En la literatura, esa frontera, que fue un instrumento superestructural decisivo para concretar la dominación del poder real sobre el pueblo, tuvo una prolífica producción. Siguiendo esa dirección, en Amalia, la primera novela rioplatense, escrita por José Mármol, el personaje central se enamora de Eduardo Belgrano, joven unitario perseguido por Rosas. Los federales, leales a Rosas, son descriptos allí como oportunistas, salvajes, violentos, depravados y degradados, contra la pura causa de los aristócratas porteños, que, nobles y todo, no se privaban de tener esclavos negros a su servicio, como lo pinta naturalmente el folletín, aun con la tardía vigencia de la Asamblea del Año XIII.
Fue luego más conocido El matadero, de Esteban Echeverría, que sigue la misma lógica de presentar al pueblo llano de la faena y a Rosas como bestias asesinas contra la cultura y el idealismo de un intelectual blanco, víctima de la turba. Un esquema muy parecido es el que preside el cuento de Borges y Bioy Casares, casi un siglo después, en La fiesta del monstruo (firmado como Honorio Bustos Domecq), en el que se narra, desde la perspectiva de un partidario justicialista, la celebración del 17 de octubre. Cuenta el relato que, durante el trayecto en el que van a encontrarse con el monstruo (Perón), el tropel avanza cometiendo actos barbáricos de todo tipo, culminando también con el asesinato de un joven judío al que consideran enemigo de su líder.
Un poco más sutil que esta réplica de El matadero es Casa tomada, escrita en el período antiperonista de Julio Cortázar, que despliega la vida tranquila de una pareja de hermanos que habitan una mansión de Buenos Aires, entre el ocio y la monotonía del tejido y la lectura de literatura francesa, existencia ociosa que es posibilitada por la renta fácil que les brindan sus campos. En un momento dado, los hermanos comienzan a escuchar ruidos indefinidos que los asustan y van restringiendo los lugares habitables, hasta que finalmente, aterrados ya por la cercanía de los okupas, deciden irse y tirar las llaves.
Juan José Sebreli interpretó esta obra como una alusión al modo en que la oligarquía vivió la irrupción del peronismo, como una indeseable muchedumbre que se apropia de lo ajeno: el país, el poder político y económico.
En El simulacro, Borges parodia el velorio de Evita, exaltando la fe y el fervor ingenuo del pueblo, definiendo al peronismo como una “crasa mitología”.
Es cierto que estas obras fueron escritas antes de las masacres que sufriera el peronismo, pero sí después de la represión y el genocidio de los pueblos originarios, los negros, los obreros explotados que pintó en su investigación Bialet Massé, los inmigrantes anarquistas y socialistas, cuya expresión paroxística y ejemplar —aunque no única— fue la Semana Trágica y los fusilamientos de los peones de Santa Cruz (rescatados de la desmemoria por la indagación extraordinaria de Osvaldo Bayer en La Patagonia rebelde), de los que el peronismo es continuidad y legado.
No creo que hubieran sido objeto de autocrítica, ni de hecho lo fueron, a posteriori de los bombardeos de Plaza de Mayo, de los que en unos días se cumple un aniversario: el 16 de junio de 1955, uno de los acontecimientos más silenciados y ocultados de nuestra historia. Ese día, militares argentinos opositores a Perón arrojaron bombas sobre Plaza de Mayo, asesinando a cerca de 300 personas e hiriendo a 1.200, entre ellas no pocos niños, en un suceso que fue conocido como “el Guernica argentino”, con la diferencia de que en Plaza de Mayo las bombas caían desde aviones de las propias Fuerzas Armadas contra su pueblo.
Tampoco revisaron su posición cuando, en nombre de la libertad y la civilización y en contra de la tiranía, la “Revolución Libertadora” interrumpió el orden democrático con el golpe a Perón y fusiló al general Valle (1) en su intento de restituirlo, también en junio, precisamente el 12 de 1956. Unos días antes, el 9 de junio, los “libertadores” habían fusilado clandestinamente a militantes en los basurales de José León Suárez.
También acallados por la historia, esos hechos fueron narrados por la genial pluma de Rodolfo Walsh, desde el momento en que —jugando al ajedrez— escuchó que alguien decía: “Hay un fusilado que vive”, en referencia a Juan Carlos Livraga, uno de los que pudo escapar de la matanza. En ese momento exacto comienza a tramarse una obra monumental, que además inaugura el género de no ficción: Operación Masacre, de tal trascendencia porque descubre y revela el lugar de la verdadera barbarie del poder, de la civilización que asesina.
Poco después escribe el mejor cuento del siglo XX, que titula Esa mujer, en el que narra la entrevista al coronel Moori Koenig, quien secuestró el cuerpo de Eva Perón, vejado por los cultos y educados al servicio de la oligarquía. En un relato perfecto, en el que el autor no nombra a Eva, se va descubriendo el rostro sádico del militar como símbolo del odio de una clase que escribió en las paredes de Buenos Aires “Viva el cáncer”, cuando desfallecía la abanderada de los humildes.
La ausencia de la referencia al nombre no solo es un recurso literario; lo es, además, frente a la censura que, otra vez, pretendiendo representar la libertad y la civilización, alcanzaba, entre otros, el nombre de Perón —a quien había que llamar “el tirano depuesto”— y el de Evita.
Esa prohibición, poco mentada por la intelectualidad argentina, alcanzó a muchos escritores peronistas que cayeron en las sombras por su ideología, y cuyo símbolo es, sin dudas, Leopoldo Marechal, quien entre la amargura y el humor se designaba a sí mismo como “el poeta depuesto”.
El mismo Walsh, ya alineado al campo popular, escribió con su carne su última y genial obra, Carta abierta de un escritor a la Junta Militar, que deposita en los buzones de Buenos Aires en forma simultánea a su asesinato y desaparición por parte de la dictadura cívico-militar. En ella denunciaba, a un año del golpe, que los secuestros, las torturas y las desapariciones eran la metodología para llevar a cabo el objetivo económico-político de la concentración y la transferencia de las riquezas al capital financiero y la planificación de la miseria de los trabajadores, idea de absoluta vigencia.
La literatura argentina, desde siempre, tomó posición política e intentó, desde la visión de cada escritor, caracterizar al peronismo. Pero está claro que no es fácil definirlo, sobre todo porque parece ser un fenómeno múltiple y complejo y porque en su decurso transitó las distorsiones que temía Evita; pongamos por caso la Triple A y la década del 90, aberraciones hechas en su nombre.
Sin embargo, hoy, en este momento tan particular en el que una definición clara es fundamental para el porvenir del pueblo argentino, es válido acudir a una idea, tal vez la más extraordinaria, la más precisa y la que mejor permite entender el martirio descrito por los militantes y dirigentes, por el pueblo en general, en algunos de los trágicos hechos narrados.
Es la que acuña otro de los olvidados, un militante que lo concibió como un movimiento revolucionario, transformador de las injusticias y arbitrariedades del poder. Fue John William Cooke, finalmente, quien dijo que el peronismo es “el hecho maldito del país burgués”, de aquella oligarquía que —nombrándolo salvaje— lo reprimió con las barbaries de bombas, vejaciones y fusilamientos.
Es una definición densa pero esclarecedora, que conviene tener presente hoy, cuando quienes se han referenciado en su nombre, siendo responsables de la pobreza y la desigualdad reciente, amenazan con tomar otra vez su representación, para pensar si quizás el peronismo no tiene otro valor, no tiene otro sentido que la justicia social y la distribución del ingreso, la felicidad de los pobres, aquella que como “hecho maldito” amenaza a los ricos y a las clases dominantes, que no trepidan en reprimirlos y apresar a sus líderes.
En un momento delicado de la Patria, tal vez quepa recordar, cuando asoman de nuevo en su nombre los que se enriquecieron administrando la miseria, la frase de otro escritor genial, José Pablo Feinmann, cuando decía que “peronismo con hambre no es peronismo”, y que su destino será “hecho maldito” de los poderosos, será verdadero proyecto emancipatorio de las clases vulnerables, o no será nada.
(1)
Cuando J. J. Valle esperaba para ser fusilado en la Penitenciaría, su mujer y su hija —que eran amigas de la familia de Aramburu, compañero de armas de Valle— fueron a pedir clemencia. Un edecán les respondió, con desprecio, a las angustiadas mujeres que no serían escuchadas porque “el presidente duerme”.
Esa frase inspiró un estremecedor poema de José Gobello que lleva precisamente ese título:
EL PRESIDENTE DUERME
La noche yace muda como un ajusticiado,
más allá del silencio nuevos silencios crecen,
cien pupilas recelan las sombras de la sombra,
velan las bayonetas y el presidente duerme.
Muchachos ateridos desbrozan la maleza,
para que sea más duro el lecho de la muerte…
En sábanas de hilo, con piyama de seda,
el presidente duerme.
La luna se ha escondido de frío o de vergüenza,
ya sobre los gatillos los dedos se estremecen,
una esperanza absurda se aferra a los teléfonos,
y el presidente duerme.
El llanto se desata frente a las altas botas.
—Calle, mujer, no sea que el llanto lo despierte.
—Solo vengo a pedirle la vida de mi esposo.
—El presidente duerme.
Reflectores desgarran el seno de la noche,
el terraplén se apresta a sostener la muerte,
el pueblo se desvela de angustia y de impotencia,
y el presidente duerme.
De cara hacia la noche sin límites del campo,
las manos a la espalda, se yerguen los valientes.
Los laureles se asombran en las selvas lejanas,
y el presidente duerme.
Tras de las bocas mudas laten hondos clamores…
—¡Cumplan con su deber y que ninguno tiemble
de frío ni de miedo!
En una alcoba tibia,
el presidente duerme.
—¡Viva la Patria!
Y luego los dedos temblorosos,
un sargento que llora,
soldados que obedecen,
veinticuatro balazos horadando el silencio…
y el presidente duerme.
Acres rosas de sangre florecen en los pechos,
el rocío mitigó las heridas aleves,
seis hombres caen de bruces sobre la tierra helada,
y el presidente duerme.
—¡Silencio! ¡Que ninguno levante una protesta!
¡Que cese todo llanto! ¡Que nadie se lamente!
Un silencio compacto se adueñó de la noche,
y el presidente duerme.
¡Oh, callan, callan todos!
Callan los camaradas,
callan los estadistas,
los prelados,
los jueces…
El pueblo ensangrentado se tragó las palabras,
y el presidente duerme.
El pueblo yace mudo como un ajusticiado,
pero, bajo el silencio, nuevos rencores crecen.
Hay ojos desvelados que acechan en la sombra,
y el presidente duerme.

