El empresario fue directo al hueso: “Es imposible mantener en pie la empresa”. No hay eufemismos ni vueltas. La caída de ventas fue tan brutal que ni siquiera los años de experiencia y la clientela fiel alcanzaron para sostener la estructura. En un sector donde cada pedido cuenta, la sequía de trabajo se volvió terminal.
La metalúrgica Menghi era más que una empresa: era parte del paisaje industrial de Paraná. Generaciones de trabajadores pasaron por sus talleres, y su cierre deja un vacío que va más allá de lo económico. Es el símbolo de una industria nacional que se desangra en silencio.
¿Cuántas empresas más van a correr la misma suerte? La pregunta queda flotando en el aire mientras los 50 años de historia de Menghi se convierten en otro capítulo del manual de cómo destruir el aparato productivo argentino. El cierre no es solo una noticia: es una advertencia de lo que se viene.
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