“La sombra del objeto ha caído sobre el yo” (1), dice Freud para explicar la melancolía, la depresión (2), y diferenciarla del proceso de duelo normal. Se trata de un objeto perdido, no solo por muerte de una persona, sino por el abandono de un amor, la pérdida de un trabajo, de un ideal, de un sueño; una pérdida, en general, de los vínculos afectivos que la vida está siempre dispuesta a aportar, como un caminito que, impiadoso, el tiempo va borrando.
La tristeza del duelo se supera; todos hemos vivido esa nostalgia alguna vez. La pérdida se sustituye (un nuevo amor, un nuevo trabajo). Al final del tiempo del duelo, se vuelve a amar, a investir libidinalmente el mundo; vuelven las ganas, se recupera el deseo.
En la melancolía —que se caracteriza por un estado de ánimo “profundamente doloroso, una cesación del interés por el mundo exterior, la pérdida de la capacidad de amar, la inhibición de todas las funciones” (1)— y, a diferencia del duelo normal, por una enorme disminución del amor propio, que se traduce en autoacusaciones, no hay sustitución y recuperación del placer de vivir, sino identificación con el objeto perdido, cuya sombra se apodera del yo.
El yo se desdobla y es tratado por una instancia crítica, sádica, que Freud llama superyó, como a un objeto al que martiriza, como a un deshecho. Así vemos que el melancólico se recrimina, se culpabiliza duramente por la pérdida, por la derrota. Se reprocha sin pudor su inutilidad. Se acusa de ser inservible, despreciable, culpable de su fracaso y merecedor del castigo y del abandono; por eso es un cuadro cercano, tan cercano al suicidio.
Esos reproches que el melancólico se dirige a sí mismo, dice el genial creador del psicoanálisis, le caben mejor al objeto perdido (persona, ideal, etc.), pero inconscientemente se vuelven contra sí mismo. En lugar de agredir a quien lo abandonó, a quien le propinó el daño, la ofensa a su amor propio, se autoagrede.
Muchas depresiones actualmente adquieren esa fisonomía de sujetos que se adjudican un fracaso que los excede. Se culpan de haber perdido el trabajo, de no poder cumplir con el rol de proveedor, se acusan de no cumplir con los mandatos de la masculinidad, del fiasco de una empresa, del malogro de una expectativa, de un sueño, de un emprendimiento, aunque sean sus víctimas.
Las sombras del sistema económico, político, sádico, superyoico, han caído sobre ellos, haciéndolos sentir culpables de su fracaso. El sadismo del sistema es intencional, planificado, y se encarna en discursos políticos, ideológicos, en el contexto de la batalla cultural.
El Presidente, sin ir más lejos, ha dicho al respecto que las familias se endeudaron porque compraron televisores para mirar el Mundial. Es decir, “padecen su propio derroche, su falta, su imprevisión, su inutilidad para administrar sus finanzas”.
El que se ha quedado en la calle o ha tenido que volver a la casa de los viejos porque no puede pagar el alquiler es quien ha fracasado en el intento, un inservible porque, en definitiva, no ha podido cumplir con un contrato, pues se trata de un asunto entre privados (“en igualdad de condiciones”).
Las universidades, para este discurso libertario, están quebradas porque no dejan auditar su orgiástico despilfarro. La ley de presupuesto no se cumple porque rompería el equilibrio fiscal, siempre en riesgo por culpa, no solo de las facultades, sino también de los insaciables jubilados, los discapacitados.
El fracaso es, entonces, producto de la impericia personal; a nadie más se puede responsabilizar.
No es otra cosa esta concepción que la idea de la meritocracia. Ella define que el destino, la suerte de los individuos y del colectivo no depende de un sistema injusto, desigual, de concentración de la riqueza en pocas manos, de planificación de la miseria a través del ajuste, la licuación de los salarios y la exclusión económica y social, sino del mérito individual, de la habilidad para adaptarse, para ser eficaz “empresario de sí mismo”, es decir, de la capacidad de los individuos.
Si fracasan, es su culpa y así la agresividad con la que podrían manifestar esa injusticia de la que son objeto se vuelve contra sí mismos. Se deprimen, andan quejumbrosos y solitarios, sin destino, fragmentados, de aquí para allá.
No protestan, no se quejan, se hunden en la tristeza, en el desgarro, la frustración y la desesperanza.
El capitalismo en su faz más salvaje, más cruel, culpabiliza a las víctimas. Es el mecanismo que pregonaba el terrorismo de Estado, la dictadura. Si una persona era secuestrada, torturada, desaparecida, era su culpa: “algo habría hecho, en algo habría andado, por algo sería”.
En los 90, la década del neoliberalismo, también la gente, los trabajadores, se transformaron en sombras, en copias atenuadas de sí mismos, o de lo que podrían haber sido. Las privatizaciones, los despidos, la desocupación, el hambre que culminó en el estallido del 2001.
Esa década, descripta magistralmente por una novela de Osvaldo Soriano como una sombra, precisamente, “Una sombra ya pronto serás”.
Es la genial y triste alegoría de un país sin destino.
“…Un día, cruzando la calle, tuve la visión de un tipo haciendo dedo al costado de una ruta desierta. Supe que era un Ingeniero en informática, un científico que podría ser útil para un país en crecimiento. Y que sus desventuras debían transcurrir en medio del ajuste menemista, en esa Argentina que cae en todas las trampas de la historia, que sufre a todos los gobiernos después de creer en todas las promesas” (3), dijo su autor respecto de la inspiración que motivó la obra.
El protagonista, un ingeniero informático desocupado, va sin rumbo a un mítico Neuquén, pero siempre vuelve al mismo lugar; todos los personajes carecen de rumbo. Todos están con la urgencia de calmar las tripas.
En una de las primeras escenas, el protagonista llega a un bar de un pueblo devastado, desesperado de hambre. El dueño lo ignora. Con la boca llena de maníes y papas fritas, le escupe con desprecio que el problema de este país es que nadie quiere trabajar.
Es una novela muy triste. Parece escrita por estos días, estos días en los que encontramos sombras, todo el tiempo, por todos lados; esas proyecciones oscuras, vaciadas del alma, en los jubilados abandonados, en los trabajadores expoliados, en personajes vendiendo medias o bolsas, pidiendo, hambreados, una moneda, o balanceando sus cuerpos, como muñecos flácidos en los contenedores, buceando podredumbres para engañar la barriga.
Esas tristezas, esas depresiones, esas melancolías que son sombras de lo que somos, de lo que pudimos ser, de lo que, tal vez, aún estamos a tiempo de ser.
(1) Sigmund Freud, “Duelo y melancolía”, Editorial Biblioteca Nueva.
(2) El término melancolía que usa Freud se puede asimilar a lo que hoy se denomina depresión.
(3) Osvaldo Soriano, “Una sombra ya pronto serás”, Seix Barral, Biblioteca Soriano.
Sergio Brodsky

