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Donald Trump: derrota sin gloria

Donald Trump, el orgulloso y arrogante presidente de un imperio en franca decadencia, todos los días profiere amenazas a quienes considera sus enemigos, de tipo militar y económico, con la esperanza de recuperar un poder como élite dominante. Se encuentra con que el destino le tiene reservado haber sido protagonista de la derrota más humillante desde la producida en Vietnam, en 1964-1973, por su país acostumbrado a ganar batallas pero terminar perdiendo las guerras. Pero el "orangután naranja" no es un accidente aislado en la historia de EE. UU. Es sólo la cristalización grotesca que lleva desde su iniciación como nación, desde el punto de vista de la institucionalidad, que se ha venido nutriendo de la violencia organizada, del saqueo sistemático, de la explotación de los pueblos y de la mentira institucionalizada. Su figura concentra, como una imagen obscena, todo lo que el capitalismo-imperialismo estadounidense produce en su fase más degradada: la adoración a las armas, la codicia sin límites, la manipulación mediática, el racismo estructural y la glorificación de la ignorancia cínica como estrategia política. Donald Trump es a su vez síntoma y enfermedad; síntoma de un imperio en decadencia, y enfermedad que acelera la descomposición del planeta bajo el yugo de las armas, el saqueo y el engaño. La muerte misma.

Por: Ricardo Monetta

24 agosto, 2026

6:52 pm

Él y sus antecesores han vivido y gobernado bajo el imperio de las armas, negocio inmenso que no aparece sólo como política de Estado, sino como espectáculo mediático. Desde su presidencia se multiplicaron los presupuestos militares, se fortaleció el gran negocio del CIM (Complejo Militar Industrial) y se celebraron abiertamente las alianzas con los fabricantes de la muerte.

Trump convirtió los desfiles militares, los despliegues de tropas y la venta de armas en «símbolos de grandeza nacional». En su retórica, las armas no son instrumentos de muerte, sino emblemas de patriotismo, poder y masculinidad. Pero nuestro análisis crítico nos obliga a mirar más allá de las cifras del gasto militar. Cada discurso suyo sobre la defensa y la seguridad de la nación era y es un signo destinado a infundir miedo, a fabricar enemigos externos e internos, de la misma manera que lo hacen los «asesinos» a sueldo de los decadentes europeos de la OTAN, que están en bancarrota económica y militarmente, pero se arman para luchar contra la supuesta amenaza de la Federación Rusa.

Trump necesitaba «enemigos» para justificar el negocio de las armas: ya sean inmigrantes, musulmanes, cárteles de la droga, gobiernos soberanos que no se sometían a sus designios dictatoriales. Bajo su primer y lo que va del segundo mandato se intensificó la lógica del miedo como recurso electoral, se armó ideológicamente a sectores reaccionarios de la sociedad y se dio oxígeno al supremacismo armado.

Trump es la encarnación del imperio de las armas porque no sólo lo promueve en términos económicos, sino porque convierte el signo de la violencia en mercancía política. En él se funden el empresario del espectáculo con el comandante en jefe. Él no dialoga, actúa. Él no opina, manda. Por eso naturaliza en forma obscena la guerra como un entretenimiento político.

Pero Donald no es sólo eso. Es un empresario del saqueo. Su fortuna se levantó sobre fraudes inmobiliarios, evasiones fiscales, estafas disfrazadas de universidades, casinos quebrados y negociados turbios. Pero más allá de su biografía personal, en su presidencia impulsó con crudeza la lógica salteadora del capitalismo de los EE. UU. Redujo impuestos a los millonarios, entregó recursos naturales a corporaciones extractivistas, privatizó bienes públicos y subordinó todo al lucro de las élites. (¿Cualquier similitud con Milei es pura coincidencia, o no?) Robos de recursos energéticos en Medio Oriente y Venezuela, agresiones financieras en América Latina. Bajo su mandato se multiplicaron los bloqueos, las confiscaciones de activos y la presión sobre gobiernos que no se arrodillaban. Fue y es un saqueo global disfrazado de «defensa de la libertad». Más cinismo no se consigue.

En términos lingüísticos, Trump elevó a rango de virtud la figura del saqueador caprichoso y obstinado. Su narrativa presentaba la codicia como prueba de inteligencia, el enriquecimiento personal como objetivo de vida, la depredación de los recursos del Estado como «crecimiento económico». Convirtió la lógica mafiosa en programa político. Cada vez que aparecía en TV jactándose de su éxito empresarial, fabricaba un signo que naturalizaba el saqueo como modelo de conducta. Trump es el rostro obsceno del imperio saqueador, porque no tiene siquiera la máscara de civilización con que otros presidentes disfrazaron sus crímenes. Él se vanagloria del robo político, como en Venezuela, lo exhibe, lo celebra. Es la honestidad brutal de un imperio que ya no necesita fingir moralidad.

Pero si Trump es síntoma de la decadencia imperial, lo es sobre todo en el terreno del engaño. Su carrera política se levantó sobre una catarata de mentiras: el ataque contra Obama por Afganistán, la negación del cambio climático, las promesas de un muro que nunca se construyó, las anunciadas cifras económicas infladas y las teorías conspirativas sobre las elecciones que perdió con Biden. Mintió siempre. Mintió con descaro porque descubrió que la mentira en la era digital no necesita ser verosímil: basta que sea ampulosa, basta con viralizarse.

Tanto Trump como Milei aquí utilizaron la mentira como arma de masas. Sus tuits son misiles de odio, cargados de una semiótica racista, supremacista y falaz. Fue un gran estafador del lenguaje que entendió cómo manipular la indignación, cómo explotar el resentimiento, cómo fabricar enemigos y cómo victimizarse al mismo tiempo. Sus discursos son diseñados, al igual que Milei, donde la mentira deja de ser un defecto político para convertirse en estrategia central. No importa cuántas veces lo desmientan, sus seguidores no buscan la verdad, buscan pertenencia a un hecho emocional. Trump supo crear un sistema de engaño donde los hechos son irrelevantes y lo único importante es la lealtad al líder. Así se consolidó como figura arquetípica del imperio de los engaños: un vendedor de «humos» que sabe que la mercancía simbólica es más rentable que la ilusión de grandeza.

El «Make America Great Again» no es un programa político; es un signo vacío diseñado para manipular deseos colectivos. Si bien Trump fue llevado a una guerra absurda, porque no inventó el militarismo ni sabe nada del mismo, es cómplice de una alianza con Israel, donde se da el caso de que la cola es la que mueve al perro. Y ahora está desorientado en un laberinto donde la fuga hacia adelante es su única escapatoria, con el peligro de arrastrar a media humanidad. Donald Trump representa la etapa en que el imperio ya no necesita ocultar sus crímenes: los exhibe con orgullo. Su figura es la más clara de que el capitalismo y neoliberalismo de EE. UU. se sostienen únicamente en la violencia, el robo, la especulación financiera mafiosa y la manipulación. Sólo le queda la imposición del miedo y el despojo sistemático a los pueblos más vulnerables, como está pasando en América Latina, incluido nuestro país.

En términos históricos, su figura es un signo saturado de contradicciones: un millonario que se presenta como defensor de los pobres, un evasor fiscal que dice proteger a los trabajadores, un mitómano compulsivo que acusa a todos de falsedad, en suma, un imperialista que se disfraza de nacionalista. Ese juego de espejos es la expresión más acabada de un imperio que vive de su propia impostura.

Nuestro desafío no es solamente derrotar electoralmente, tanto allá como aquí en nuestro país. El desafío es más profundo: construir un pensamiento revolucionario de gesta emancipadora que rompa con el círculo del miedo, la codicia y la mentira; entender que cada signo es un campo de batalla. Derrotar cada palabra, cada imagen, cada relato del imperio, y gestionar un lenguaje para la emancipación. Necesitamos que tanto en el Norte como en el Sur las ruinas del imperio no nos sepulten. No las necesitamos; lo que nos urge es un nuevo humanismo de género nuevo. Nuestra tarea es revolucionar el «sentido» como herramienta de liberación.

«Libres son quienes crean y no repiten. Libres son quienes piensan, no quienes obedecen.» —Eduardo Galeano

Fuente: Opinión. Prensa Alternativa

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