En la madrugada del 23 de junio, el joven Franco Matías Javier Oscari, de 26 años, fue detenido en su casa del paraje Las Goteras, a 50 km del municipio de Palma Sola, en el departamento Santa Bárbara, Jujuy. El joven campesino envió un mensaje al perfil personal de Patricia Bullrich, haciendo mención sobre la desproporcionada violencia con que se están realizando desalojos de familias originarias en territorios del norte jujeño, donde corporaciones internacionales están interesadas en la explotación de minerales. El joven, que vive en un paraje totalmente aislado, culminó la escuela secundaria siendo abanderado, formó su familia y convive en el paraje de forma comunitaria, como lo hicieron sus ancestros por miles de años.
Son muchas las organizaciones que se han pronunciado a favor de la libertad de Franco Oscari. Entre ellas, la Asociación de Docentes e Investigadores de la Universidad Nacional de Jujuy, cuyos integrantes manifestaron su «profunda preocupación frente a cualquier acción que implique criminalización de la expresión de ideas, la persecución por manifestaciones públicas o el uso de mecanismos estatales que puedan afectar derechos y garantías fundamentales».
Campesino y joven, se atrevió a escribirle, vía una red social, a la senadora Bullrich, quien, en asociación con el juez Lijo, lo manda a escarmentar, privándolo de su libertad y obstaculizando su derecho a la defensa, dado que fue trasladado primero a Jujuy, luego a Salta, posteriormente a Tucumán y nuevamente a Jujuy (sin que nadie supiera su paradero por varios días), desde donde el juez Lijo pretendía su traslado a Buenos Aires. Al momento de esta nota, el juez federal de Jujuy, Esteban Hansen, hizo lugar al hábeas corpus presentado por las defensoras, ordenando el retorno a la capital jujeña, donde permaneció detenido hasta la noche del viernes 3 de julio, cuando (luego de recibir el informe sobre el análisis del teléfono celular) se dispuso su libertad por no haber pruebas. Pero, aun así, continúa procesado por el único delito de haber expresado a la senadora su disconformidad.

Franco Matías Oscari
La historia oficial argentina siempre se tiñó de héroes, mayoritariamente pertenecientes a las Fuerzas Armadas y varones. Pero la otra historia está contada con microhistorias que, una y otra vez, tratan de ocultarse, porque toda microhistoria muestra la macrohistoria del pensamiento dominante en cada época, el rol que ocupan quienes ostentan el poder, cómo lo ejercen y qué lugar les otorgan a los hombres y mujeres que, desde sus pequeñas acciones, construyen el país.
Recientemente, en nuestra ciudad se aprobó el nombre de Julio Argentino Roca para la avenida que costea la bella playa Nébel. La historia oficial nos habló de «conquista», de un general heroico que «enfrentó» malones e incorporó territorio «desértico». Pero detrás de esta historia están las microhistorias, que una y otra vez buscan hendijas para filtrarse en la memoria de la argentinidad.
Aquel Ejército se conformó no con la pasión auténticamente libre de los ejércitos independentistas, sino con la violencia de la Ley de Levas, que arbitrariamente recaía sobre el habitante pobre de la campaña que no poseía papeleta de conchabo (trabajo por casa y comida para un patrón). Este ejército, además, ofrecía sueldos insignificantes, que casi ni llegaban, y poca o casi nula comida. La forma en que se vivía en los fortines era paupérrima y, como si esto no fuera suficiente, los castigos corporales eran habituales: cepo, estaqueada, barra de grillo, palos, azotes y hasta fusilamientos eran el escarmiento disciplinario. Así lo expresó el diputado Joaquín Granel en 1864, en el Congreso: «La pena de azotes solo se aplica a los soldados, pero en ningún caso se hace extensiva a los jefes u oficiales, aunque se hubiesen hecho reos del mismo delito». Las palabras del diputado dejan clara la génesis de la desigualdad en casi todos los ámbitos de las instituciones argentinas.
Quienes rescataron estas microhistorias tuvieron como fuente las llamadas «filiaciones», recuperadas por el Archivo Histórico Nacional. Es interesante cómo en las filiaciones se describen pormenorizadamente los rasgos de los desertores; de allí se puede rescatar su origen y estrato social. Tal el caso del historiador Carlos Mayo y de Amalia Latrubesse, que recuperan la filiación del soldado blandengue Manuel Ramallo: «De cara abultada, picado de viruelas, pelo negro, color moreno y barba rala, había desertado algún tiempo atrás y pedido asilo entre los indios». De este informe militar de la deserción se puede deducir la clase social y el origen del desertor y también es interesante repensar la idea de «indio malo» que tradujo la historia oficial, porque los desertores se refugiaban en las tolderías nativas.
Chascomús, octubre de 1846. Calificación de Juan Aguirre, desertor. Edad: 14 años. Estado: soltero. Domicilio: partido de San Vicente, de campo. No sabe leer ni escribir. Color pardo, pelo mota, pertenece a la clase de peón de campo. Es de a caballo (…) Viste pañuelo atado a la cabeza, camiseta de bayeta punzó vieja, no lleva divisa federal, chiripá de paño punzó, calzoncillo y descalzo. Marca de azotes en torso y espalda. Dice haberlas cobrado en el Fortín Malincué, de donde supuestamente desertó.
En esta filiación podemos observar varios aspectos descriptivos de la génesis del pensamiento nacional: pobre, posiblemente federal, analfabeto y peón. Así se va a ir construyendo el concepto tan arraigado en el ser nacional progre argentino de «portador de cara», «negro de mierda», «haragán». ¿Por qué? ¡Porque desertó! ¿Por qué? Porque no se aguantó los azotes.
Monte (Buenos Aires), enero de 1847. Filiación del desertor Eugenio Galván. Edad: como 30 años. Estado: casado. Estatura regular, regordetón. Color trigueño aindiado. Pelo negro y lacio. Barba lampiña, sin bigote. Ojos negros, nariz regular, boca regular. Viste sombrero blanco de felpa, chaqueta de paño color café, chiripá, calzoncillo largo y botas de potro. Señas de Romualda Acosta, que acompaña a Galván, hija de Gregorio Acosta y de Petrona Góngora, domiciliada en el partido de Ranchos. Edad: 15 años. Color trigueña, pelo negro y lacio, ojos negros, nariz ñata, labios un poco gruesos. Viste vestido de chali morado con botones negros con florcitas punzó, lleva una colcha de lana, calcetines blancos, punzones y berdez.
Otra historia mínima, en la que quienes desertaron fueron una pareja. Estas descripciones ponen vida a rostros negados en la historia oficial, existencias reales que se negaron a ser parte del Ejército conquistador del desierto. En estos relatos están las causas de la deserción: malos tratos, castigos corporales, hambre, falta de libertad para elegir, separación arbitraria de sus familias, confiscación de bienes, entre otros tantos.
Estas filiaciones han sido mudos testigos de cómo se constituyeron los nacientes de nuestra historia, idearios antroposociales que aún hoy están vigentes, con la misma o mayor virulencia. Los registros escritos, que son la fuente documental histórica a la que se puede recurrir para rescatarla del olvido, se fueron perdiendo cuando se dejaron en manos de las municipalidades, localmente gobernadas por vecinos «destacados», o en los registros privados del juez, hasta que finalmente, durante la gobernación de Bartolomé Mitre, se emitió una circular (27 de abril de 1859) donde se especifica que el procedimiento de filiación, captura y envío de vagos y malentretenidos a los ejércitos de la frontera debía ser oral. Mitre, primer historiador de la Argentina, fundador del periódico que direccionó los destinos del país, dispone que no se asiente el accionar del Ejército, conocedor de la importancia de las fuentes para la reconstrucción histórica. Los desertores y el gauchaje levantado para servir a la patria desaparecen de los inventarios. ¿Entonces no fue la dictadura cívico-militar de 1976 la única en no dejar archivos de los desaparecidos?
Los desertores habitualmente se iban a refugiar en territorio aborigen. Sabido es que para los nativos el linaje es necesario para pertenecer a la tribu; como estos no tenían parientes en ellas, los reconocían con la categoría de agregados (marginalidad extrema), que estaban allí por propia voluntad, diferenciándolos de los cautivos o cautivas. Según la historiadora Sara Ortelli, el perfil del agregado era el de un individuo varón, entre 18 y 40 años, frecuentemente mestizo, pardo o moreno, y si demostraban ser valientes en los malones podían acumular recursos de los botines y acceder a desposar una nativa para así integrar la comunidad totalmente. Transformándose así en el puente fronterizo entre los despojados de todo en los albores patrios y los pueblos originarios, mestizaje cultural que aún pervive.
Las tierras «conquistadas» en las Campañas del Desierto nunca fueron entregadas a sus verdaderos habitantes, sino que se los despojó de ellas para entregarlas a manos extranjeras, las primeras familias terratenientes fundadoras de la oligarquía nacional. Esto no terminó. En una violenta y nueva avanzada de conquista territorial, en el Chaco profundo, Misiones, Jujuy, Salta y la Patagonia, los nativos originarios —a esta altura, su linaje mestizado con los pardos, mulatos y gauchos, pero igualmente marginados a los lugares más inhóspitos— están siendo corridos, perseguidos, apresados y violentamente maltratados.
El lonko Facundo Jones Huala lleva más de 60 días de huelga de hambre, preso en Chubut; el cacique Santiago Ramos y otros siete miembros de la comunidad Mbya Guaraní, presos en Misiones; Franco Matías Oscari, procesado en Jujuy. Todos tienen un denominador común: defienden tierras que las multinacionales quieren apropiarse, tierras que les pertenecen desde antes de la primera conquista.
¡Es hoy, es ahora! Y para que no olvidemos cómo se construyó la historia, a la avenida de la Costanera Nébel le ponen el nombre de Julio Argentino Roca. ¡Nada es casualidad! ¡No es pasado, es presente!
Verónica López
Lic. en Ciencias de la Educación.

