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Los ojos de Soledad

A través de las fotografías que Mario Alberto Nívoli tomó antes de ser secuestrado y desaparecido por la Dictadura, su hija Soledad reconstruyó una vida que durante años había buscado solamente en las huellas de su muerte. El encuentro entre esas imágenes, la memoria y la ternura permitió recuperar la mirada de un padre y, con ella, la de toda una generación.

Por: Sergio Brodsky

30 agosto, 2026

11:05 am

Los ojos de Soledad son claros, transparentes, buenos. Su mirada desprende ternura, sensibilidad. Sus palabras emocionan y sus ojos y los nuestros se humedecen cuando hablan de su historia. En su mirada está la de su padre, con quien se reencuentra. Su padre muestra su mirada en unas fotos bellísimas. Deja al descubierto su modo de ver el mundo, su cosmovisión.

Esas fotografías se detienen en 1977, cuando Mario Alberto Nívoli, ex trabajador de la represa de Salto Grande, es secuestrado y desaparecido por la Dictadura Cívico-Militar. Soledad buscó a su padre. Reencontró recientemente sus restos, identificados en el centro clandestino de detención La Perla (Córdoba). Sin embargo, mucho antes se dio cuenta de que “persiguiendo las huellas de su muerte había olvidado buscar las de su vida”. Así reconstruyó junto a Gustavo D’Assoro, a través de la revelación de diapositivas, las secuencias del recorrido de su vida que forman parte de la realización del ensayo fotográfico documental que se exhibió anoche en la sede de la CGT Concordia, un conmovedor homenaje a la memoria de Mario Alberto Nívoli, un ejercicio de la Memoria, por la verdad y la justicia, desde una puesta artística.

La mirada es constitutiva de la subjetividad, lo sabe Soledad, claro, que es psicóloga recibida en la Facultad de Psicología de la UNR, en la querida Siberia, como es conocida por quienes transitamos sus pasillos. El espejo de la mirada de los Otros primordiales nos determinan en nuestra consistencia, en nuestro valor, esa mirada paterna que Soledad registró a través de la palabra de su madre y, seguramente, de una profunda sensibilidad inconsciente, pues tenía cuatro meses cuando sucedió el secuestro. Esa mirada es su legado. Es, además, la mirada de una generación.

No cualquier objeto, ni de cualquier manera, mira Mario Nívoli desde su cámara. Es una mirada sensible y particularísima sobre árboles, calles y flores muy bellas, desde una perspectiva muy singular. Es un modo estético y sensible que elude el registro racional, cartesiano, como dijo ayer Soledad, el modo elegido para reconstruir una historia, nuestra historia.

Es desde la ternura que se produjo el encuentro de ayer, es la ternura uno de los modos que revela cómo miran los ojos de Mario Nívoli. La ternura, como lo señaló Ulloa, no es un afecto blando, es una forma subversiva, amorosa, de enfrentar un mundo atroz: “Hablar de ternura en estos tiempos de ferocidades no es ninguna ingenuidad. Es un concepto profundamente político. Es poner el acento en la necesidad de resistir la barbarización de los lazos sociales que atraviesan nuestros mundos” (1).

La generación de Mario, atravesada por los ideales de cambiar el mundo, injusto, desigual, recibió el legado de que para lograrlo había que endurecerse, sin perder la ternura, jamás.

Emotivo fue el regalo de Hugo Cives, compañero de la Universidad de Ingeniería Química, al recordar la semblanza de Mario, su integridad ética. Fue un regalo para Soledad y para todos los presentes que participamos del armado de la muestra, construcción colectiva, claro. Era la consigna.

Como en una alegoría de nuestra historia, de repente quedamos a oscuras, un apagón copó la sala, pero siguieron los discursos, los recuerdos, las emociones. La luz volvió dos veces, volvió definitivamente, seguirá definitivamente mientras el arte y la lucidez, el encuentro, el compromiso y la solidaridad sigan encendiendo la llama de la Memoria, contra toda forma de oscuridad, negacionismo, reivindicación de la noche triste, dolorosa de la Dictadura y sus ecos.

Mientras las armas de la belleza, del arte y la Memoria estén presentes, mientras no dejemos a la muerte la última palabra, sabremos “quién va a tocar la melodía del amor”.

(1) Fernando Ulloa, psicoanalista.

(2) Rubén, el Negro Rada, “Quién va a cantar”.

Sergio Brodsky

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