La humanidad, a través de miles de años y luego de la aparición del Homo sapiens (cada vez menos sapiens), ha evolucionado por distintos estadios, donde los cambios se sucedían entre largos períodos. Desde esos tiempos tribales hubo, entre grandes grupos, conflictos en donde se dirimía la disputa por un territorio que les ofrecía la naturaleza para sobrevivir en un ambiente hostil. Y esas disputas no eran globales, sino regionales, limitadas por su incapacidad de trasladarse a otros climas donde no corría peligro su seguridad.
Con esto quiero significar que el conflicto en el Homo, como partícipe de la vida en la Tierra, fue sometido a elementos de tensión de supervivencia. Por supuesto, no eran crisis de gran magnitud como las crisis actuales, donde influyen multitud de factores a medida que las distintas civilizaciones fueron desarrollándose, cada una con sus características particulares que le dieron una entidad determinada. Desde siempre, como lo explicó Huntington, de civilizaciones existió siempre, primero en forma regional y luego continental, a medida que la evolución tecnológica acortó las distancias por los distintos medios. A
Actualmente ya no existe una crisis regional, sino global. A decir verdad, la crisis de la llamada «Modernidad» encierra por sí misma infinidad de otras crisis, tanto en lo económico, en lo político, en lo ideológico, en lo educacional y hasta en lo religioso. El problema es cómo se resuelven cada una de ellas y las consecuencias que acarrean. Todos los seres aparentemente razonables tenemos la conciencia de que, así como está determinado el orden social comunitario, no puede ni debe continuar. Y la secuencia repetida de la irracionalidad de algunos de los más poderosos líderes nos puede llevar al abismo sin retorno.
Albert Einstein, uno de los más ilustres pensadores del siglo XX, dijo: «El pensamiento que creó la crisis actual no puede ser el mismo que nos saque de ella».
El hecho innegable es que hay demasiado caos destructivo, sin previsión, que por uno generativo. Hay formas
de inhumanidad que superan todo lo que hemos vivido y sufrido en términos de historia reciente: Hiroshima, Holocausto, Gaza-Palestina, OTAN-Balcanes, etc. El caso que se ha vuelto paradigmático y contradictorio es el genocidio en la Franja de Gaza (reconocido como tal por la propia ONU), perpetrado por un primer ministro israelí y sionista revisionista, apoyado y mantenido con armas y dinero por un presidente de EE. UU. que dice ser católico y por la cínica Comunidad Europea, que traiciona sus históricos «valores» de derechos humanos, de libertad y democracia.
Todos ellos son cómplices de un crimen a cielo abierto y televisado de lesa humanidad. Sin olvidar la narrativa del odio y la mendacidad y el ocultamiento de la verdad a través de una censura planificada.
No nos olvidemos que también, entre los factores influyentes, está el hecho de la distribución de la riqueza mundial.
El hecho de que el 1 % posea la riqueza de más de la mitad de la humanidad demuestra cuán perverso, profundamente desigual e injusto es el escenario mundial. Y todavía hay que agregar la emergencia ecológica de la insostenibilidad del planeta Tierra, «viejo» y con recursos limitados, aunque la narrativa capitalista sostenga lo contrario y que no soporta una explotación ilimitada. Ese proceso se extendió debido a la superexplotación de los biomas terrestres y está poniendo en peligro las bases naturales que sustentan la vida y que, por razones meramente comerciales, no lo quieren ver. La continuidad de la «aventura» de la vida humana en este planeta NO está asegurada ni mucho menos. Es vox populi que el calentamiento global creciente, inaugurando parece una fase más caliente y peligrosa para la resistencia humana.
¿Y por qué hemos llegado a esta situación que pone en riesgo millones de años de evolución?
Hay varias interpretaciones de esta funesta situación de actualidad. Estimo que nuestra situación se remonta, como decía al principio, en un millón y medio de años, cuando el «hombre habilis», o sea, el ser humano que inventó instrumentos de intervención en los ciclos de la naturaleza y tomando lo que su mano alcanzaba. Ahora, con el «hombre habilis» o «faber», comienza la intervención en la naturaleza: la caza de animales y el derribo de la vegetación para un cultivo rudimentario. Después de miles y miles de años, la intervención llegó adelante hasta llegar hasta 10 o 12 mil años, en el Neolítico, donde se pasa a la «agresión» de la naturaleza. Interfiere en el curso de los
ríos, inaugurando la agricultura de la irrigación y el manejo de regiones enteras, que implicaba cambios de regiones enteras y en las relaciones con la naturaleza, depredándola ya. Finalmente, la era del industrialismo y el modo moderno y contemporáneo de producción, por la tecnología, por la automatización y hoy por la robotización y la IA, han llevado a un proceso de destrucción de la naturaleza. Hemos proyectado una nueva era geológica, la del Antropoceno y sus derivados, el «Necroceno» y el «Piroceno». Ahí el ser humano aparece como el demonio de la Tierra. Ha transformado el «jardín del Edén» en un matadero, como denunció el biólogo E. Wilson.
Ese proceso histórico-social ganó su justificación teórica con los padres fundadores de la Modernidad: Galileo Galilei,
Descartes, Newton, Francis Bacon y otros. Para «ellos», el ser humano es dueño y señor de la naturaleza. No se sentían parte de «ella», estaban «fuera y encima de ella».
Por supuesto, esto no es más que una ínfima parte de la degradación de un hábitat del cual somos solo «inquilinos transitorios», aunque algunos tengan espíritu y alma de eternidad.
Para culminar este proceso de exterminio del planeta Tierra vinieron las guerras, como si el dios Marte de los griegos le hubiera encomendado un trabajo en este punto de la galaxia.
«La historia de la Tierra es la historia del despojo de los recursos naturales». (Eduardo Galeano)
Fuente: Opinión

