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Portada / Concordia, Opinión

Con Roca, sin pan y sin trabajo

Está más que claro que los vecinos no quieren el nombre de un genocida para una avenida de la ciudad. Si así no fuera, hubieran acudido a una consulta popular. Pero no: los concejales oficialistas y sus aliados de La Libertad Avanza prefirieron la imposición de la designación de la Costanera Nébel con el nombre de Presidente Julio Argentino Roca. Por eso, hoy, domingo 28 de junio, desde las 14 horas, nos encontramos para "Leer por la Nébel", en el espacio verde de la Costanera Nébel, entre Echagüe y Néstor Garat, en repudio a la sanción del Concejo Deliberante. Actividad participativa y abierta a toda la comunidad.

Por: Sergio Brodsky

28 junio, 2026

11:10 am

Sin dudas, son consecuentes, porque la ideología del «Zorro» los representa. Es por liderar el «proceso de organización nacional», que consistió en un genocidio de pueblos originarios, el reparto de tierras a la oligarquía terrateniente y a los ingleses, la consolidación de un modelo agroexportador semicolonial, dependiente, la explotación y la miseria del pueblo trabajador, que lo premian.

Para lograrlo fue necesaria la «Conquista del Desierto», contrasentido de lo que fue, en realidad, su creación. Es absurdo conquistar un desierto; lo que realizó Roca fue despoblarlo, producir el desierto exterminando indígenas, desertificar sus tierras para que las apropiara la oligarquía nacional y extranjera. El costo fue el genocidio de los pueblos originarios.

Los indios fueron torturados, secuestrados y asesinados. Fueron forzados a trabajar, como mano de obra esclava, en la producción en diversos lugares del país. Otros fueron encerrados en el campo de concentración de la Isla Martín García, donde morían apaleados o víctimas de las ratas y la viruela. Sus familias fueron desmembradas porque, si ese era el destino de los hombres, las mujeres fueron obligadas a servir en las casas de las familias pudientes y los niños, apropiados. Ese fue el reparto de Roca: de tierras y de humanos.

De un proceso de organización a otro de reorganización nacional. De un genocidio a otro; en el medio, la desmemoria. De un proceso de organización nacional a otro de reorganización nacional; de Roca a Videla, la repetición de la tragedia solo es posible por el ocultamiento, el silencio y la invisibilización de la historia. Los objetivos y los métodos fueron los mismos. Los mismos crímenes de lesa humanidad. La misma corrupción.

Ataliva Roca, el hermano de Julio Argentino, fue un corrupto tan emblemático, en coimas y apropiación de tierras —las migas que la oligarquía entregaba a los serviles—, que nada menos que Sarmiento acuñó el neologismo verbal «atalivar», como sinónimo de robar y coimear. Hoy podría actualizarse a «adornar», verbo más adecuado en su significación. Fin.

La desmemoria es una pedagogía activa, como bien lo refiere Marcelo Valko en su extraordinaria obra Pedagogía de la desmemoria (Ediciones Continente). La reconstrucción de la verdad histórica no solo requiere de la lectura de libros tan contundentes, tan documentados como el de Valko; necesita, además, de la disputa simbólica en calles, plazas, monumentos y muros.

«Mejor un Mayo Francés que un Julio Argentino», estalla una pared en 2001. Condensa, en su escritura sobre un monumento a Roca, los sentidos plenos de dos modelos ideológicos contrapuestos. El realismo de pedir lo imposible, la creatividad, la igualdad, la fraternidad y la libertad de veras —las del pueblo—, la imaginación al poder, versus la oligarquía, la miseria, el ajuste, la desigualdad, la explotación del hombre por el hombre y la represión.

Fíjese qué actual es la historia. Mire si no será necesario repudiar la designación de Julio Argentino Roca para un espacio tan bello como la Nébel, aun con la sospecha de que la intención sea desviar la atención de los hechos tan graves que nos agobian, no tan distintos de los producidos por Roca.

No es solo un ejercicio de justicia histórica lo que necesitamos; es comprender que la historia habita en el presente y late en nuestro destino. Porque no es casual que los concejales reivindiquen a un genocida. Al hacerlo, reivindican también —lo dijo explícitamente el Presidente de la Nación— una época y un modelo. Ni más ni menos que aquel que pintó Ernesto de la Cárcova en 1894 en su cuadro Sin pan y sin trabajo, en el que, a través del arte —esta vez, otra forma de contar la historia—, denuncia la pobreza, el desempleo y la desigualdad que inaugura el modelo agroexportador oligárquico.

Ese que comparte el gobierno local y sus concejales, que consiente la miseria, que genera, sin escándalo, sin vergüenza y sin culpa, que vecinos revuelvan la basura para no morir, o para morir más lentamente; que produce desocupación; más aún, que despide trabajadores y ni siquiera los recibe para darles una respuesta, sino que se esconde detrás de las vallas policiales.

Ajuste, miseria, represión para el pueblo, riquezas concentradas en pocas manos, desigualdad social: ¿cómo no van a admirar a Roca?

Además de la pintura de Ernesto de la Cárcova, simultánea con los viajes que la aristocracia argentina hacía a Europa llevando sus vacas en los barcos para asegurarse la leche fresca —de allí nace el dicho «tener la vaca atada»—, está el Informe sobre el estado de las clases obreras argentinas, profunda investigación realizada por Bialet Massé, precisamente solicitada por Julio Argentino Roca al final de su último gobierno, en 1904, en la que reveló la explotación brutal a la que eran sometidos los trabajadores argentinos, con jornadas extenuantes e inhumanas y paupérrimas condiciones de vida.

Es interesante leerlo para apreciar con claridad la injusticia y la desigualdad esencial del modelo de organización nacional construido por Roca y su generación.

Durante el genocidio de los pueblos originarios, los indios capturados eran exhibidos y humillados en Buenos Aires antes de ser esclavizados o enviados a Martín García, a una muerte segura; sus mujeres, entregadas a las familias aristocráticas para la servidumbre; sus niños, apropiados. Era una muestra del poder del Estado represor y del Ejército, un tiro por elevación para los inmigrantes que comenzaban a convertirse en la nueva amenaza para la oligarquía.

Aquella que, en 1902, otra vez durante el gobierno del héroe de la aristocracia y sus serviles, dio origen a la Ley de Residencia, que autorizaba al Poder Ejecutivo a expulsar del país a extranjeros sin juicio previo si se consideraba que comprometían la «seguridad nacional» o «perturbaban el orden público». Cualquier relación xenófoba con la actualidad no es pura coincidencia. Al revés, es un viejo asunto, como tituló Juan Gelman el poema al que hacemos referencia y del que vamos a traer su final. El resto lo compartimos a las 14 en la Nébel.

UN VIEJO ASUNTO

…queda prohibido para el extranjero,

Jornalero, albañil, bracero o pobre,

Pedir aumento de salario, unirse,

Luchar por su camisa, el delantal,

La cuchara, el repollo, los manteles.

Tiene permiso para sufrir hambre,

Golpes y lágrimas, humillaciones,

Como los chinos de esta sucia tierra.

Puede olvidar de a poco que es un hombre,

Y si lo recordase, hereje, bárbaro,

Archívese, publíquese y devuélvase

Encadenado a su lugar de origen.

Esta es la ley, célebre por su número,

Odiado, maldecido; esta es la ley

Clavada está en el medio de mi pueblo,

Todavía golpea en lo más puro.

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