En estos meses se está llevando adelante el juicio sobre la denominada “Causa Cuadernos”. El diario Infobae lo resumía así: “Esos cuadernos —que estallaron en el medio de un clima de guerra política, la grieta declarada— eran casi proféticos, en más de un sentido, oraculares, fuesen ciertos sus contenidos o no”. En el juicio se trata de dilucidar qué hay de cierto y qué de invento, lo que no importa mucho para una parte de la sociedad, que ya incorporó en su “sentido común” la idea de bolsos con plata y funcionarios cobrando coimas, todo escrito (supuestamente) en un cuaderno llevado meticulosamente, con día y hora, por un chofer.
Para muchos no es tan importante que el cuaderno sea real o apócrifo, porque no dudan de su factibilidad; es decir, no importa si es verídico, solo alcanza con que sea verosímil. Más allá de que se haya escrito o no, es muy factible que lo haya sido y, con eso, es suficiente.
Tal vez el primer escrito que haya pasado por el juicio de la historia, más de una vez, y sobre el que, al día de hoy, solo queda creer o pensar que fue así (o más o menos así), es el Plan de Operaciones de Moreno.
Al igual que “los cuadernos de Centeno”, el texto del Plan de Operaciones (en adelante lo referiré como Plan) estuvo perdido desde agosto de 1810 (o tal vez nunca existió). La primera mención al Plan la realiza el historiador Mariano Torrente en 1829, en su libro Historia de la Revolución Hispanoamericana, quien dice que, por “casualidad”, se encontró con un informe secreto y que le “estremece considerar los atroces y bárbaros atentados de que es capaz una cabeza excéntrica”. La época en que, por “casualidad”, fue encontrado es la llamada Anarquía del Año XX, en plena lucha visceral entre unitarios y federales, la grieta fundante de Argentina. En 1826 se había sancionado la primera Constitución con base totalmente unitaria y Rivadavia sacaba el primer empréstito con la banca inglesa. Justo en esos años, por “casualidad”, el historiador se encuentra con un texto radicalizado y antibritánico.
Del documento nunca se encontró el original. Varias preguntas vienen al caso: ¿se perdió?, ¿lo hicieron desaparecer?, ¿por qué quienes lo encargaron, en la Primera Junta, nunca dejaron registro de haberlo leído o conocido al menos? En los documentos hallados en actas de la Junta, Saavedra deja explícito que se le encargó un plan de gobierno a Chiclana, no a Moreno. ¿Por qué, si fue Belgrano quien aportó muchas de las ideas allí expresadas, nunca hizo referencia al Plan? ¿En esos tiempos, un documento radicalizado a quién beneficiaba?
No hay más menciones del Plan hasta que Eduardo Madero, mientras escribía Historia del Puerto de Buenos Aires, (nuevamente por casualidad) dio con una copia en el Archivo General de Indias, en Sevilla. Al encontrarse con este documento, se lo envía a Mitre, quien “misteriosamente” lo perdió.
Recién en 1896, otro historiador, Norberto Piñero, hace pública otra copia, a la que otorga validez absoluta. Es a partir de esta presentación que comienza la polémica: ¿el documento es realmente obra de Moreno?
Por aquellos años, el positivismo reinaba en todas las ciencias y, por lo tanto, lo que el historiador debía presentar eran pruebas fehacientes de la autenticidad del documento. Se abre una grieta en el campo de los historiadores que intentaban reconstruir el período de constitución de la Nación Argentina. Paul Groussac va a cuestionar fuertemente a Piñero. Corría el Centenario de la Revolución de Mayo y el debate se intensificó. Argentina era gobernada por la élite más rancia y los latifundistas viajaban pomposamente a Europa. Otra vez se da vida a un texto radicalizado, donde el jacobino Moreno proponía una revolución robespierana sanguinaria, cortadora de cabezas y expropiadora de tierras.
El positivismo argentino se hacía fuerte con la corriente historiográfica denominada Nueva Escuela Histórica, cuyo máximo exponente es Ricardo Levene, quien recoge el guante de la disputa y comienza una minuciosa investigación sobre el recorrido que pudo haber seguido esa copia encontrada en Sevilla. De la investigación surge que es parte de una misiva enviada por la infanta Carlota Joaquina a su hermano, el rey Fernando VII, advirtiendo del peligro de los revolucionarios en el Río de la Plata. También toma como dato cierto una prueba caligráfica de la que surge que la copia era de puño y letra de Andrés Álvarez Toledo, agente de la Corona española. En los años en que la infanta recibe el Plan, Inglaterra tenía supino interés en que Montevideo no cayera en manos del gobierno de Buenos Aires, y bien sabido es que pululaban los espías ingleses y realistas que operaban para entorpecer la integración de las provincias de Sudamérica. También están probadas las relaciones de Brasil con Inglaterra y es más probable que el documento haya llegado a manos de la infanta por intermedio de espías ingleses o españoles que de criollos porteños, en el intento de “empiojar” el proceso independentista.
Levene hace también un pormenorizado análisis del contenido y lo compara con otros textos probadamente escritos por Moreno, marcando las diferencias. La grieta entre historiadores que se había abierto entre Groussac y Piñero en 1896 la cierra Levene en 1921, descartando la autenticidad del mismo.
Hacia 1942, otro historiador, Enrique Gandía, retoma el debate. Desde el movimiento historicista, cuestiona algunos métodos de la Nueva Escuela Histórica y traza un puente con el Revisionismo Histórico. A la luz de los movimientos populares gestados en el gobierno de Yrigoyen, las ideas revolucionarias del anarquismo, el nacimiento de los gremios y la necesidad de encontrar en la historia referencias del alma profunda de la argentinidad, que no se veía representada por la élite porteña latifundista, resurge el Plan como una voz de liberación y soberanía.
Entre las décadas del 40 y del 60, el Plan se transforma en la raíz histórica del movimiento popular y nacional. No van a ser los párrafos violentos y agresivos de “cortar cabezas y verter sangre” los que van a resonar, sino las ideas económicas de industrialización y proteccionismo, promoviendo la instalación de fábricas e ingenios y dándole impulso a las manufacturas regionales.
Lo que más impacto causó en las ideas de la época era que proponía la confiscación de las fortunas de los españoles peninsulares y la intervención del Estado para administrar los recursos. Esto que, a ojos de los espías ingleses (supuestos autores del texto), eran “peligros” y azuzaban al rey Fernando para que sostuviera la guerra en el Río de la Plata, esta nueva interpretación encuentra resonancia en ecos de la Revolución rusa distribuyendo tierras entre el campesinado y en la defensa de la soberanía política y la independencia económica del peronismo. El Plan cobra otro sentido y otro interés.
Para el gran historiador Norberto Galasso, el Plan es “el proyecto revolucionario nacional y democrático (…) que florece en la Sociedad Patriótica y en el artiguismo, y que encuentra continuidad en la gesta de San Martín, en Güemes y luego en el dorreguismo”. Galasso, uno de los baluartes de la historia social, interpretativa y federal, ve en el Plan más que un proyecto de gobierno: un espíritu fundacional.
En la actualidad, las posturas de los historiadores siguen siendo divergentes. García Hamilton es tajante al decir que el documento nunca se halló y que no hay pruebas fehacientes de que fue escrito por Moreno, pero reconoce que “Moreno era el mentor de esta línea porque era un personaje joven, enérgico, que trabajaba febrilmente (…) Él marcó, como después Bolívar en Venezuela, la diferencia entre españoles europeos y españoles nacidos en América”. Pacho O’Donnell y Felipe Pigna sostienen la veracidad del Plan y también la fuerza de sus palabras en relación con cómo tratar a los enemigos y a los amigos de la revolución, cortando cabezas a unos y perdonando acciones sangrientas a otros, dependiendo de qué defiendan.
Si el texto existió o no y si fue escrito por Mariano Moreno o no, al día de hoy no pueden tenerse certezas. Pero lo que sí es cierto es que ha servido a diversas posturas e interpretaciones de ambos lados de la grieta para fundamentar la descripción genuina de su ideología: para cualquier adherente al pensamiento nacional y popular, el Plan de Operaciones es un manual de instrucciones de soberanía política e independencia económica, e incluso de justicia social; para un liberal cipayo extranjerizante, es el padre de la peligrosidad de la chusma, los cabecitas negras, los descamisados y los kukas. Citando al respetado historiador Hugo Chumbita: “En definitiva (…) con o sin Plan de Operaciones, Moreno y sus colegas tuvieron un proyecto nacionalista revolucionario (…) como bandera de las luchas populares y federales contra el neocolonialismo del siglo XIX; que fue retomado por los movimientos nacionales democráticos a lo largo del siglo XX, y que en gran parte sigue pendiente como un mandato histórico para las generaciones actuales”.
Cómo pasará a la historia el caso “Cuadernos” no lo sabemos. Lo que sí puede intuirse es que ya es parte del entramado que marca los límites de la grieta de uno y otro lado, donde, con o sin pruebas, la sentencia ya está construida en el “sentido común”.
Verónica López
Lic. en Ciencias de la Educación

