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Portada / Opinión

Donald Trump y Javier Milei signados por el racismo larvado

Vientos turbulentos azotan al mundo sin piedad. Son los que levanta la crisis sistémica que agita la estructura de poder global. No son tibios: siembran el caos y cosechan un totalitarismo imperativo que arrasa con todo lo que encuentra a su paso. Este monstruo, tipo Leviatán, tiene dos caras: una de ellas reivindica el fascismo y el nazismo de antaño.

Por: Ricardo Monetta

16 agosto, 2026

10:06 am

Levantando la bandera de la Nación en peligro, nuclean a las facciones políticas y fracciones del capital que son amenazadas por la creciente concentración del poder impuesto por el dominio mundial del capitalismo global monopólico. Son sectores que buscan capitalizar el disenso de los muchos, que teniendo poco y nada son revolcados y fragmentados al infinito por una desigualdad social que los empantana en la miseria y el aislamiento.

La otra cara del totalitarismo deglute los trazos del viejo fascismo/nazismo, los arroja al pozo ciego de la memoria y luego los eyecta a la intemperie, arropados con la bandera de la defensa de la democracia bajo amenaza. Con tecnologías cada vez más sofisticadas y con un brutal control de los medios y de las redes, este totalitarismo busca bloquear todo desacuerdo y reproducir la hegemonía mundial de los muy pocos que concentran una cuota cada vez más grande de poder.

No hay que olvidar el nacimiento del Fascismo en Italia con el nuevo milenio de un espíritu extraño que tendía a separar dos conceptos ligados en ese país luego de la finalización de la Segunda Guerra Mundial; Democracia y antifascismo, ya que lo que nacía era un populismo condescendiente con el pasado hasta entonces reprobado.

Por eso hay que interpretar bien la semántica, que dice que Mussolini fue no solo inventor del Fascismo sino también del populismo, y que los movimientos de extrema derecha que pululan en el planeta promoviendo estas formas de «democracias autoritarias», son herederos de Mussolini en la forma fascista que se nutre del populismo.

Hay elementos que permitieron que Italia fuera seducida al tiempo que era violada, como pasó en nuestro país.

Mucha gente se identificó con un outsider que tenía rasgos de «populismo». Ambos, Milei y Mussolini, coincidían en la aversión a las formas democráticas y al parlamentarismo, tanto que hizo un discurso de espaldas al Congreso, enviando un mensaje de exclusión de toda discrepancia que no le resulte aceptable. Por eso, la clase política liberal fue denostada, como «casta» enemiga del pueblo. Aunque su autoritarismo no le permita sustituir al Parlamento en forma física, como sí se hizo en 1922 tras la marcha sobre Roma. Simplemente lo prostituyó.

Argentina creció y se desarrolló, mal o bien, con generaciones que creían que la Democracia era un don eterno, y que como toda conquista ganada a través de luchas populares, también genera rechazo en los más oscuros sitios del poder concentrado, y que podía perderse ante el primer paso en falso. Y finalmente ocurrió.

Y como ocurre en los grandes sismos, de repente nos encontramos frente a un populismo fascista similar al de ayer, como viene sucediendo en gran parte del planeta, inducido por un clima excepcional de la decadencia de un imperio que se niega a morir, y pretende ante el fracaso en las dos grandes guerras desatadas, replegarse en el continente americano de una forma al Plan Cóndor, pero bajo la injerencia en las elecciones y en las políticas económicas y de comercio exterior como lo hizo con el atrevimiento del Embajador Lamela por los negocios sólidos que tienen diversas compañías de telecomunicaciones con China.

Por eso Donald Trump suele aparecer en los medios como una figura «populista autoritaria», pero también ignora al Congreso en decisiones, como Milei, que comprometen a la política interna de sus gobernados. No hay que olvidar que en pasado reciente los medios de comunicación que forman parte del mismo «sistema» normalizaron sus expresiones extremistas, como en la Argentina, los medios «adictos» al poder ($), hicieron para que sean aceptables para la sociedad toda.

Los discursos de Trump se caracterizan por la deshumanización racista de la colonia de inmigrantes de color. Olvidando que esa gente puso su sudor y trabajo esclavo para la construcción de la infraestructura del imperio en el cual habita. Tanto Trump como Milei aborrecen las Universidades, porque son conscientes de su propia ignorancia cultural y académica, y sus principales enemigos son los claustros de donde emergen los ciudadanos que piensan por sí mismos.

Ambos presidentes se creen ser «líderes naturales» bajo no sé qué designio filosófico místico, que utilizan los principios orwellianos de «darwinismo social» para justificar sus odios a las clases populares.
Ambos son negacionistas puros. Trump ha mentido durante toda la guerra en Oriente Medio para justificar su inexorable derrota. Milei, en un acto de la organización oscura de la rama Jabad Lubavitch, asegura en su paranoia que «las fuerzas del cielo» van a apoyar a Argentina e Israel, negando el genocidio palestino de más de 50 mil víctimas, incluyendo niños y niñas, y otra decena de miles de desaparecidos.

Por eso les digo que a nuestra querida Argentina nos toca ser el escenario de una disputa de intereses internacionales, donde el destino de nuestra tierra se está jugando en un tablero de ajedrez donde somos un modelo de un experimento previo a una balcanización segura si no nos oponemos con firmeza, porque el intento de entrega de la soberanía se puso de manifiesto en el Congreso con algunos Gobernadores y legisladores traidores a la patria.

Nuestro próximo colonizador Trump, y su obscenidad más senil, más su pasado Epstein y su lacayo local preferido, son un símbolo de la decadencia de un sistema fracasado.

«Libres son quienes creen y luchan, no quienes callan y obedecen» (Eduardo Galeano)

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