comentario
Eduardo
Excelente descripcion de una realidad pasada y presente